martes 7 de julio de 2026

La Tribuna

El Mundial donde nosotros también envejecimos

Durante veinte años discutimos quién era el mejor: si Cristiano o Messi, si Neymar alcanzaría la cima, si esta generación era irrepetible. Sin darnos cuenta, el fútbol seguía avanzando mientras nosotros creíamos que ellos siempre estarían allí.
martes 07 de julio de 2026

Hay derrotas que no se explican con un marcador.

Esta ha sido la semana en la que el Mundial comenzó a despedir a una generación que nos hizo amar el fútbol. No porque todos hayan anunciado su retiro. No porque alguno haya dicho “hasta aquí”. Sino porque, por primera vez, sentimos que el tiempo también juega… y siempre termina ganando.

Las cámaras, como pocas veces, dejaron de perseguir el balón para buscar los rostros.

El de Neymar fue uno de ellos. No hizo falta una declaración. Sus ojos hablaban por él. Había tristeza, impotencia y, quizás, la certeza de que las oportunidades ya no son infinitas cuando el calendario empieza a pesar más que las piernas.

Y unas horas después apareció otra imagen que difícilmente olvidaremos.

Cristiano Ronaldo caminó lentamente por el césped. Miró una y otra vez las tribunas. No parecía estar observando al público; parecía intentar memorizarlo. Como quien quiere guardar una fotografía para siempre. Como quien entiende que tal vez ese estadio, ese ambiente y ese Mundial no volverán a repetirse.

Las lágrimas del “Bicho” no fueron únicamente por una derrota. Fueron las lágrimas de un hombre que durante casi dos décadas desafió al tiempo y que, por primera vez, pareció aceptar que hasta los gigantes tienen un último capítulo.

Y la lista se sintió en estos últimos días. Allí están Guillermo Ochoa, el arquero mexicano que convirtió cada Mundial en un escenario para sus atajadas imposibles; Luka Modric, el genio croata que enseñó que la elegancia también puede gobernar un mediocampo; Thomas Müller, el futbolista irrepetible que hizo del oportunismo un arte y dejó una huella imborrable con Alemania. Junto a Neymar y Cristiano Ronaldo, forman parte de una generación que marcó una era y cuya ausencia comenzará a sentirse mucho antes del próximo Mundial.

Mientras tanto, el torneo seguía escribiendo su propia revolución. Brasil cayó ante Noruega. Alemania fue eliminada por Paraguay. Los Países Bajos fueron superados por Marruecos. Los favoritos comenzaron a despedirse uno tras otro.

Pero quizá la noticia no sea que los grandes pierden.

La verdadera noticia es que quienes parecían eternos empiezan a marcharse.

Durante veinte años discutimos quién era el mejor: si Cristiano o Messi, si Neymar alcanzaría la cima, si esta generación era irrepetible. Sin darnos cuenta, el fútbol seguía avanzando mientras nosotros creíamos que ellos siempre estarían allí.

Hoy aparecen nuevas figuras, nuevas selecciones y nuevos héroes. Es la ley natural del deporte. El Mundial no espera a nadie. Cada cuatro años renueva sus protagonistas y obliga a aceptar que ninguna gloria es permanente.

Y entonces comprendemos que no solo envejecen los futbolistas.

También envejecen nuestros recuerdos.

Porque cuando Cristiano levanta la vista para mirar una última vez las tribunas, muchos de nosotros también estamos mirando hacia atrás. Recordamos dónde vimos su primer Mundial, el primer gol de Neymar, las interminables discusiones en un café, las noches frente al televisor con nuestros hijos pequeños o con nuestros padres.

Ellos se despiden de las canchas.

Nosotros nos despedimos de una parte de nuestra vida.

Quizá por eso este Mundial duele un poco más.

Porque no solo está cambiando el fútbol.

También está terminando una época que creíamos eterna.