lunes 23 de febrero de 2026

Entrevista

Francesco Zaratti: “La fe disipa el miedo porque se venció a la muerte”

No es recomendable comenzar por el Génesis. A veces hay el error de creer que la Biblia se escribió de una manera continua en el tiempo.
Francesco Zaratti en la sala de su apartamento, con su libro en manos, foto Ignacio Vera de Rada
Francesco Zaratti en la sala de su apartamento, con su libro en manos, foto Ignacio Vera de Rada
domingo 07 de diciembre de 2025

Visité a Francesco Zaratti (Rocca Priora, 1947) hace cuatro años en su apartamento de la zona de Calacoto. Conversamos sobre un evento pastoral que hicimos en la Universidad Católica Boliviana y luego, cuando me obsequió el libro que había publicado pocas semanas antes, comenzamos a platicar sobre asuntos de fe. El libro titula De Roma a La Paz: Relatos de mi vida, de mi mente y de mi fe (El Hado Propicio/Editorial 3600, 2021) y es un compendio de crónicas sobre algunas experiencias de vida del autor, de cuentos que escribió a lo largo de varios años y de relatos vinculados con la Biblia y la fe católica. El libro está traspasado por experiencias cristianas y por comentarios que se hacen desde una perspectiva científica, pero también espiritual o religiosa (en el sentido no peyorativo de este último término), y tienen la virtud de ser amenos tanto para entendidos en temas cristianos como para amantes de los buenos relatos solamente.

Ahora lo volví a visitar, y en esta entrevista el físico nacido en Italia pero que desde octubre de 1973 vive en Bolivia haciendo de este país su patria, me cuenta aspectos sobre su libro y sobre su compromiso con el Evangelio.

 

En una de las crónicas del libro narras una entrevista en Canal 7 que te hicieron en 1979 sobre el centenario del nacimiento de Albert Einstein. ¿Qué físicos influyeron en tu manera de pensar el universo y a quiénes podrías rescatar por su vertiente religiosa?

No era muy importante si eran testigos de fe o no aquellos que más influyeron en mi formación científica. Por lo común, era gente preparada y honesta. Había gente cristiana y católica que también daba un testimonio dentro de su fe. Pero tiendo a separar la fe de lo científico, pues son distintas maneras de abordar la realidad, cosas distintas que, sin embargo, en algún momento se encuentran. Para hablar de tu profesión, Ignacio, la Iglesia y el Estado, por ejemplo, en algún momento se encuentran. Por más que uno diga que hay separación entre Estado e Iglesia, es imposible que haya separación total; ambos se encuentran en la educación o en la atención a los últimos de la sociedad, pues hay momentos y lugares en que el Estado no llega, y eso no es por región, sino por situación existencial. Puede ser en la Amazonia o en la periferia de La Paz. Volviendo a la pregunta, sí hubo científicos que me influyeron en la manera de ver el mundo y la ciencia y otros maestros de espiritualidad que me ayudaron a buscar un justo equilibro entre los mundos. Casualmente, uno de los maestros fue mi tutor de tesis, Burno Touschek, que fue un gran físico me parece no tan reconocido, que fue el creador de los ciclotrones y los anillos de acumulación; el resolvió en pequeña escala el problema de cómo hacer que protones y antiprotones o electrones y positrones puedan circular en sentido contrario y chocar. Es un problema matemático de estabilidad de órbitas, etc. Hace unos meses pude dar una charla sobre él, sobre su personalidad; no lo conocí muy a fondo, pero traté con él durante los meses de la tesis. Después hubo otros intelectuales que a través de sus libros y enfoques me ayudaron a formarme.

 

En la crónica en que narras tu primer viaje a Uyuni rescatas el recuerdo de Rafael, un hombre que te hospedó cuando estabas perdido en medio de la nada, y dices que esa hospitalidad no se podría hallar en la ciudad, donde la modernidad diluye los lazos de fraternidad. ¿Cómo entiendes la época actual? ¿Crees que los vínculos de solidaridad están amenazados por lo que algunos pensadores llaman “modernidad tardía”?

Sí. Lo que reflexioné en ese momento es que, si alguien está en dificultad en el campo, es más fácil hallar apoyo, solidaridad, misericordia y compasión en el área rural. En la ciudad esto es casi imposible. Es más posible que si alguien toca la puerta y dice que se halla sin nada y perdido, se le diga que se vaya a la parroquia o a un centro de acogida. En el campo es más directo. Sin que nadie se lo pidiera, esa persona que nos acogió nos dijo que fuéramos a su casa y que al día siguiente se vería que hacer. Creo que en el campo aún hay más compasión, en el sentido etimológico del término: tener el mismo sentimiento, compadecer con la gente que tiene problemas. Otras veces, en el campo, se me arruinó el coche en el lugar donde el diablo perdió el poncho, y apareció un ángel encarnado en un campesino que trajo su pala y con piedras me sacó del charco en que me había metido.

 

En “Una visita del Señor” narras la muerte de tu esposa Sonia y luego algunos milagros de los que fuiste testigo. ¿Cómo fue el proceso espiritual de aceptación de la ausencia o la muerte de un ser querido? ¿Y cómo es la experiencia de racionalizar un hecho inexplicable (un milagro) y vincularlo con la fe?

Aceptar ciertos eventos en tu vida no es una cuestión del momento, sino de la preparación del corazón en años y años. Esa expresión de la “visita del Señor”, que es de los profetas de Israel y que no es una visita para tomar el té, sino para mover las aguas, para conflictuarte, para ayudarte a comprender mejor lo que está bien y lo que está mal. Entonces, en ese momento, la manera de comprender lo que estaba pasando fue ese concepto de la “visita del Señor”, en el que Él te debe ayudarte a discernir. Obviamente el dolor humano existe, pero también uno se da cuenta de que quejarse no sirve de nada; más bien hay que agradecer por lo que uno recibió antes que quejarse por lo que perdió.

Sobre lo de los milagros… La palabra milagro viene del latín, miraculum, y depende de quién lo mira; es algo que tú miras o contemplas de una manera especial. Para otra persona puede ser “normal” o trivial, pero desde tu punto de vista, en ese momento, por lo que sientes, también puede tener un gran valor, y objetivamente existió. Yo llamo milagros a muchas cosas que sucedieron, aunque racionalmente uno siempre puede hallar explicaciones. Ahora bien, sobre las cosas que sucedieron en torno a la muerte de mi esposa… siempre hay misterios alrededor de las muertes y de otros eventos, ¿no? Para no ir muy lejos, hace unos meses, estábamos con mi esposa en la procesión nocturna de Lourdes, con 10 mil personas, a oscuras, con velas y uno se dio cuenta de que había perdido su audífono correctivo. En ese caso, ¿qué haces? Te resignas, no lo encontrarás. Revisamos en el hotel, pero no había nada. El último día, al momento de salir, mi esposa vio en el mostrador del hotel el audífono, y averigüé y me dijeron que lo habían encontrado en la puerta del hotel. Para eso, hay explicaciones racionales: “Se me cayó en la puerta del hotel y nadie lo vio, pero justo el día en que salimos apareció…”. Según los del hotel, ellos limpian cada día, pero no lo habían visto. No digo que fuera la Virgen quien lo dejara allí, pero es algo que te conmueve profundamente, pues lo dabas por perdido, pero apareció, y si aparecía al día siguiente o en la tarde, ya no estábamos ahí. Eso es un milagro. No necesariamente es una ruptura de las leyes del universo, pero subjetivamente para uno sí es un milagro… “Me salvé por un milagro” o “No pude tomar el vuelo y el avión se cayó; me salvé por un milagro…”: la verdad es que te atrasaste… (ríe). Pero es algo excepcional en la experiencia personal.

 

Al final de “Anécdotas de mi vida universitaria” citas una frase de Martin Luther King: “El miedo tocó a la puerta; la fe fue a abrirle: no había nadie”. ¿Cómo crees que la fe puede disipar el miedo en la conciencia o el espíritu humanos, teniendo en cuenta que, con lo progresada que está la humanidad ahora, el miedo y la duda abundan?

Creo que en todas las épocas el ser humano sufrió por lo efímero de la vida y su vulnerabilidad. En el mundo moderno, como se tienen más cosas, se teme más perderlas; por el contrario, si no tenemos nada, no tenemos miedo de perder nada. Pero si tenemos auto, tengo miedo de que me lo roben o choquen; si tengo un terreno, tengo miedo de que se entren ahí; si tengo plata en el banco, tengo miedo de que se devalúe… El tener hace que crezca el miedo de perder… Tienes razón: nuestra época es un poco más insegura en ese sentido, pues hay más cosas que asegurar. Y la frase de Martin Luther King es genial, pues si la fe va a abrir la puerta del miedo, entonces este desaparecerá. Y así con todo. El miedo a la muerte lo tenemos todos; obviamente, el miedo a la muerte a los 18 años tiene otra connotación, pero llegando a los 75 u 80 años, ese miedo se hace más presente; sin embargo, si la fe va a abrir cuando toca, no hay que preocuparse. La fe disipa el miedo, porque se venció a la muerte; el pecado de alguna manera te secuestra a través del miedo; es a través de este que cedemos en nuestros principios y valores: el miedo a no tener algo, a no alcanzar algo, y con el miedo hacemos daño a los demás y pisamos valores, lo cual no haríamos si no tuviéramos miedo.

 

En la crónica “Amigo de curas” cuentas tu relación intelectual y de amistad con varios clérigos. En este sentido, y teniendo en cuenta que usualmente la gente ve solo lo malo de la Iglesia, ¿cómo valoras la labor misionera y de caridad que emprenden los sacerdotes en el mundo moderno?

A mí no me impresiona la gente que ataca la Iglesia. Por el contrario, esa gente me inspira compasión, porque quiere decir que esa Iglesia supuestamente inútil, de mafiosos, de mentirosos y de gente a la que le interesa solo lo material, debe responder en momentos clave. Es decir, esa gente que no quiere a la Iglesia, en el momento de la verdad le exige cosas a la Iglesia. Entonces, esos ataques a la Iglesia me hacen sonreír. Pero la Iglesia es humana; tiene todo lo que es propio del hombre, pero sin duda no hay comparación entre todo lo bueno que trajo y lo malo que tiene. La Iglesia católica grande y verdadera como expresión visible del Reino de Dios y el Evangelio, a veces no tiene mucha relación con la jerarquía, los obispos, los cardenales o Roma. De esta Iglesia uno se puede sentir muy orgulloso porque pertenece a un mismo camino, pero también avergonzado por no hacer lo que hace mucha gente misionera y servidora. Hay que repasar la historia de la humanidad y pensar qué hubiese sido de la civilización humana sin las ideas de la Iglesia, sin la valorización de la pobreza, por ejemplo, de la humildad, del servicio, del acercamiento existencial hacia los pobres, como hizo san Francisco de Asís, a quien, más que interesarse por los pobres, le interesó hacerse pobre con ellos. Si comparas la Iglesia con la civilización romana o griega, es algo muy diferente; la pobreza o la humildad en esas sociedades no tenía un valor. Ahora bien, esto cambió con el tiempo, pero el error fue identificar el Reino de Dios con el cristianismo europeo o la cristiandad. Antes era la cristiandad versus el islam. Con la ampliación evangélica, tenía que enriquecerse más la Iglesia, y se enriqueció con las experiencias en América Latina, en África, en Oceanía o en Oriente, pero eso de ser “católico universal” es en un buen porcentaje europeo (ríe).

 

Uno de los relatos narra tu ascensión al Monte Sinaí. Más allá del cansancio físico que debiste sentir al llegar a la cima, ¿qué sensaciones espirituales o experiencias de fe sentiste estando donde estuvo Moisés al recibir las tablas de los Diez Mandamientos?

Lo primero que hay que decir es que hacer eso fue un desafío físico… La apuesta de mi guía era que yo no llegaría, por cómo me vio empezar el trayecto, pero sí llegué. Y eso ya te deja de alguna manera “probado”: si lo lograste, eso te da un sentido, te sostiene. La manera en que llegas a la cumbre, en la madrugada, antes de que salga el sol, rodeado de mucha gente, buscando un lugar… cierras lo ojos y piensas… Puedes reconstruir espiritualmente la situación de Dios que va al encuentro del hombre (Moisés) porque lo ama; busca liberarlo, salvarlo, busca darle un sentido no solo individual, sino colectivo. Creo que saqué algunas fotografías de la campana y la torrecita que hay allá; pero luego me puse en un lugar y traté de gozar de ese momento, y después bajas ya como volando, ligero (ríe), porque estás fortalecido, con nuevas energías.

 

Algunos relatos del libro son cuentos. El cuento “Diálogo de pañuelos”, que es una conversación entre un pañuelo de tela y uno desechable, hace una crítica a esta época en que casi todo es descartable. ¿Consideras que lo durable o estable está cada vez más limitado? ¿Cómo crees que sea el futuro en este sentido?

Esa es una pequeña creación inspirada por esto de la pérdida de un objeto que en un momento tuvo un gran valor en la civilización, en siglos pasados… Los dos pañuelos son útiles. Yo uso los dos (ríe). Los dos cumplen una función. Pero me pareció divertido hacer ese diálogo entre ambos, que cada uno quiere poner en evidencia sus ventajas respecto del otro, cuando los dos tienen su utilidad y su sentido.

 

Otro de los cuentos es un diálogo entre Jeremías y Baruc, en cuyo final este le pregunta al profeta cuál sería la fórmula perfecta para estar en sintonía con Dios y ser un hombre feliz, a lo cual Jeremías responde que es confiar en Yavé y no en el corazón del hombre. ¿Crees que eso puede lograrse con un permanente trabajo espiritual? Personalmente, ¿cómo llevaste tú eso en tu vida?

En mi experiencia personal ese versículo resonó en momentos de problemas; la brújula en esos momentos complicados es tomar el camino de la bendición y no el de la maldición; no seguir las inclinaciones humanas sin preocuparte de las consecuencias. Entonces, Jeremías nos dice que las decisiones que tomemos las tomemos con cuidado, pues esa decisión puede traer consecuencias, las cuales pueden ser maldiciones. Jesús hablaba de la puerta estrecha y de la puerta ancha. El otro es el camino de la bendición: no dejarse llevar por soluciones fáciles sin discernir las consecuencias. Jeremías en eso fue un maestro. Él puso la religiosidad en el interior: ya no debía haber grandes templos, procesiones, liturgias; la relación con Dios debía ser íntima. Y ese versículo viene al caso. Desde el Salmo 1 tienes dos caminos: este o el otro. Y el mejor camino no siempre es el más cómodo.

 

¿Qué piensas sobre el ecumenismo? ¿Cuál es tu opinión sobre las iglesias evangélicas y/o protestantes?

Creo que el ecumenismo existe. Tenemos una sola fe, un solo bautismo. Si un anglicano se pasa a la Iglesia católica, no tiene que bautizarse nuevamente. Y, sobre todo, tenemos un solo Señor Jesucristo. Me gustó mucho el enfoque de Ratzinger en el libro sobre Jesús de Nazaret, en el que habla sobre el capítulo 17 de san Juan y dice que seamos uno. Esta unidad no es necesariamente una unidad administrativa o política, sino una unidad profunda, y mientras esta exista, yo no encuentro muchas diferencias con las confesiones históricas: protestantes, anglicanos, metodistas, etc. Otras cosas son las llamadas sectas evangélicas, con las cuales es más difícil entendernos porque según mi criterio no poseen raíces; no tienen la continuidad apostólica. Para bien o mal, la Iglesia anglicana sí la tiene, porque fueron sacerdotes y obispos de la Iglesia católica que se separaron; pero luego esas personas surgieron como hongos después de la lluvia. Entonces, no tienen raíces, y eso se nota cuando uno trata de hablar con ellos y acercárseles.

Tuve una experiencia cuando llegué a Bolivia. Vivía en El Alto, en el centro Don Bosco. Quisimos dar una imagen o un testimonio a la gente. Ya había muchas iglesias y denominaciones protestantes y evangélicas. Entonces me di el trabajo de visitarlas una por una para invitarlas para hacer una liturgia todos juntos por Navidad. Invitamos a todos nuestros fieles. La idea era que por una vez pudiéramos compartir, tomar un chocolate y cantar u orar, para conocernos y reconocernos en torno a un solo Dios y un solo Jesucristo. Pero solo lo logramos con tres sectas; a los mormones no les dieron permiso y otras iglesias simplemente no se interesaron. Hicimos algo muy sencillo: un canto y una oración. Entonces… es difícil. Algunos son agresivos y piensan que quieres reconvertirlos. Se les metieron algunas ideas de que la Iglesia católica es la antigua Babilonia, algo que no tiene sentido. No se les puede pedir que sean serios en el estudio de la Biblia; hay mucho adoctrinamiento. Y, como en la política, con los fanáticos no se puede razonar.

 

¿Qué dirías que es la Biblia, desde un punto de vista científico-histórico, pero también desde un punto de vista de fe?

La Biblia no es un libro de ciencia, no enseñaremos física con ella. Es un libro de espiritualidad y te acerca a la divinidad y al sentido de la vida y de la historia. Nunca la fe puede ignorar los resultados de la ciencia; no obstante, la ciencia, como hacen algunos científicos arrogantes, tampoco puede atribuirse verdades que no corresponden a su ámbito. A mí me molestaba, cuando era estudiante de secundaria, cuando para demostrar que nuestra fe era la correcta mostraban una lista con científicos y artistas cristianos; luego revisabas bien y te dabas cuenta de que sus vidas no habían sido precisamente muy cristianas. Tal vez tenían certificado de bautismo, pero no eran modelos de fe. Entonces, debemos buscar siempre un sano equilibro entre lo que son la fe y la ciencia. Pueden convivir. En mi vida lo hicieron y nunca me acomplejé de ello. Yo conozco los límites de la ciencia; ella aparentemente explica todo, pero cuando rascas un poco, ella tiene límites. El origen del universo sigue siendo un enigma, ¿no? Uno trata de explicar algunas cosas, pero muchos porqués no se saben o no podemos explicarlos y a veces explicamos ciertos mecanismos y lo complicamos todo mucho más. Cuando uno quiere ser reductivo, se da cuenta al final de que no va a ningún lado. Puedes lanzar la pelota hacia adelante, pero llegarás a algún momento en que tendrás que buscar la respuesta más allá de la ciencia.

 

En el comienzo del libro dices que el columnismo fue parte fundamental de tu vida. ¿Cómo sueles escribir tus artículos? ¿Cómo eliges temas y en qué horarios escribes?

No hay una sola manera. A veces lees algo, como un tuit, y te sale una idea para un artículo, o también puede ser en una conversación. Como escribo cada 15 días, tengo tiempo para pensarlo. De hecho, siempre tengo un tema atrasado y escojo entre varios. Normalmente duermo poco, me despierto entre las 4 y las 5 de la mañana. Antes de levantarme de la cama me vienen algunas ideas, me levanto, voy a la computadora y comienzo a escribir. Muchas veces me pasa que, en las homilías de las misas, como me suelo aburrir en ellas (ríe), me viene alguna idea, a partir de una provocación; eso también se llama inspiración, en el sentido etimológico. Trato de balancear: temas de hidrocarburos con temas humanísticos. Tuve un amigo columnista que escribía sobre agua cada semana; era monotemático: el agua con la vida, la distribución del agua, la purificación del agua, etc., y apellidaba Arroyo (ríe). Yo trato de estar en las antípodas de eso, pues me propuse ver varios aspectos de la vida, todo lo que me llama la atención; tengo columnas, como viste, que vienen de la vida misma, de episodios que uno sufrió o conoce, y que entran en la mente y en el corazón, tienen un espacio; la única manera de sacarlos es escribiéndolos. Una vez que lo hiciste, te liberaste. Hubo columnas que las tuve un mes en la mente y no podía estar tranquilo, pero las escribí y me liberé. Otras veces escribo sobre temas científicos, pero también sobre hidrocarburos y las energías, o sobre la vida y la ética o sobre la Biblia y la religión. Son 26 años de columnista y escribo unas 20 por año. No escribo largo, pues la gente se cansa rápido. Lo que quieres decir, lo puedes decir en una página. Aunque también escribo algunas crónicas sobre viajes o experiencias personales, y esos textos sí necesitan un poco más espacio.

Escribí un libro de antología junto con Gonzalo Mendieta y Daniela Murialdo, que se publicó en 2017 y que titulaba Tres tercas teclas. Desde el 17 hasta hoy pasaron varios años y ahora tengo una buena cantidad de columnas que, ordenadas, podrían publicarse, como aquellas que giran sobre la crisis de hidrocarburos. Hay columnas demasiado circunstanciales y que generalmente son las políticas. Hay otras que son universales o atemporales y se pueden leer en todo momento. Así que haré un esfuerzo estos meses que vienen para hacer un texto de antología de columnas escogidas, sacando las más relevantes. Creo que podría ser útil, ¿no?

 

¿Qué le dirías a una persona que desea interiorizarse por primera vez en la Biblia? ¿Qué consejo le darías? ¿Cómo o por dónde la debería empezar a leer?

Yo le aconsejaría no ponerse límites, si es que quiere leerla toda. Sin embargo, le aconsejaría comenzar por los Evangelios, tal vez por el de Marcos, que es el más sencillo, y que luego lo compare con el de Mateo y Lucas, viendo las diferencias y las añadiduras, y que luego, cuando tenga una fe más madura, entre al de Juan, que creo que fue escrito más para presbíteros, o sea gente que dirigía las comunidades y tenía una comprensión más profunda. Con ellos bien leídos y comprendidos, uno empieza a ver todas las referencias que hay sobre la historia de salvación, la historia de Israel, los profetas y la ley. Hay muchas expresiones y conceptos que aparecen en el Nuevo Testamento que vienen del Antiguo Testamento. El mismo concepto de Redención está ligado a un culto, en el que el macho cabrío era sacrificado por los pecados de un pueblo; entonces, es una metáfora de la Salvación.

No es recomendable comenzar por el Génesis. A veces hay el error de creer que la Biblia se escribió de una manera continua en el tiempo. El Génesis se escribió volviendo del exilio de Babilonia y ahí estaban estos mitos que ellos conocieron de la cultura mesopotámica. Si ellos explican como comenzó el mundo, problema que nunca habían tenido los judíos, ¿cuál sería nuestra explicación? La única explicación es que Dios creó todo sin ayuda de nadie, con su palabra, y eso es el Génesis… en siete días, para llegar al sábado y encajar la historia naturalista del mundo con la esencia o identidad del pueblo, que es el descanso del sábado. Parecería que fue escrito para santificar el sábado.

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