martes 24 de febrero de 2026

Staccato

Sin música la vida sería un error

A su fallecimiento, sus detractores, tanto de su genio filosófico, como de su música, con sorna pintaron en las paredes: “Nietzsche ha muerto (firmado) Dios”.

Es singularmente llamativo descubrir las habilidades ocultas de los grandes personajes. Si nos remontamos al siglo XVIII, hallamos a Jean-Jacques Rousseau, filósofo, pedagogo y escritor suizo que, ávido polímata, amplió su sabiduría hacia la música. Bajo el distintivo de que “la melodía es la esencia de la música”, compuso obras de carácter sencillo y sutil como, entre muchas otras, El rosal o En el fondo del valle oscuro, enaltecedoras del más puro sentido poético, según sostiene el musicólogo de la época Jules Combarieu. Sensible y ferviente compositor, el legado musical de Rousseau se abre más allá de El contrato social o del Emilio, y sienta las bases de un movimiento romántico que prioriza el sentimiento sobre la razón y la forma. Toda una escuela.

No menos sugerente resulta la honda pasión del físico Albert Einstein por la música. Juzgaba que ella constituía para él el medio más efectivo para comprender el mundo y conectarse con el universo, amén de que le procuraba la mayor dicha en la vida (en 1929 declaró al Saturday Evening Post que si no hubiera sido físico habría sido músico). Pese a que su madre sería determinante para que a los seis años aprendiera a tocar el violín, no sería sino hasta los trece que Einstein valoraría el aprendizaje de este instrumento al descubrir “una prodigiosa sonata para violín de Mozart”. Desde entonces no se separaría nunca más de él, ni siquiera cuando llegó a ser el afamado físico de la teoría de la relatividad. En su apogeo como hombre de ciencia, continuamente repetía que, inclusive más que una pasión, la música era un aliado en sus investigaciones científicas. Elsa Einstein, su segunda esposa, corroboraba así esta afirmación: “la música lo ayuda al momento de reflexionar en sus teorías. Él va a su estudio, vuelve, toca algunos acordes, y como si hubiera hallado alguna solución a sus enigmas, regresa su estudio”.

Pero si Jean-Jacques Rousseau y Albert Einstein son, en principio, los paradigmas de la música como complemento esencial de sus ocupaciones principales, se suma a ellos otra personalidad de penetrante ascendencia en el pensamiento universal moderno y en la cultura occidental. Es el caso de Friedrich Nietzsche, filósofo, filólogo y poeta alemán, cuya faceta de músico es menos conocida, a pesar de que su vinculación con el arte fue ardiente y rebosante de pasión (“sin música la vida sería un error”). Se dice que en homenaje a esa intensa y profunda conexión de Nietzsche con la música, y como modo de narrar pasajes de la monumental obra del filósofo, el compositor alemán Richard Strauss creó el poema sinfónico Así habló Zaratustra, cuyos impactantes compases de inicio -reservados principalmente a instrumentos de metal, y titulado Amanecer dicho preludio-, se escuchan, potenciados de exaltación futurista, en la película 2001 Odisea del espacio (1968), dirigida por el magistral cineasta Stanley Kubrick.

Luego de la prematura muerte del padre de Nietzsche, un pastor luterano que improvisaba al piano melodías litúrgicas en su congregación, el pequeño Friedrich, de sólo cinco años, conmovido por la pérdida de su progenitor a quien acompañó en su desempeño artístico, sintió el poderoso llamado de la música y le pidió a su madre que le enseñara a tocar el piano. Al poco tiempo, ya en evidencia de un intelecto poco común, percibió que la música era la auténtica combinación de sentimiento, emoción, pero también método. Aferrado a esa particular idea, a los diez años empezó a componer (creó su primera sonatina), a la vez que, aficionado a las letras, escribía poesía. 

A partir de entonces, configuró la música en formas objetivas, aunque también apasionadas, que fluyeran a la poderosa idea “de hacer nacer un orden donde no lo había; de tocar las fibras del espíritu e imprimir una nueva sensibilidad; una mirada vitalista que desechara cualquier anhelo de vida ultraterrena en favor del aquí y el ahora” –subraya Diego Sánchez Meca-, un estudioso de la música de Nietzsche y de su filosofía musical. Como si entre las notas musicales, o entre las palabras –agregamos-, existiera para el filósofo-músico un torrente de ritmos estrictamente mundanos. Señalaba Debussy, en abierta oposición, que la música no estaba entre las notas; que ahí prevalecía el silencio, pero no un silencio de sólo respiración y sentimiento, sino uno que absorbía un matiz y textura de otra dimensión, tal vez profundamente místico.

Pero se trataba de Nietzsche, y entonces fija la idea de producir música menos sensible y que el hecho artístico en sí mismo pudiera ubicarse más en el compositor que en su propia obra: la expresión renovadora de un férreo intelectualismo. Paradójicamente, jamás pudo sustraerse -como señala Augusto Ferrero Costa- “a la influencia del estilo musical-poético concebido por Liszt”, compositor hondamente espiritual y devoto. Tal dicotomía, internamente molesta, obligó a Nietzsche a ir en búsqueda de una verdad que fuese mayor e incontestable. Y fue así que halla a Wagner. Y se compenetra de Tristán e Isolda, obra que despertó en él una desmedida fascinación, tanto por la fuerza creativa del compositor, como por los conceptos que sugería su música.

Unido a Wagner, y atrapado por su poderosa influencia, Nietzsche sí podía amplificar sus ideas, y entonces escribió El nacimiento de la tragedia desde el espíritu de la música, obra de fórmulas propias, pero apoyada en lecturas de Schopenhauer. En ella, estimulado por este filósofo, y por la excelsa Tristán e Isolda, se manifiesta su postulado: el intelecto se ha introducido en los sonidos. Y asoma una noción de ateísmo a partir del célebre aforismo “Dios ha muerto” (profundizado más tarde en La gaya ciencia y en el discurso preliminar de Así habló Zaratustra); una expresión que Nietzsche, lejos de emplearla como una simple observación de la pérdida de la fe, va más allá: es una crítica profunda de la religiosidad y de sus consecuencias en la sociedad; un principio transformador que, según explica Ferrero, habría de alejarlo de Richard Wagner cuando este “vuelve su mirada a valores cristianos”. Un distanciamiento que sería perjudicial para Nietzsche.

Si bien fue un experimentado creador de obras para piano y canciones (Maestoso Adagio, Marcha húngara, Tormenta, Infinito, Solo ríe, Hoja del álbum, Secuelas), etc., sobresalientes para una parte de la crítica, cuenta Augusto Ferrero Costa que cuando Nietzsche envió su composición La meditación de Manfredo a Hans von Bülow, afamado director de orquesta de la época y promotor de la música de Wagner, este, von Bülow, la descalificó con crudeza, lo cual motivó que el filósofo-músico experimentara el duro revés de la frustración, acentuada esta por el “importante papel de la música en su vida y crucial en su pensamiento”. La descarnada repuesta de von Bülow fue determinante para que Nietzsche perdiera el entusiasmo por seguir componiendo. A su fallecimiento, sus detractores, tanto de su genio filosófico, como de su música, con sorna pintaron en las paredes: “Nietzsche ha muerto (firmado) Dios”.

La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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