viernes 30 de octubre de 2026

Puntos de fuga

American visa

Quitarles la visa públicamente genera un rápido impacto mediático, desportilla su reputación y desata toda clase de especulaciones.

 “Al boliviano le gusta hacer fila”, dijo el responsable de Migración a una amiga mía que, con su bebé en brazos, irrumpió en su oficina a media mañana y lo sorprendió devorando un potente relleno de papa. “Es un tema cultural”, sentenció, con aire de antropólogo, mientras se limpiaba con una servilleta el ají que le enrojecía los labios.

Siguiendo a regañadientes esa tradición cultural, fui a las seis de la mañana para renovar los pasaportes de mi familia. Cuando cruzaba la ciclovía, me salieron al encuentro —como los lobos de las novelas de Jack London— varios madrugadores de oficio para venderme su puesto. A pesar de mi rechazo tajante, me acecharon durante varios minutos, con las fauces abiertas, ofreciendo descuentos y planes de pago. Fantaseé con hacer como los personajes de Colmillo Blanco: guarecerme en el centro de un anillo de fuego y lanzarles carbones encendidos para ahuyentarlos.

Días después, viajé a La Paz con mi hijita Luciana para su cita en la Embajada de Estados Unidos. Nos despertamos bien temprano para alistarla siguiendo las minuciosas instrucciones enviadas por mi esposa. Llegamos puntuales a las siete cuarenta y cinco, cargando una carpeta con extractos bancarios, formularios de impuestos, NIT y certificados de trabajo. Nos recibieron funcionarios bolivianos curiosamente eficientes, bien trajeados, que se comunicaban por walkie-talkies como en un thriller hollywoodense.

Nos entrevistaron brevemente en dos ventanillas. Los agentes estadounidenses tenían toda mi información en sus omnipotentes computadoras. Apuesto a que incluso saben en qué fecha se cayó mi primer diente. No me pidieron ningún documento y nos desearon buen viaje.

En cambio, no le fue tan bien al sujeto con cejas depiladas, saco a cuadros, pantalón slim y mocasines sin calcetines —ajenísimos a la topografía y al clima paceño— que estaba delante de mí. Sin que nadie le preguntara, soltó a toda velocidad un discurso memorizado sobre los lugares que quería conocer: Times Square, la Estatua de la Libertad, Wall Street, Chinatown... El entrevistador levantó una ceja, como si dudara entre estamparle el sello de rechazo en el pasaporte o en plena frente. El interesado abandonó la sala visiblemente decepcionado, sin poder disimular el gracioso ruido de sus suelas de goma contra el porcelanato recién trapeado.

Al estilo de un entrenador de fútbol, tuve el impulso de darle una palmada en la espalda y decirle que no se desanimara. Que se puede ser feliz sin comer hamburguesas en la tierra del Pato Donald. Que se puede tener suerte sin tocarle los testículos al Charging Bull. Que el paraíso no está en Macy's de la Séptima Avenida. Pero lo cierto es que la estabilidad emocional de buena parte de nuestra sociedad gira alrededor de la visa americana. La gente la pregona en redes con alegría similar a la del nacimiento del primogénito. La menciona en su currículum, junto a su licenciatura, maestría y diplomados. Viajar a EE.UU. —incluso hacer escala en un aeropuerto— es señal de éxito. Tener una foto familiar con orejas de Mickey y el castillo de Magic Kingdom de fondo, es un hito que se exhibe junto a fotos de bautizos, graduaciones y matrimonios.

Muchas familias conciben el viaje a Disney como una obligación equivalente a inscribir a sus hijos en la escuela o enseñarles a nadar. Es algo que se da por descontado, como una vacuna o la primera comunión. Lo triste es que para ellos EE.UU. es el país de Trump, las Kardashian, el ratón Mickey y el equipo de Messi. Y no el de Hemingway, Miles Davis, Woody Allen o Chomsky. Ese otro país les resulta desconocido, demasiado intelectual —por lo tanto, “zurdo”— y no les interesa. Añoran que nuestro pequeño y revoltoso país sea un aliado de EE.UU. tan estratégico como Israel o Arabia Saudita. Quisieran sentirse partners o, más aún, brothers de los gringos. Salta a la vista que el presidente Paz —“Dios, Patria y familia en Boca Ratón”— es también pasajero de ese crucero de la frivolidad.

Ahora, la administración Trump se permite la travesura de lanzar bombas de harina a polémicos funcionarios de alto rango —y alto tufo— en países dóciles como el nuestro. Quitarles la visa públicamente genera un rápido impacto mediático, desportilla su reputación y desata toda clase de especulaciones. Al instante, sus rivales aprovechan para soltar empalagosos discursos sobre ética y moral, y casi piden que se los lleve al paredón, como si el señalamiento del Sheriff mundial fuera indiscutible e inapelable. Como si la visa americana, más que un documento, fuera una corona o una condena. Como si fuera, en definitiva, un certificado de nuestro valor.

En todo caso, no nos riamos tan alto. Cualquier día, ese Sheriff de moral selectiva podría apuntar hacia nosotros.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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