domingo 19 de abril de 2026

Lima y esas otras murallas

Las murallas de Lima no desaparecieron: se transformaron. Ya no son de piedra ni de concreto, sino de datos, encuadres y expectativas.

Al revisar el mapa electoral de las elecciones generales del Perú tuve una suerte de déjà vu. Y claro, al explorar en mi memoria, aparecieron similitudes inquietantes entre las elecciones de 2021 y las de este año. Inevitablemente, pensé en las murallas de Lima, pero esta vez no como estructuras visibles, sino como una tecnología discursiva más sofisticada, menos evidente. Era otro tipo de muralla, sostenida por algo que no pude identificar con claridad en ese momento. Luego de una taza de café silenciosa, la respuesta apareció casi sola: las encuestas de intención de voto. Vamos por partes.

Lima es una ciudad que, en su memoria, arrastra una extraña familiaridad con los muros. Desde la colonia, cuando la muralla que bordeaba la ciudad se justificaba como defensa ante saqueos o la potencial irrupción de piratas. Estas murallas también estaban presentes al interior de la ciudad, se levantaban como otra frontera denominada  entonces “el cercado de indios”. Incluso hasta hace unos años se podían ver las llamadas “murallas de la vergüenza”, destinadas a separar barrios opulentos de zonas empobrecidas.

 

Volvamos al asunto electoral. Le decía que pensaba en las encuestas. ¿Recuerda cómo tuvimos que atestiguar los resultados de las elecciones presidenciales bolivianas para internalizar que las tan glorificadas encuestas de intención de voto no son, en sentido estricto, reales?que más bien, funcionan como productoras de elecciones con apariencia de medición y, como en toda lógica de mercado, quien paga no solo aparece: también ocupa un lugar privilegiado en la escena.

Así, contra todo lo que suele asumirse, las encuestas no están diseñadas para medir el clima electoral como un termómetro neutral. Su función es otra: alentar el debate, posicionar actores, ordenar la conversación pública. Es decir, su objetivo es, ante todo, performativo. A esto se suma un límite estructural: no logran leer ni traducir la deseabilidad social ni los silencios. Además, lejos de ser inofensivas, diversos estudios en esta materia coinciden en que las encuestas influyen en el votante; negarlo sería desconocer la potencia narrativa que adquieren en su articulación con los medios. Sería ignorar el efecto bandwagon —votar por quien aparece como ganador— o el efecto underdog —inclinarse por quien va perdiendo—, sin olvidar esa puesta en escena mediática recurrente donde las elecciones se narran como una carrera.

Entonces, el asunto de las encuestas electorales no se limita a lo nacional boliviano, si usted observa el mapa electoral peruano del año 2021 y lo contrasta con el de esta semana, notará la singularidad del voto limeño, tan distante del resto del país. En estas elecciones, el mapa posiciona en la capital al candidato de derecha Rafael López Aliaga —el llamado “Trump peruano de gorra celeste”—, mientras que en las provincias se expresan tensiones distintas, donde disputan el espacio Keiko Fujimori y Roberto Sánchez.

Al respecto, al menos dos de tres de las principales encuestadoras peruanas sostenían hasta inicios de abril que López Aliaga ocuparía el segundo o tercer lugar, incluso con picos cercanos al primer puesto registrados en el mes de febrero. Sin embargo, el mapa electoral oficial de esta semana termina limitando su fuerza prácticamente a Lima. Si leemos esto en clave de psicología política, podríamos decir que el outsider no emerge espontáneamente: se construye. Es en ese proceso de las encuestas donde se consolida una ilusión de representatividad, además anclada en el centro, Lima.

Así se levantan nuevas murallas: no delimitan territorios físicos, pero sí organizan la mirada, jerarquizan la relevancia y subordinan al resto del país sin negarlo explícitamente.Desde ahí, resulta evidente que la ley no alcanza para regular el comportamiento de estos dispositivos. Tal vez sea más eficaz que los órganos electorales sensibilicen al electorado sobre el alcance y el engranaje mediático de las encuestas, para así desmitificar el supuesto carácter neutral de su “método”. Mientras tanto, como electorado, toca preguntarse por las motivaciones del voto: si responden a convicciones propias o si están guiadas por números, por narrativas mediáticas, por cansancio, apatía o incluso por estos tiempos de recesión cognitiva que atraviesan nuestras decisiones y nuestras vidas.

Las murallas de Lima no desaparecieron: se transformaron. Ya no son de piedra ni de concreto, sino de datos, encuadres y expectativas. No separan la ciudad, pero sí buscan organizar el país, sin embargo, a pesar de todo esto que es tan complejo, todavía es posible observar que prevalece en algo cierta rebeldía en un país que desde hace mucho interpela leerse exclusivamente desde un centro.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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