lunes 2 de noviembre de 2026

La Tribuna

El silbato en la niebla: más allá del error y la trinchera

Dirigentes, periodistas y público hemos colaborado para crear un clima bélico donde el juez es el chivo expiatorio perfecto para encubrir las falencias propias.

Hablar del arbitraje en el fútbol boliviano se ha vuelto un ejercicio de alta tensión. Cada fin de semana asistimos al mismo ritual de siempre: polémicas, recusaciones encendidas, reclamos airados desde los banquillos y un coro ensordecedor de críticas —muchas de ellas descarnadas y desmedidas— que caen sobre quienes portan el silbato. Frente a este panorama, las autoridades deportivas suelen optar por el caparazón: blindar a sus miembros, mantener rankings y sanciones bajo siete llaves y querer cerrar las puertas a las conferencias de prensa.

En parte, se comprende el reflejo defensivo. La crítica en nuestro medio suele ser cruel y personalizada. Sin embargo, atrincherarse no resuelve nada; solo convierte a nuestro balompié en una tierra de nadie donde la sospecha se vuelve ley.

Y es aquí donde nos equivocamos de enfoque. Nos pasamos el tiempo discutiendo el milímetro de una jugada en la pantalla del VAR, pero rara vez nos detenemos a mirar la sala de máquinas del problema: ¿Cómo se forman los árbitros en Bolivia?

Existe una distancia abismal entre capacitar y formar. Se anuncian cursos constantes, pero la formación de un juez de cancha es un proceso integral que exige vocación, aptitudes humanas claramente direccionadas y, sobre todo, condiciones dignas. No se puede exigir ecuanimidad y perfección a un ser humano expuesto jornada tras jornada a la intemperie institucional, con un sistema tecnológico que a menudo lo deja solo frente al cadalso y sin el acompañamiento psicológico necesario para soportar la presión de un estadio colapsado.

Se habla pomposamente de «profesionalización», pero los pasos reales son una sombra difusa. Mientras las evaluaciones sigan siendo secretas y los planes de carrera brillen por su ausencia, seguiremos navegando a ciegas. Traer árbitros de afuera cuando la tormenta arrecia es apenas una curita de emergencia, una salida insostenible que no soluciona nuestra anemia estructural.

 

 

Por otro lado —y como creyente convencido de que la fe no está peleada con el pensamiento crítico—, debemos sacudirnos de encima la peligrosa narrativa que hemos alimentado durante años: ver al árbitro como el enemigo. Dirigentes, periodistas y público hemos colaborado para crear un clima bélico donde el juez es el chivo expiatorio perfecto para encubrir las falencias propias. Esta división no conduce a ninguna parte.

Por supuesto, pecaríamos de ingenuos si negáramos la existencia de manzanas podridas. Como en cualquier ámbito de la vida humana, existen la corrupción y los “perros del hortelano” que bloquean el recambio generacional por mezquindad. Pero esa realidad debe tratarse como lo que es: una enfermedad. Y a la enfermedad se la combate extirpándola a tiempo, con firmeza y transparencia, antes de que haga metástasis y devore todo el tejido.

El árbitro es un actor principal del espectáculo, no un intruso. Si queremos un fútbol mejor, debemos dejar de exigir milagros a quienes formamos en el abandono. Invertir en su formación real, transparentar los procesos, unificar criterios con rigor, ofrecerles condiciones laborales dignas y tratarlos como seres humanos es el único camino. Dejemos de mirar el partido desde la trinchera del insulto; empecemos a construir, con pasos concretos, el arbitraje que el futuro del país exige.