martes 24 de febrero de 2026

Gustavo Navarre Viscarra

Una personalidad artística y humana que en veinte años de ausencia ha dejado un legado excepcional, pero también un vacío inmenso... Su vida y obra perdurarán en el tiempo, maestro.
sábado 07 de febrero de 2026

Al conmemorarse los veinte años de su deceso, qué ocasión propicia para divulgar la vida y obra de Gustavo Navarre Viscarra, el pianista, maestro de armonía y contrapunto, y compositor. Si bien su identidad creativa, tanto como su cualidad de pianista sobresaliente, no gozan hoy de la notoriedad con que sí han sido valorados otros compositores e intérpretes, esto se ha debido, sobre todo, y muy excepcionalmente, a la misión que él mismo proyectó a ultranza en su vida artística: la formación de generaciones de artistas. Su entrega y pasión hacia ese cometido didáctico fue, en definitiva, el quid de su mundo musical tan pródigo en facetas.

Gustavo Navarro Viscarra estudió armonía y contrapunto con Erich Eisner, músico nacido en Praga, de alta escuela judío-checo-alemana, que luego de ser prisionero en el campo de concentración de Dachau durante la Segunda Guerra Mundial, logró huir y se refugió en Bolivia. Al cobijo de las autoridades nacionales, que concedieron asilo a un número incalculable de judíos que se liberó de la persecución nazi, Eisner halló una veta inexplorada en el círculo artístico boliviano y en 1945, con el decidido apoyo del maestro Mario Estenssoro con quien trabajó estrechamente en la Normal de Maestros de Sucre, fundó y fue el primer director de la Orquesta Sinfónica Nacional.

Cabe aquí, más que una digresión, precisar un hecho trascendente. El maestro Erich Eisner, agradecido por la acogida que se le dio en el país, compuso la Cantata Bolivia, obra sinfónico-coral con un texto de Yolanda Bedregal -el poema Bolivia-, que con suceso fue estrenada el 3 de abril de 2003 en el Festival de Primavera de Rishon LeZion, “una ciudad vibrante al sur de Tel Aviv que combina historia y cultura”. Anoticiado del debut mundial de la obra, David Händel, entonces director de la Orquesta Sinfónica Nacional, la reestrenó el 23, 24 y 25 de marzo de 2004 en el Centro Sinfónico Nacional de La Paz.  Pero el asunto mismo de su difusión no se agota ahí. El 27 de enero del presente año, en la precisa fecha de conmemoración del Holocausto, la Cantata Bolivia se presentó en la Iglesia alemana de Lübeck con la participación de solistas vocales, el Coro Juvenil de Schleswig-Holstein y la Orquesta de Cámara Judía de Hamburgo, bajo la dirección de Emanuel Meshvinski; con lo cual la Cantata Bolivia toma carta de naturaleza universal.   

De regreso al tema principal de este comentario. Gustavo Navarre, siempre encaminado por un prominente Erich Eisner en su aspiración de profundizar en la música, estudió piano con Alicia Eguino de Justiniano y con el maestro Mario Estenssoro (Dinámica musical en Bolivia, de Atiliano Auza). Posteriormente, ya absolutamente afianzada su vocación, y en todo momento respaldado por Eisner, le fue concedida una beca para seguir estudios en la École Normale de Musique en París con Henri Dutilleux, músico legatario de la tendencia artística de Debussy y de Ravel, aunque con estilo distintivo propio. Ganador del antiguo Du Portique, recompensa otorgada “cada tres años a un compositor menor a cuarenta por el conjunto de su obra”, la inspiración, delicadeza y perfección de estilo del músico francés fueron determinantes para que Gustavo Navarre iniciara una trepidante carrera como compositor.

Artista grave, proporcionado e ingenioso, la naturaleza compositiva de Navarre perseguía la coherente conexión de las partes con el todo de una obra, a fin de proyectar y alcanzar un armonioso balance. Tal característica es claramente perceptible en la Sonata para violín y piano, en la Sinfonía de dos movimientos, en los Seis lieder para soprano y piano, y en el brillante Cuarteto de cuerdas, tan elogiado e interpretado por afamados músicos, especialmente por el antiguo Cuarteto Claremont. En estas creaciones, Gustavo Navarre –como bien subraya el maestro Carlos Rosso-, “se aprecia música de elegante factura, con estructuras formales bien elaboradas y una sonoridad cuidadosamente pensada que logra conseguir momentos de gran belleza”. Si en efecto Gustavo Navarre expuso una nítida pureza de líneas, unidad temática y exquisita plasticidad armónica, estas entroncarían de modo concluyente en creaciones “navarristas” cuyo efecto sonoro (lenguaje telúrico andino) constituiría “una innovación en el desarrollo de la música culta boliviana del siglo XX”.  

Precursor de dicha combinación de música culta y telurismo de impecable estructura, y pese a haber ganado varios premios nacionales de composición, entre ellos el prestigioso Luz Mila Patiño, su música, sin embargo, no halló eco en un público inclinado en su mayoría a una crítica instintiva, sin miramiento y desaprensiva, que sin comprender la hondura de sus obras las recibió con frialdad. Severo como era consigo mismo, Gustavo Navarre resolvió entonces no componer más, no presentarse ante público como intérprete de piano, y se decantó por la enseñanza, en una decisión irrevocable que adoptó en trances internos no poco críticos.

Ya en su tarea como pedagogo, quien escribe estas líneas lo conoció en las aulas del Conservatorio Nacional de Música donde, conmovido el ánimo por el privilegio de ser su discípulo, estudió con él las materias de armonía y contrapunto, y luego composición. Y hablo de privilegio, cuando no de una gracia o prerrogativa superior por haber sido discípulo de un maestro que manifestaba una virtud artística tan elevada, que asimismo cautivaría el espíritu de varias generaciones de estudiantes.

En pleno desempeño de su docencia, el maestro Navarre descubría una identidad especial: si adusto con lo gris y anodino, su rostro se transformaba con la presentación de buenos trabajos. Y al ver cómo los evaluaba -un auténtico deleite-, no era posible no quedar atónito por la forma en que lo hacía. Sin la asistencia del piano, leía en su mente partes a cuatro, cinco, seis voces, como si estuviera leyendo páginas de un libro, para dictaminar finalmente: “esto suena bien, esto no”. Y es que poseía oído absoluto, esa rara capacidad genética (1 en 10.000 personas) de identificar o reproducir notas musicales sin referencia ninguna; “un don presente en célebres genios de la música como Mozart, Beethoven o Bach, o de famosos modernos como Michael Jackson, Mariah Carey, Jimmy Hendrix, Ana Torroja o Charly García”.  

Como persona, Gustavo Navarre era notable en las tertulias que compartía con sus alumnos. Sin ocultar una recia manera de ser en la que se conjugaban una permanente vena de humor y una charla honda y amena, era explícito en cuanto a su singular concepción sobre la vida y el mundo, comparable, a juicio personal, y sin pecar de desmesura, con la “Weltanschaung”, de Beethoven, que Dilthey explicaría: “…una sorprendente concepción de Dios, de la vida, del dolor, de la muerte y del arte…”

Una personalidad artística y humana que en veinte años de ausencia ha dejado un legado excepcional, pero también un vacío inmenso... Su vida y obra perdurarán en el tiempo, maestro.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

                   

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