jueves 8 de octubre de 2026

Con los pies en la tierra

Washington al rescate de Rodrigo Paz

La retórica de lucha contra el narcoterrorismo no es más que un caballo de Troya. Y la promesa del gobierno de Paz de que no iba a interferir con la justicia en el caso Cerimedo vale menos que un billete falso.

Cuando más necesitaba una demostración de fuerza, Rodrigo Paz hizo algo insólito incluso para la política latinoamericana: detener al fiscal general Roger Mariaca sin una orden judicial. Desplegó un comando policial de élite para sorprenderlo antes de que traspasara la puerta de la aeronave que acababa de aterrizar en Viru Viru. Un proceder ajeno al estado de derecho; un acto medieval que trastoca el tablero del poder.

En cuestión de horas, un gobierno acorralado por denuncias de corrupción, amenazas de convulsión social y una caída en picada en las encuestas recuperó el aliento y se puso de pie, exhibiendo una musculatura desconocida. En un giro que varios politólogos habían desahuciado, pasó de la defensiva a proyectar una imagen de autoridad renovada. Una versión más segura, agresiva y autoritaria. Algo había cambiado, sin duda, pero ¿qué, exactamente?

Las pistas que deja el operativo apuntan a una explicación que gana terreno. No fue el gobierno el que cambió, sino el contexto y las circunstancias. Lo nuevo es la injerencia directa y abierta del gobierno de Trump. La torpeza de los hechos delata su origen.

La ejecución del plan arrancó al día siguiente del regreso del presidente de la cumbre de Nueva York. El 28 de septiembre, Washington revocó las visas de los fiscales Mariaca, Zeballos, Irusta y otros. Dos días después, la policía tomó el aeropuerto de Viru Viru. Esa misma noche, se filtró el video de Marset. El 2 de octubre, la embajada de Estados Unidos siguió de cerca el debate parlamentario. Estaban monitoreando el tratamiento de la Ley 1773 que lleva la marca distintiva del “lawfare”, esa estrategia probada con éxito en otros países de la región para instrumentalizar el sistema judicial con fines políticos. Marco Rubio celebró lo sucedido y lo calificó como una muestra de “liderazgo necesario”.

Trump tendió la mano a Rodrigo Paz cuando estaba al borde del abismo, justo cuando su desgaste imparable amenazaba con estorbar los planes del presidente norteamericano de retomar el control de lo que considera su “patio trasero”. Cada día que pasaba, crecían las probabilidades de que los gobiernos no alineados se recompusieran, de modo que Paz se convirtió en un peón demasiado valioso como para dejarlo caer en desgracia.

Estados Unidos no intervino por afinidad ideológica, sino por necesidad geopolítica. De hecho, Trump dudó por varios meses porque, dentro del Escudo de las Américas, el mandatario boliviano es visto como un outsider sin norte político. Ni chicha ni limonada. Es el único arrimado al club de mandatarios de derecha tras haber ganado las elecciones con las banderas de la izquierda que levantó con el mismo entusiasmo con que ahora abraza los postulados del bando opuesto. 

El contraste entre Rodrigo Paz y Donald Trump es más que evidente. Paz no es un hombre de convicciones, sino de circunstancias. Su biografía política está marcada por un oportunismo que cambia al ritmo de la correlación de fuerzas del momento. En una entrevista admitió que abandonó el relato antimasista por cálculos meramente electorales. Por eso, de la mano de Edman Lara, se acercó a las mayorías populares y se alejó circunstancialmente de las clases medias urbanas y de los sectores conservadores. Ya en el poder, pactó con la élite económica. Pero, cuando los bloqueos lo arrinconaron, no vaciló en firmar compromisos para deshacerse de Cerimedo, remover ministros o recortar a la mitad su salario. Centrista, amigo de los pobres, aliado de la derecha y, ahora, protegido de Trump. Su vacío ideológico es su mayor activo.

Por su parte, Donald Trump es un hombre de convicciones. Un político obstinado que no se doblega ante las fuerzas cambiantes del momento. Cuando la moderación no dio los frutos que esperaba, radicalizó su discurso. No retrocedió en su retórica antiinmigrante ni en su apuesta proteccionista. Es el líder y referente de los gobernantes latinoamericanos de derecha dispuestos a secundar en sus planes geopolíticos. Su rigidez ideológica es su capital político.

Aunque se trata de una subordinación solo por conveniencia, el asalto al poder judicial planeado desde afuera está dando resultados, al menos por ahora. La detención de Mariaca es un mensaje con varios destinatarios: desde Evo Morales, que, a pesar de su atrincheramiento forzado, sigue poniendo en apuros al poder, hasta Tuto Quiroga, no alineado del todo con Paz, que creía tener de su lado al ocupante de la Casa Blanca. El mensaje también está dirigido a los fiscales y jueces a cargo de las investigaciones que alcanzan al círculo presidencial. La persecución judicial de líderes sociales se ha reactivado en menos de una semana. El fiscal interino que dijo haber llegado al cargo sin padrinazgos acaba de ponerse a órdenes del Escudo de las Américas. Son golpes directos a quienes exigían apego a la ley y separación de poderes.

Paz necesitaba fuerza y la encontró en Washington. Trump necesitaba un peón y lo encontró en La Paz. No fue una invasión extranjera, pero bastó para instalar un gobierno gobernado. No fue un proceso judicial, pero usó sus formas. La retórica de lucha contra el narcoterrorismo no es más que un caballo de Troya. Y la promesa del gobierno de Paz de que no iba a interferir con la justicia en el caso Cerimedo vale menos que un billete falso.

El mensaje es tan simple como brutal: quien incomode al poder está más que advertido.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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