sábado 4 de abril de 2026

Historias

Cuando el gran Giuseppe Meazza se quedó sin pantalones en Francia

Una semifinal decidida, un avión al que nadie se subió, el primer catenaccio de la historia y el elástico de unos pantalones. El partido entre Brasil e Italia en la Copa Mundial de la FIFA 1938 forma parte de la mitología del fútbol.
Giuseppe Meazza recibe la Copa Jules Rimet después de que Italia se coronó campeón. Foto FIFA
Giuseppe Meazza recibe la Copa Jules Rimet después de que Italia se coronó campeón. Foto FIFA

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Los italianos llegaron a la final del Mundial de 1938 en tren. Mucho antes de saber si pasaría al partido decisivo, Brasil había reservado el único avión que cubriría el trayecto de Marsella a París, la capital de Francia.

Giogio Vaccaro, presidente de la Federación Italiana de Fútbol, obligó a su seleccionador, Vittorio Pozzo, a que se presentara en la concentración brasileña, en La Ciotat, unos días antes del encuentro de semifinales para pedir a los delegados que le vendieran los billetes si Brasil perdía, pero no hubo manera de convencerlos. "Lo sentimos, pero a París iremos nosotros", le respondió Carlos Volante, el argentino que había jugado en la Serie A y que en aquel Mundial era intérprete de los brasileños. "¿Lo tienen tan claro?", espetó Pozzo. "Por supuesto", apostilló Volante.

El seleccionador utilizó aquella conversación para motivar a los suyos, que habían ganado un partido muy trabajado contra Noruega y derrotado a Francia con honores gracias a los extremos Colaussi y Biavati, el inventor de un regate: la bicicleta. Por suerte, en el fútbol nada se puede tener tan claro, como demostró la semifinal contra Brasil.

La Seleção venía de enfrentarse a Checoslovaquia en dos encuentros extenuantes y, ya fuera por soberbia o por el cansancio del jugador, el seleccionador Pimenta dejó en el banquillo al fenómeno Leonidas, quien a la postre se proclamó máximo goleador de aquella edición con siete goles.

"En mi opinión, el partido contra Brasil fue el más fácil del Mundial", declaró Giuseppe Meazza. Posiblemente, esa sensación de comodidad hizo que Pozzo pidiera a los extremos que ayudaran en defensa y, a continuación, subieran a toda velocidad por sus carriles. "Los brasileños no tienen ningún sentido táctico —le aseguró Giampiero Combi, exportero de Italia en 1934, que se convirtió en observador del seleccionador y, como tal, había analizado el juego que había desplegado Brasil contra Checoslovaquia—. Dejemos que lleguen a puerta y los batiremos al contragolpe". De esta manera, nacieron el catenaccio y el contraataque. La táctica funcionó a las mil maravillas.

 

 

El momento polémico

Precisamente en dos contras, Italia anotó dos tantos, después de haber dejado que Brasil se confiara con su juego en el área. Sentenció el encuentro un gol del legendario Giuseppe "Peppino" Meazza, el encargado de lanzar el penal que había cometido Domingos contra un desencadenado Silvio Piola. En Marsella, ante 35 000 espectadores, Meazza tomó carrerilla y, cuando estaba muy cerca del balón, se le rompió el elástico de los pantalones.

Meazza dudó un instante entre recular o hacer el ridículo en calzoncillos a la vista del mundo. Pero la genialidad del jugador de 28 años quedó patente en el momento justo: "He tirado el penal agarrándome el pantalón con una mano". Logró superar el trago porque se sujetó los pantalones con la mano derecha, disparó de esta guisa y acertó el tiro. Sin embargo, las crónicas de la época cuentan que sus compañeros le vieron los calzoncillos cuando se le cayeron los pantalones. Como no hay pruebas que respalden estas versiones, la veracidad de este episodio forma parte de la leyenda y del imaginario colectivo.

La única verdad es que a Giuseppe Meazza se le bajaban a menudo los pantalones, como cantaba Gilberto Mazzi en 1939 en La donzalletta, una curiosa e irónica versión deportiva de El sábado de la aldea de Giacomo Leopardi.

"La damisela regresa al pueblo leyendo la Gazzetta dello Sport y, como todas las muchachas, está loca por Meazza, que mete goles a ritmo de foxtrot".

En la final, Italia se impuso a Hungría. Meazza regresó a Milán convertido en campeón del mundo. A su llegada a la estación central, lo esperaban 20 000 personas. Después explicaría que, en aquel momento, se dio cuenta de que se había hecho famoso.