lunes 23 de febrero de 2026

Recorrido

Tras los pasos del Barón: El terciopelo de Oruro y las vetas de Uncía

Nos detuvimos en el Teatro Simón I. Patiño, donde por aquellas épocas trabajadores y administrativos de las empresas mineras podían solazarse con alta cultura. Un frontis gris y soberbio, hecho con piedra labrada y con una gran puerta central verde de madera.
Teatro Simón I Patiño. Foto: Ignacio Vera de Rada
Teatro Simón I Patiño. Foto: Ignacio Vera de Rada
domingo 08 de febrero de 2026

Ignacio Vera de Rada/ Oruro-Potosí

El 11 de octubre de 2025 visité esa patria árida que guarda los minerales subterráneos. Esa que Carlos Medinaceli describió como el escenario de “paisajes imponentes y magníficos de toda esa imponencia andina que esconde las más hondas y puras lecciones de virilidad, de confianza en sí mismo y de amor a la energía y el culto de la solemnidad altiplánica y la grandeza andina”. Esa patria cuyas riquezas fueron para los de espíritu determinado, visión de largo alcance y brazo inquebrantable.

Hacia la caída de la tarde del día previo, me encontré con mi amigo Richard en la zona sur de La Paz y partimos hacia la terminal de buses para abordar la flota que nos llevaría a Oruro, el punto de partida de nuestra travesía. La noche ya había devorado la ciudad cuando compramos los boletos hacia la ciudad de Pagador. El viaje transcurrió en calma, con el ulular del viento alteño que se filtraba por las ventanillas mientras la nave se desplegaba por la carretera. Aunque la primavera estaba en plenitud, quienes habitamos los Andes sabemos que en el altiplano el frío es un habitante perpetuo.

Hacia la medianoche descendimos del bus y tomamos un taxi que nos llevó hasta un hotelito que la agencia de turismo nos había reservado y que estaba en pleno centro. Tocamos la puerta, nos abrieron y nos condujeron a una pieza austera: dos camas y un velador en medio. Pronto arrojamos nuestras mochilas sobre sendas camas y nos dormimos.

Sonó la alarma de mi teléfono a las 6:00. Nos despabilamos, nos vestimos y salimos al encuentro de la historia.

La casona de la calle Soria Galvarro

Por suerte estábamos a cuatro cuadras, así que fuimos a pie. Llegamos a la gran casona a las 7:05, una construcción de estilo neoclásico francés cuyo portón metálico estaba abierto de par en par. Los turistas ya estaban en el vestíbulo y los guías, listos para conducirnos. Subimos las escaleras alfombradas hasta el segundo piso, donde ingresamos en un ambiente también alfombrado y lleno de sillas y mesas doradas, donde el magnate solía recibir a emisarios políticos o la aristocracia.

El mobiliario, incluidas las paredes empapeladas, era de tonos dorados (marcos bañados en pan de oro) y relucientes, dos lámparas de araña iluminaban el ambiente, la vajilla de porcelana francesa y la cristalería de roca centelleaba en los muebles vidriados, las sillas forradas con cuero alemán contrastaban con los tonos vivos de las alfombras y cortinas orientales y varios espejos enmarcados, pinturas y pequeñas esculturas le daban a ese salón un aire de refinamiento y esplendor magníficos. Era una pequeña corte europea incrustada en medio del altiplano boliviano.

Pasamos de un salón para fumadores a otro para hacer fiestas. Sus verdes paredes sugerían un ambiente de menor formalidad. Un hermoso piano de pared, un violonchelo, una escultura griega y un gramófono (de la marca Victor) sugerían arte y excitaban la creatividad y el sentido de la belleza que se alberga en algún lugar del espíritu de todo ser humano. Y hacia el fondo había un orquestrión u orquesta electromecánica que funciona con rollos de papel perforado, traído en barco de Alemania hasta Valparaíso y de allí en mulas hasta Bolivia, que deleitaba los oídos de quienes se reunían en aquel salón en cuyo centro había una mesa con siete sillas a su alrededor.

Piano de pared y un gramófono Víctor. Foto: Ignacio Vera de Rada

Más allá estaban la habitación de juegos y el vivero, donde doña Albina Rodríguez Ocampo criaba plantines en tiestos. En el cuarto de juegos había una mesa de billar para René y Antenor, peluches, un columpio, un sube y baja de madera (que a la vez daba vueltas sobre su propio eje y entonces era un carrusel), un secreter, un juego de boliche, una casa de muñecas con sillitas y una mesita para que Elena, Graciela y Luzmila jugaran al té. Pero el vivero de Albina estaba convertido en un repositorio de artículos de arte y para caza y excursiones. Sillas de montar, carpas, estacas, caballetes, una pintura, petacas y baúles de cuero, un halcón disecado, arcos y flechas de varios tamaños, unos binoculares con trípode para controlar el trabajo de los obreros en Uncía, pinturas murales con motivos de plantas, sillas de madera y un reproductor metálico de cintas, entre otras cosas, estaban expuestos en aquel ambiente lleno de ventanales que servían para que las plantas que regaba la esposa del Rey del Estaño recibieran el sol de la tarde.

La cocina estaba dotada de artefactos modernos para la época. Tenía un refrigerador alemán que funcionaba con generador eléctrico a motor y una máquina para hacer helados que funcionaba con bloques de hielo que se traían de las cumbres más cercanas a la ciudad. La despensa estaba llena de recipientes para víveres y utensilios. El comedor de diario era más bien modesto: un cuarto pequeño de paredes blancas y una mesita sencilla, donde la millonaria familia debió ser, sencillamente, una familia.

Los dormitorios tenían tocador, catres de bronce, colchones de lana vicuña, roperos, almohadas bordadas, edredones de pluma de ganso, veladores con bronce y mármol, biombos o vestidores y espejos biselados. En la habitación de Simón y Albina estaban las botas del magnate y los botines de la esposa; de Londres los de él; de París las de ella.

En el garaje había varias carrozas, una de ellas para hacer paseos por la ciudad; otra, para viajar en terrenos escarpados y pedregosos y que era tirada por muchos caballos. Esta última era de metal macizo y sus ruedas, de acero y no de caucho. Tenía mullidos asientos para los pasajeros, dos faroles metálicos a los costados del pescante y un sofisticado sistema de amortiguación basado en muelles.

Luego salimos de la casona y nos dirigimos al bus, que nos esperaba unas cuadras más allá.

Machacamarca: el eco de los rieles

Tras una hora de carretera bajo un sol que caía a plomo, llegamos a Machacamarca, el nudo ferroviario que unía el progreso con Uncía.

La maestranza, la pulpería, la carnicería… Eran casitas casi abandonadas de una sola planta, muchas con las ventanas rotas y puertas improvisadas. Ingresamos en una especie de galpón techado con láminas de zinc y sostenido con vigas de madera, donde había un museo de locomotoras, vagones y un sinnúmero de instrumentos de la corporación minera, como yunques, teléfonos, cepillos mecánicos, martillos o crisoles. Casi todos los elementos tenían impreso el sello del potentado minero: S.I.P., o el de su marca empresarial: Patiño Mines & Enterprises Consolidated, Inc., o el de su ferrocarril: FCMU (Ferrocarril Machacamarca-Uncía).

Un montón de artefactos de metal macizo destinados a la extracción, el tratamiento y el transporte de los metales de las minas de la empresa de Patiño llenaban los ambientes de aquel espacio. Muy buenos guías nos explicaban interesantes detalles históricos de todo lo que había expuesto, pero no había suficientes fichas técnicas que explicaran qué era precisamente lo que se tenía ante la vista.

Sora Sora: el refugio de Albina

Continuamos el trayecto en una casita de campo en el poblado colonial de Sora Sora, a 30 kilómetros de la ciudad. Allí se levanta la casa de campo de Albina Rodríguez. Típico caserón de campo altiplánico con techo de paja y un patio central empedrado con un añejo árbol en medio, estaba a pocos metros de la plaza principal. La decimonónica casa de campo, como dijo uno de los guías, era “fruto del valor que tuvo la señora Albina Rodríguez Ocampo, que en el momento más difícil de la vida tuvo que vender todos sus bienes en Oruro, para salvar la vida de su esposo, puesto que devengaban salarios de sus trabajadores de Uncía”. Fue construida como un monumento a la lealtad.

Aunque carecía del lujo palaciego de sus residencias posteriores, la casona destaca entre las viviendas del pueblo por sus gruesos muros empapelados y sus lámparas de araña. Era el testimonio de un tiempo en que la fortuna aún era una promesa y no un imperio consolidado.

Habitación casa de campo en Sora Sora. Foto: Ignacio Vera de Rada

Poco después, el bus se detuvo en medio de la nada. Pero miramos a un costado y vimos una inmensa construcción de piedra y hierro: el Puente Patiño, que se erige a casi 4 mil metros sobre el nivel del mar. Construido en 1914, planificado y ejecutado por ingenieros europeos y destinado exclusivamente al transporte del mineral, es una parte del legendario ferrocarril Machacamarca-Uncía. Ahí estaba, rodeada de áridas colinas altiplánicas, esa colosal obra de piedra y hierro de más de un siglo de antigüedad, en la que todos aprovechamos de tomarnos varias fotos.

Los ecos de Uncía

A las 14:15 llegamos a Uncía, en Potosí; un paisaje de lomas pardas nos rodeaba. Ingresamos en un pequeño palacio que fuera de Albina, donde el historiador Freddy Arancibia comenzó a explicarnos que la historia del esplendor del barón del estaño había comenzado en esos lugares: cuando el capataz Menéndez le dijo a un por entonces infortunado Patiño que habían encontrado tal vez plata y luego se dieron cuenta de que era estaño de alta ley: “Desde el laboratorio vuelve Patiño en silencio, contrata más trabajadores y compra burros, mulas, llamas, bolsas para ensaquillar el estaño, y en pocos meses él personalmente va hasta la estación ferroviaria de Challapata a vender el estaño a comerciantes alemanes, chilenos e italianos”. Era 1898.

“Y a inicios de 1899 Patiño ya tiene los recursos suficientes para cumplir la promesa que le había hecho a su esposa: construirle un palacio. Y precisamente de Challapata trae a un ingeniero italiano para que se inicien las obras…”. En aquel tiempo, fines del XIX y principios del XX, los Patiño se instalaron en esa residencia.

El palacio de Uncía, no obstante, respiraba abandono. Había piezas antiguas en exposición: llaves, pernos, tornillos, nanómetros, proyectoras de cintas, radios, un carruaje, máquinas de escribir, fotografías colgadas en las paredes, parecen naufragar en un mar de decadencia. El palacio estaba desolado; sus ambientes y el modo en que las piezas de museo estaban dispuestas traducían abandono y decadencia, una decadencia que en gran parte se debe a las políticas estatistas y populistas que comenzaron a implementar algunos gobiernos bolivianos.

Halcón disecado y binoculares. Foto: Ignacio Vera de Rada

En una construcción parecida a un galpón estaba la Planta de Diésel Miraflores (con los vidrios rotos, como un lugar fantasma), donde había varios generadores eléctricos (cada uno del tamaño de una volqueta) que en su tiempo fueran de última tecnología y que funcionaban a diésel. Aquellos motores producían un ruido ensordecedor al funcionar y, según nos dijeron, eran parecidos a los que usó el Titanic. Resultaba sencillo cerrar los ojos e imaginar el estruendo de los motores que hoy yacen mudos y el trajín de los técnicos de élite que alguna vez operaron esos colosos de acero, en lo que fuera el periodo de esplendor de aquellas minas que marcaron la historia de Bolivia.

Antes de partir a Catavi, Richard y yo nos detuvimos para dar una última ojeada a las casitas y tomarnos fotos… Uncía estaba envuelta en la melancolía. Del apogeo de aquel poblado que fuera uno de los más ricos de la región en algún momento, ya no quedaba más rastro que aquel cascarón del palacio decimonónico y finisecular donde el eco de las voces parecía ser el único habitante.

El telón de Catavi y el vientre de la montaña

Llegamos a Catavi a media tarde. Primero visitamos el Club Social Catavi, un centro de recreo donde nos sirvieron el almuerzo a las 16:30, y después fuimos a caminar por las callejuelas de aquel poblado que, pese a estar a casi 3.800 metros sobre el nivel del mar, regalaba un paisaje valluno y hasta bucólico gracias a sus árboles y quebradas.

Nos detuvimos en el Teatro Simón I. Patiño, donde por aquellas épocas trabajadores y administrativos de las empresas mineras podían solazarse con alta cultura. Un frontis gris y soberbio, hecho con piedra labrada y con una gran puerta central verde de madera, era la primera imagen de aquel centro cultural que fuera sitio de representaciones teatrales de primer nivel y reproducción de estrenos cinematográficos.

Por dentro parecía un teatro fantasma: los estragos del tiempo se veían en todas partes. El descascarado cielo raso era celeste, las butacas parecían en buen estado todavía y las cortinas de terciopelo guindas resistían aún, solemnes, al paso del tiempo. Pronto el historiador Freddy Arancibia se puso en medio de la platea, elevó la voz y comenzó a explicar varios otros datos históricos sobre aquella construcción.

El broche de oro ocurrió a las 18:50 en la mina Siglo XX, en Llallagua. Caía la noche, pero aun así fuimos a la primera bocamina abierta, y algunos, con la luz de nuestros teléfonos, ingresamos unos cuantos metros. No había mucho que ver, pero sí mucho que imaginar: nada menos que el peso de la historia de una mina que cambió el destino de una nación.

A las 19:30 partimos a Oruro. El bus hizo los 100 kilómetros que separan a Siglo XX de la capital orureña en una hora y media, y llegamos a la ciudad a las 21:00. Bajamos con Richard, nos despedimos de todos y nos fuimos a comer a un puestito de salchipapas y hamburguesas. De ahí, a la terminal de buses, y compramos dos boletos para La Paz. El destartalado bus que nos llevó a casa partió a las 22:00 y llegamos a la hoyada paceña a la 1:00 del domingo 12 de octubre. La Paz nos recibió iluminada, vibrante y tibia, recordándonos que, aunque el imperio de Patiño se haya convertido en eco y herrumbre, la energía de los Andes sigue latiendo con la misma fuerza de hace un siglo.

El Club Social Catavi y el Puente Patiño. Fotos: Ignacio Vera de Rada