domingo 5 de abril de 2026

La espada en la palabra

Jóvenes políticos: el mito sobre la razón

Como dice el filósofo José Antonio Marina, no todas las opiniones pueden ser respetables; lo respetable es el derecho de cada ser humano a decir su propia verdad, lo cual es distinto.
viernes 25 de abril de 2025

Hace unos días estuve participando en unas jornadas de democracia organizadas por una fundación en un hotel de la zona sur de La Paz. Estuvimos invitadas varias personas de diversas organizaciones políticas o representantes de diferentes posiciones ideológicas. Debo decir que en el mentado evento había un ambiente de cordialidad y hasta de relativa fraternidad, pese a estar en un mismo recinto, verbigracia, tutistas frente a evistas, arcistas frente a mesistas o adenistas frente a alguna marxista que había por allí. Si el Parlamento —hoy llamado Asamblea por motivos comerciales de la ideología del régimen— funcionara, por lo menos en términos de urbanidad, como funcionó aquel taller, no habría escupitajos, puñetazos o bajadas de pantalón en tan solemnes recintos como son los hemiciclos de las cámaras, o por lo menos no tantos como los que hubo en los últimos años en Bolivia.

Me tocó dialogar (e incluso hacer chistes, en los momentos de la sajra hora o el almuerzo) con un joven evista y una joven mirista que ahora apoya a Tuto, entre otros. Debo admitir que en este mi todavía relativamente breve paso por la vida, me ha tocado desprejuiciarme escuchando a los demás o estudiando en los libros, cambiar de postura sobre algunos fenómenos sobre los cuales, ingenua y orondamente, creía detentar algo parecido a “la verdad”. Pero también me tocó reafirmar ciertas creencias u opiniones, refrendar lo que ayer pensaba a priori, comparándolo con evidencia.

Durante aquellas jornadas me tocó darme cuenta de que un evista podía ser un ser humano no violento y hasta simpático o de que un militante de Morena, el partido de Copa, podía ser crítico de los regímenes populistas (al menos de boca para afuera…). Una de las cosas hermosas de la vida es esa: con algo de oído y buena voluntad, uno siempre puede desasnarse. Pero también uno puede reafirmar sus viejos prejuicios, esas verdades sedimentadas sin pruebas científicas en nuestra mente, haciendo un simple ejercicio de comparación u observación.

Durante prácticamente toda mi vida, y más desde mis frustradas candidaturas a diputado, creí que los jóvenes políticos bolivianos son en su mayoría igual de conservadores y acríticos que lo viejos adalides de la política nacional… Y esto es lo que, luego de aquellas jornadas, sigo pensando.

En uno de los momentos de debate, por ejemplo, el joven evista me rebatió alegando que las democracias comunitarias o plebeyas podían ser tan válidas como las alienantes y egoístas democracias liberales, que lo único que habían logrado había sido consolidar el capitalismo y perpetuar el círculo de discriminación que la humanidad arrastra desde inmemoriales tiempos. Por otro lado, una joven arcista, que estaba frente a mí en el círculo de sillas que formamos, dijo que para que las democracias funcionen es vital respetar todas las “verdades”, pues cada uno puede tener la suya, y que cada verdad debe ser respetada, ya que por algo existirá en la mente y el corazón de la persona… Por último, la muchacha mirista que hoy apoya a Tuto me dijo que Sheinbaum había hecho muy bien al exigir al Gobierno español solemnes disculpas por los agravios perpetrados por los españoles a sus víctimas mesoamericanas entre los siglos XVI y XIX…

Los escuché respetando su derecho a parlar libremente, pero al cabo de sus alocuciones, que fueron pronunciadas con sentimiento y prosopopeya dignos de reconocimiento, no pude sino menospreciar sus tesis, pues sencillamente me parecían carentes de fundamento racional. Como dice el filósofo José Antonio Marina, no todas las opiniones pueden ser respetables; lo respetable es el derecho de cada ser humano a decir su propia verdad, lo cual es distinto.

Los jóvenes políticos bolivianos, salvo algunas excepciones, creen que conceptos abstractos como soberanía, dignidad, patria o memoria histórica son herramientas útiles para análisis objetivos de la realidad, la cual es mucho más enmarañada y compleja de lo que podría suponer el más sesudo pensador. Por tanto, la lectura de la realidad económica, política y social deviene una distorsión contaminada de conceptos extraordinariamente útiles para la autoestima colectiva de corto plazo, pero soberanamente inútiles para la elevación del nivel de vida material de las personas. Los más de esos jóvenes me parecieron más de lo mismo: ingenuidad política y propensión a creer en palabras rimbombantes y caudillos. Por todo ello, creo que no hay mucha esperanza para que de ellos nazcan ideas diferentes y frescas; al menos, no por lo pronto.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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