viernes 18 de septiembre de 2026

Contra viento y marea

Catedrales de aguayo y cristal

No dudo de que, más temprano que tarde, el poder económico del aimara que mudó de clase social pintará la zona sur con esa versátil manera de concebir dicha simbiosis de finanzas, estética chola y chalet sin jardín, desafiando incluso los acabados del Green Tower u otro vanguardista diseño occidental de la 21 o sus adyacentes.
viernes 18 de septiembre de 2026

Viajando en una de las líneas alteñas del teleférico, por encima de los cuatro mil metros de altitud donde el aire escasea y el viento parece condensarse en invisibles trozos que congelan hasta los pensamientos, uno puede concentrarse en la realidad urbana de Bolivia. Por unos minutos es posible desasirse de nuestros cotidianos encuentros visuales con los imponentes rascacielos de las zonas comerciales de La Paz, porque desde una cabina se nos permite ver entre las miles y miles de construcciones de la meseta un solo color dominante: el naranja opaco del ladrillo visto. Al visitante acostumbrado a distintos conceptos arquitectónicos, esta visual le sugiere una ciudad inacabada; una suerte de metáfora de un país que se autopercibe siempre a medio construir.

El cemento plomizo y la arcilla cocida eran el único horizonte posible para el incontenible éxodo de migrantes del campo que buscaban refugio en una ciudad que, climática y sociológicamente, se identificara mejor con sus aspiraciones. Pero abruptamente, desde hace unas dos décadas, la monotonía de ese paisaje se ha visto sacudida por la onda expansiva de una explosión de color, vidrio espejado y orgullo cultural que se rebela contra las leyes de la sobriedad de occidente y contra todos los prejuicios históricos de la sociedad paceña. Hablamos de los cholets.

Así que sobrevolar en las líneas plateada o azul del teleférico y caminar por el suelo firme de sus arterias —salvo por los peligros de inseguridad causados por una descontrolada delincuencia— ya no es recorrer la periferia postergada que narraban las crónicas del pasado siglo. Es, más bien, certificar una vanguardia estética sin ningún precedente, ni siquiera dentro de la cultura predominante en El Alto de La Paz. Y es que, simplemente, y como alguien diría, de la nada, entre dos fachadas faltas de revoque y pintura, emerge un gigante de seis o siete pisos con vidrios templados que reflejan con nitidez el azul eléctrico del cielo andino. Sus paredes exhiben molduras imposibles de describir por escrito y líneas psicodélicas en verdes encendidos, fucsias vibrantes y amarillos intensos, muy al estilo de los patrones geométricos y polícromos de los aguayos que alguna vez sostuvieron a los propietarios atados a las espaldas de sus madres. En la cúspide se erige un chalet clásico con tejados a dos aguas. Eso es modernidad neoandina.

Esa atrevida manera de construir no debe interpretarse como un capricho estético; es, más bien, el reflejo del éxito económico, comercial y cultural de una pujante burguesía aimara que ya no pide disculpas por su prosperidad ni pone a consideración de algún patrón su arrojado emprendimiento. A diferencia de las tradicionales élites de principios del siglo XX —que, con cierta discreción sobre su estatus socioeconómico, imitaron la sobriedad europea en casonas también colosales de San Jorge o del casco viejo de la hoyada—, esta nueva burguesía hace exactamente lo opuesto: grita su fortuna a los cuatro vientos y orna sus edificios con iconografía tiwanakota y algún personaje o elemento extraño a su cultura.

En estos palacetes no hay espacios muertos. Todo responde a un fin financiero perfectamente diseñado. En la planta baja la vida bulle entre galerías comerciales. Arriba se encuentra el imponente salón de eventos, el verdadero templo social del edificio y escenario de prestes y bodas, iluminado por gigantescas lámparas de cristal de roca, sistemas de sonido impecables y luces led. En los pisos superiores se distribuyen los departamentos de arriendo y, finalmente, flotando cerca de las nubes, el chalet privado de los nuevos acaudalados: un espacio para disfrutar en exclusividad, cerca de los achachilas.

Esta corriente arquitectónica, ideada e impulsada por el célebre Freddy Mamani, se difundió tanto que dejó de ser un patrimonio exclusivo de la joven ciudad. En la actualidad, esta forma de encarar la construcción viaja con fuerza y se adapta a la cálida Santa Cruz o a la templada Cochabamba. No dudo de que, más temprano que tarde, el poder económico del aimara que mudó de clase social pintará la zona sur con esa versátil manera de concebir dicha simbiosis de finanzas, estética chola y chalet sin jardín, desafiando incluso los acabados del Green Tower u otro vanguardista diseño occidental de la 21 o sus adyacentes.

Y después de llegar a alguna estación del teleférico y caminar por las veredas invadidas por comerciantes que ya deben estar soñando su propio cholet, uno comprende que la Bolivia real transita por los senderos del emprendimiento privado, lejos del discurso oficial. En tanto la coyuntura se esmera por dividirnos, hay un estrato social alteño que innovó con edificios que no son solamente una acumulación de pisos de concreto y color; son la prueba de concebir la arquitectura como el triunfo de un aimara visionario.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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