miércoles 25 de marzo de 2026

Debate presidencial: el inicio de un consenso posterior

Al margen de las valoraciones que merezcan cada uno de los presidenciables por la premura de sus intervenciones, este debate puede leerse como una antesala de un diálogo político posible.

La última vez que todos los aspirantes al Palacio de Gobierno se enfrentaron "cara a cara" en un debate de propuestas fue durante la campaña de 2002. Desde entonces, el silencio se volvió norma. Con la llegada del wiphaleñismo al poder en 2006 se instauró un régimen del terror político que, además de perseguir, amordazó el debate público entre presidenciables. El hoy criminal prófugo de la justicia, Evo Morales, jamás volvió a debatir con contrincantes; y sus sucesores —formales o por encargo— continuaron esa evasión.

Y no se trataba simplemente de cálculo electoral. En caudillos como Morales, el silencio no era "estrategia", sino un mecanismo de defensa: debatir lo obligaba a exhibir su analfabetismo funcional —ese que muchas veces le impedía siquiera verbalizar lo que tampoco podía leer—, su absoluta ignorancia sobre Estado, economía, derecho o política, y su total incapacidad para articular algo más complejo que los slogans rancios de su “socialcomunismo” de barricada. En su formato autoritario-sindical, siempre le fue más fácil vociferar desde el atril que razonar frente a un rival en igualdad de condiciones.

Pero volviendo al reciente debate presidencial, un primer dato relevante es que participaron los mismos tres candidatos que ya dieron la cara en el foro de la CAO. Y, una vez más, se automarginó el mismo (Andrónico R.) que entonces también evitó exponer —probablemente por el mismo complejo que históricamente arrastra Morales ante cualquier escenario de contraste argumental.

De manera coincidente, los tres con mayor proyección electoral —Manfred Reyes Villa, Tuto Quiroga y Samuel Doria Medina— compartieron un diagnóstico crítico reconociendo que Bolivia atraviesa un estado de coma institucional, económico y social, del que no se saldrá sin un liderazgo firme y experimentado.

Agrupando las intervenciones de Tuto Quiroga y Samuel Doria Medina en materia económica, queda claro que ninguno propone una salida viable menos novedosa para Bolivia (hecho que los asemeja al continuismo del MAS-IPSP en cualesquiera de sus variantes). Lo que ambos plantean —aunque con matices— es una rendición ante los condicionamientos de organismos como el Fondo Monetario Internacional. Y sabemos bien cómo opera el FMI: primero impone un paquete de ajustes —fiscal, cambiario y monetario— y solo después, con lentitud y letra chica, empieza a administrar el financiamiento externo como un suero por cuentagotas. Bolivia, sin embargo, no tiene tiempo para esperar la billetera más lenta de Occidente.

De hecho, con los hallazgos del más reciente Informe del propio FMI sobre Bolivia —que retrata una economía inviable, con cifras maquilladas y sin horizonte de repago— hasta ese “suero” resultaría agónico.

Frente a ese escenario, lo reiteramos: sin necesidad de contratar más deuda para pagar la deuda heredada (que comprometa más al PIB y eleve la deuda per cápita por encima de los USD 5 mil aprox. —hipotecando a generaciones de bolivianos—), Bolivia puede atraer divisas frescas de manera inmediata a partir de, al menos, 5 fuentes estratégicas, con la seguridad jurídica como base:

  • Reactivación de la minería tradicional (USD 6.579 MM) y de minerales críticos (10.000 MM LitioDólares) —incluyendo tierras raras—
  • Apertura irrestricta a agroexportaciones competitivas (USD $us 13.000 MM para el 2033)
  • Explotación eficiente de hidrocarburos (USD 6.595 MM)
  • Relanzamiento del turismo receptivo (USD 3.000 MM)
  • Remonetización de dólares vía sistema financiero formal (USD 10.000 MM), apalancada en un incremento de remesas desde el exterior (USD 1.500 MM), con base en la confianza y certidumbre.

Todas estas fuentes juntas (aprox. USD 50.674 millones en divisas frescas) conformarían un gran Fondo de Estabilización Socioeconómica.

Estas medidas —concebidas como parte de una reingeniería estructural— integran la terapia económica “Bolivia 180°”, propuesta en el Programa de Gobierno de Reyes Villa. A ellas se articula una Economía Política profesional orientada a restablecer el orden cambiario, lograr una estabilización monetaria sostenida y aplicar una disciplina fiscal rigurosa. Todo bajo un principio funcional clave: recuperar la independencia técnica del Banco Central de Bolivia, como pilar para reconstruir la confianza y restituir la credibilidad macroeconómica del país.

A ello se suma una decisión ineludible: poner orden para preservar la gobernabilidad, frente a amenazas internas que buscan sabotear el rumbo de la restauración nacional.

Finalmente, al margen de las valoraciones que merezcan cada uno de los presidenciables por la premura de sus intervenciones, este debate puede leerse como una antesala de un diálogo político posible. Un anticipo de lo que deberán hacer, sin cámaras ni estridencias, cuando las futuras bancadas tengan que concertar una Agenda Legislativa común —como bloque de mayoría republicana— en el nuevo Congreso. Porque solo con acuerdos mínimos, tan realistas como pragmáticos, podrá comenzarse a desmontar la multicrisis que nos dejaron dos décadas de zurdaje destructivo.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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