sábado 28 de febrero de 2026

Pie de página

El eco del fraude: cuando la desinformación juega a favor del autoritarismo

Deslegitimar el balotaje no fortalece a la oposición democrática: fortalece a los autoritarios de siempre.

Quienes siembran dudas sobre el balotaje repiten los métodos del masismo que dicen combatir. La deslegitimación del voto popular solo beneficia a los enemigos de la democracia.

¿Fraude como el de 2019?

En los últimos días, las redes sociales se han llenado de mensajes, videos y panfletos que insinúan la existencia de un fraude electoral igual o peor que el de 2019. Los argumentos son tan confusos como reiterativos. Sin embargo, ni la Alianza Libre, ni la Fundación Jubileo, ni ninguna organización que fiscalizó la transparencia del proceso electoral ha reportado irregularidades sustanciales. Más allá de algunos incidentes aislados, no existen evidencias de manipulación sistemática ni de alteración de resultados. Pero la duda sembrada se multiplica con rapidez, alimentando el discurso del fraude y debilitando la confianza en la democracia.

¿A quién conviene deslegitimar el balotaje?

Deslegitimar el balotaje no fortalece a la oposición democrática: fortalece a los autoritarios de siempre. A quienes jamás creyeron en el voto, pero se disfrazan de demócratas cuando les conviene. A los que denuncian a la “democracia burguesa” mientras se aprovechan de ella para justificar sus derrotas. El ciclo del masismo no ha terminado, y lo más preocupante es que algunos de quienes se dicen antimasisistas están repitiendo sus métodos: descalifican las urnas, desacreditan las instituciones y promueven la desconfianza como estrategia política. No hay que olvidar lo ocurrido en 2020, cuando grupos de activistas se apostaron frente a los cuarteles invocando el “fraude” para justificar una eventual intervención militar. Aquella deriva antidemocrática dejó heridas que todavía no cicatrizan.

El falso paralelismo del “apagón”

Uno de los argumentos más difundidos para sostener la idea de fraude es el supuesto “corte de luz” durante el conteo de votos. Se ha intentado compararlo con el apagón del sistema de conteo rápido de 2019, pero esa comparación es falsa. En 2025 se trató de un corte eléctrico momentáneo, sin impacto en los sistemas de transmisión de datos ni en el cómputo oficial. En 2019, en cambio, fue una interrupción deliberada ordenada por una vocal del Tribunal Supremo Electoral, que paralizó el sistema con la intención de alterar los resultados. Aquel fue un acto premeditado; este, un simple incidente técnico. Confundir ambos hechos no es ingenuidad: es manipulación. Busca dar credibilidad al relato del fraude y debilitar la legitimidad de un proceso electoral limpio.

El verdadero fraude fue el de 2019

El fraude de 2019 fue tan evidente que la OEA y la Unión Europea denunciaron sus irregularidades de inmediato. Los informes fueron categóricos y Evo Morales se vio obligado a anular las elecciones. Años después, el masismo fabricó el relato del “golpe de Estado” para reescribir la historia y justificar la cuarta candidatura de Morales, abiertamente inconstitucional. Esa narrativa se mantiene viva porque le permite al MAS ocultar su fracaso económico, su corrupción y su vocación autoritaria.

Reconocer la victoria y honrar la democracia

El triunfo de Rodrigo Paz Pereira es claro e inapelable. Los demócratas debemos tener la madurez de reconocerlo, aunque el resultado no haya sido el esperado. Tuto Quiroga lo ha hecho, demostrando que el verdadero demócrata no es quien aplaude cuando gana, sino quien respeta las reglas cuando pierde. Su ejemplo dignifica la política y marca distancia con quienes, desde el resentimiento o la intolerancia, desprecian el veredicto ciudadano. La grandeza política se mide en esos momentos: cuando la derrota se asume con serenidad y se transforma en una oportunidad para reflexionar, corregir y seguir adelante.

Cerrar filas por la democracia

Mientras no existan pruebas verificables de un nuevo fraude, los demócratas debemos cerrar filas en defensa del voto y de las instituciones electorales. La democracia no es un capricho ni un favor que se concede; es un compromiso con las reglas, con el respeto al voto ajeno y con la verdad. Hoy, Rodrigo Paz asume la responsabilidad de reconstruir el país que el MAS destruyó durante los gobiernos de Morales y Arce. Su tarea será difícil: restaurar la institucionalidad, encaminar la economía y recuperar la confianza en el Estado. Pero su éxito dependerá también de nosotros, los ciudadanos: de nuestra capacidad para aceptar la voluntad popular y de nuestra madurez para comprender que ninguna causa, por noble que sea, justifica el desprecio por las urnas. Porque cuando la fe democrática se erosiona, el autoritarismo no necesita imponerse: simplemente entra por la puerta que nosotros mismos dejamos abierta.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

Temas de esta nota