viernes 18 de septiembre de 2026

La espada en la palabra

La gracia no es cruce de datos (la fe en tiempos de silicio)

Las respuestas de la IA, aparentemente perfectas y que son el resultado del cruce masivo de versículos, interpretaciones y testimonios, sigue siendo inferior a una respuesta humana que nace del amor, la proximidad e, incluso, del error y la vulnerabilidad.
viernes 18 de septiembre de 2026

La IA es un fenómeno que va preocupando a muchos líderes religiosos y siendo objeto de profundas reflexiones no solo para la Iglesia católica, sino también para otras religiones en el mundo.

¿Qué pasa cuando la IA ingresa en el mundo de la salud mental y, sobre todo, en el de la espiritualidad y la religión? En Japón, por ejemplo, ya existe un monje robot que fue entrenado con las escrituras budistas para que, interactuando en tiempo real y respondiendo a preguntas complejas, ayude a los practicantes. Dicen que se lo creó por la escasez de monjes humanos en aquel país, debido al acelerado envejecimiento de su población.

Y para el mundo cristiano ya existe un Jesús virtual que ofrece consejos y reflexiones mediante llamadas de pago. Así, quien necesita sermones del Mesías y tiene la posibilidad de pagar, se suscribe y luego ve en la pantalla de su teléfono a un Jesucristo virtual, cuyos labios se mueven como si fuera de carne y hueso, lo escucha y le habla. Pero sin ir demasiado lejos, la IA está también presente en la interpretación de versículos, en la catequesis, en la evangelización, en la preparación de prédicas, en los devocionales o en la asistencia espiritual que los creyentes atribulados requieren en su día a día.

En su última carta encíclica, el papa ya advirtió sobre los peligros que un uso irresponsable de la IA pueda suponer en la vida del creyente. Estos peligros se basan sobre todo en, para decirlo de alguna manera, la deshumanización que la IA provoca en la enseñanza bíblica, la prédica, la evangelización o incluso la oración. Como se sabe, la IA funciona cruzando datos almacenados en la nube, pero además con un sesgo que opera en función de las preferencias, convenciones o conveniencias (en el sentido más superficial que se les pueda dar a estas palabras) de quien la usa o consulta.

Herramientas como los chatbots teológicos permiten a los jóvenes hacer preguntas peliagudas sobre moralidad o sexualidad a las 3:00 a.m., sin que nadie lo sepa, sin que nadie murmure por tales preguntas. Una IA puede diseñar un plan de meditación o seleccionar lecturas bíblicas adaptadas exactamente al estado de ánimo o al problema específico que el usuario está reportando en ese segundo. Por si fuera poco, una IA puede explicar complicados conceptos teológicos utilizando analogías modernas o el lenguaje cotidiano, haciendo que los textos sagrados vuelvan a ser relevantes.

Pero la diferencia entre usar IA y personas de carne y hueso para este tipo de necesidades humanas se basa fundamentalmente en la conciencia, es decir, en la capacidad que tiene el ser humano de saber que sabe, de entender las circunstancias tal vez no tan rápidamente ni con tantos datos como la IA, pero sí de una manera más “profunda”, orgánica y empática. Ahora bien, en un entorno cada vez más artificial y automatizado, es improbable que la IA deje de estar presente en el mundo de la religión, como es improbable que salga del de la educación, el deporte o las finanzas. Sin embargo, haciendo algo de esfuerzo consciente para resistir, el devoto o creyente todavía puede oponer una sana resistencia a la intrusión de los ordenadores en una esfera cuyo centro es precisamente la esencia humana.

Otra consecuencia no menor del uso imprudente de la IA en la vida religiosa, al menos en el caso del cristianismo, es el eventual el atomismo radical de la comunidad o de la iglesia, como conglomerado de personas que se reúnen, se conocen entre sí y comparten sus aflicciones, testimonios y alegrías. Al quebrarse la comunión comunitaria, el sentido mismo de la Iglesia, su razón de ser o esencia, también se disolverían. Si la gracia divina se transmite a través de seres humanos, ¿qué pasaría si en el futuro, por ejemplo, se delegaran prácticas litúrgicas a un algoritmo de código binario?

El discernimiento del Espíritu no puede compararse con el cruce masivo de datos en fracción de segundos. Las respuestas de la IA, aparentemente perfectas y que son el resultado del cruce masivo de versículos, interpretaciones y testimonios, sigue siendo inferior a una respuesta humana que nace del amor, la proximidad e, incluso, del error y la vulnerabilidad. El sufrimiento, la esperanza y el duelo, e incluso la espera o la lentitud, son también parte del trayecto bien ejecutado; pero eso no lo entiende la fría modernidad, que cada vez acelera más.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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