Innovación
Yozma, el programa de Israel que lo convirtió en una potencia
A pesar de encontrarse en una zona de conflictos constantes, rodeado solo por desiertos, con pocas o nulas relaciones comerciales con sus países vecinos, con carencia de recursos naturales y una población que no alcanza los 10 millones de habitantes, en poco más de 10 años Israel se ha convertido en uno de los países más desarrollados del mundo, con un PIB per cápita mayor al de Alemania, Francia o el Reino Unido, países que en la década de los años 90 duplicaban la renta israelí.
Gracias a la inversión en innovación tecnológica y su capacidad emprendedora, este país ha conseguido, por ejemplo, desarrollar un enorme sector agrícola que exporta frutas y verduras a toda Europa, aplicando una tecnología de modificación de plantas para regarlas con agua salada en sembradíos en medio del desierto.
¿Cómo ha logrado este país dar este gran salto en tan poco tiempo y con tanta efectividad? ¿Cómo pasó de vender naranjas a ser una “starup nation”? Para responder a esta pregunta hay que remontarse a la década de los años 80.
Durante gran parte de su historia del siglo XX, Israel fue un país muy próximo al socialismo, con un Estado que participaba en gran parte de su economía. Entre 1974 y 1986, Israel tenía tasas de inflación constantes que superaban el 30%.
En 1984, la inflación se disparó hasta casi un 400% y superaba a la que experimentó Venezuela en 2015, principalmente por el gran déficit fiscal. En algunos años el gasto público llegó a superar el 75% del PIB, por lo que se disparó la emisión de moneda.
En el país también operaba una importante cantidad de empresas públicas ineficientes, en medio de un estricto control de precios y un sistema financiero desmoronado por la dolarización de facto que experimentaba el país. Pero en los años 90, el país de Oriente Medio realizó un giro de 180 grados de la mano de una figura clave: Shimon Peres, el primer ministro israelí que dio el primer paso para las grandes reformas. Su primer objetivo fue combatir la inflación, bajo un plan que contempló dos acciones principales:
- Establecer un férreo control del gasto (se privatizaron empresas públicas que generaban cuantiosas pérdidas, se congelaron los salarios de los empleados del Estado y se frenó la emisión de moneda nueva). El déficit público de más del 10% pasó a tener un superávit del 2%. El Gobierno dejó de gastar el dinero que no tenía y dejó de imprimir billetes.
- La independencia del Banco Central. En una economía dolarizada en la que solo el 3% de los depósitos bancarios en 1984 eran en shekel, era necesario recuperar la confianza para devolver el valor a la moneda local. Peres estableció que el Banco Central ya no recibiría órdenes de los gobernantes; por ello y poco a poco el uso de la moneda local fue incrementándose: los depósitos en shekel pasaron de un 3% en 1984 al 38% en 2002.
Según un reporte del canal Visual Ecomomic en YouTube, la inflación en la siguiente década se situó entre cero y 2% y la economía creció con incrementos anuales cercanos al 5%. La prosperidad, la calma y la estabilidad habían llegado a Israel.
El programa Yozma
Pero eso no era suficiente. El plan israelí era convertirse en un país innovador, con las tecnologías más avanzadas del mundo. Para lograrlo, debían contar con los mejores científicos e ingenieros y atraer a las empresas más importantes de Occidente y lo hicieron a través del programa Yozma (“iniciativa”, en hebreo), “el milagro tecnológico” que hizo de Israel una potencia.
El sociólogo y cientista político Rafael Quiñones lo explica así en su blog: “En un período en que la economía de Israel dependía desproporcionadamente de los fondos gubernamentales, una iniciativa de capital de riesgo llamada Yozma aprovechó el dinero público para atraer inversiones privadas, transformando al país en un centro mundial de investigación y desarrollo. Entre 1993 y 1998, el Gobierno ofreció entregar el 40% del dinero ofrecido por inversionistas privados en fondos combinados, apoyando a más de 40 empresas. El valor de Yozma aumentó de 100 millones de dólares en 1993 a 250 millones en 1996, y el proyecto se considera un raro ejemplo de éxito de capital de riesgo del Gobierno”.
Lanzado en 1992, es ampliamente reconocido como el catalizador de la industria de capital emprendedor local y el ecosistema de startup. “El Gobierno se percató que existían varias empresas pequeñas y proyectos prometedores que no podían crecer por falta de capital; existía el talento, el ingenio y la habilidad, pero sin la confianza suficiente como para ser exitosos. Por ello el Gobierno decidió invertir fondos públicos en esos proyectos”, detalla.
Quiñones explica que el Gobierno israelí notó que las empresas que habían desarrollado soluciones innovadoras tenían enormes dificultades traduciendo un gran producto en una gran empresa. Por ello investigaron cómo funcionaban otros ecosistemas de capital emprendedor y percibieron que los fondos de capital emprendedor aportaban más que capital: también traían a la mesa valor con sus redes de contactos internacionales y su conocimiento de cómo escalar empresas globalmente.
También se llegó a la conclusión de que Israel debería jugar con las reglas de juego internacionales para tener éxito y que el Estado debería limitarse a crear los incentivos correctos sin involucrarse en la elección, la supervisión y la gestión de las startup. Por eso concibió un programa basado en matching funds para atraer a los jugadores internacionales y locales que con el tiempo conformarían la columna vertebral del ecosistema inversor.
Así, para invertir el dinero público de una manera técnica y no política, se crearon estos fondos de capital de riesgo, que seleccionaron a las empresas jóvenes y con un futuro prometedor, les inyectaron capital y luego recogieron los beneficios.
Visual Ecomomic detalla que cada uno de estos diez fondos que fuera capaz de captar 12 millones procedentes de inversores privados recibiría ocho millones de inversión pública; a cambio, el Gobierno se queda con el 40% de la propiedad, pero lo interesante fue que, en caso de que las inversiones tuvieran éxito, los inversores privados de esos fondos podrían comprar la participación pública, devolviendo al Gobierno el dinero que habían puesto, más un pequeño interés.
Con el crecimiento y desarrollo de estos emprendimientos, el Gobierno recuperó su inversión, de tal forma que finalmente el programa Yozma terminó significando un costo cero para el Estado.
Este proyecto abrió las puertas para que una avalancha de dinero de otros países llegara a Israel para financiar estas empresas.
Como describe Quiñones, el programa disparó el desarrollo de un ecosistema emprendedor con proyección global: El número de startups tecnológicas se multiplicó por 10, pasando aproximadamente de 300 en 1990 a más de tres mil en el año 2000. Además, los fondos de capital emprendedor financiaron a 65 startups que llegaron a cotizar en el NASDAQ entre 1993 y 2000 (frente a solo cuatro antes de 1993).
A día de hoy, Israel ha multiplicado por 20 el número de startups en el país; actualmente, hay más de seis mil operando, siendo el sector más fuerte el de la ciencia y la tecnología. Además, Israel es uno de los países con más registros de patentes del mundo.
Del programa Yozma han surgido empresas como Waze (vendida a Google por 966 millones de dólares, PrimeSense (a Apple por 360 millones) o Trusteer (a IBM por mil millones), entre otras.
Además, varias empresas exitosas, como Check Point Software Technologies, desarrolladora de soluciones de ciberseguridad, o Given Imaging, pionera en cápsulas endoscópicas, recibieron apoyo a través de Yozma en sus etapas iniciales.
¿Una senda para Bolivia?
El economista Jaime Dunn sostiene que el programa Yozma de Israel representa un caso ejemplar de cómo el Estado no-tranca apoya con políticas liberales para catalizar el desarrollo de una economía, en este caso de alta tecnología vibrante y competitivo a nivel mundial. Este enfoque se basa en la confianza en el espíritu emprendedor de la población, aprovechando la capacidad de innovación y la disposición al riesgo de los emprendedores locales.
Al mismo tiempo, dice, reconoce el papel crucial que puede jugar el Estado como facilitador de ecosistemas innovadores, no nacionalizando o poniendo empresas estatales, sino pasando la actividad económica al sector privado, con el apoyo y las condiciones necesarias para que florezcan la creatividad y el emprendimiento. Esta es una forma de apostar a la gente como inversionista-empresaria, en una especie de capitalismo popular.
“La aplicación de un modelo inspirado en Yozma a Bolivia podría representar un camino prometedor hacia la diversificación económica y el desarrollo de sectores como el tecnológico. Para lograrlo, sería esencial adoptar un enfoque que combine la confianza en los emprendedores locales con el soporte estratégico del Estado”, asegura Dunn a Visión 360.
En el tema tecnológico y de pymes, Bolivia podría establecer un fondo similar a Yozma, proporcionando capital semilla y coinversión en startups tecnológicas. Este fondo debería buscar atraer también inversión privada, tanto nacional como internacional, mediante incentivos fiscales y reducción de burocracia.
Es crucial desarrollar un marco legal y regulatorio que facilite la creación y crecimiento de startups, incluyendo la simplificación de procesos para la creación de empresas, protección de la propiedad intelectual y regulaciones claras para inversiones extranjeras y nacionales en el sector tecnológico.
“La adopción de un modelo inspirado en Yozma en Bolivia requeriría un compromiso a largo plazo por parte del Estado, así como una apertura a la adaptación de estas ideas a la realidad socioeconómica boliviana. La clave del éxito radica en encontrar el equilibrio adecuado entre el apoyo estatal y la libertad de mercado, asegurando que el Estado actúe como un facilitador y no como un obstáculo para el emprendimiento y la innovación”, estima Dunn.
La capacidad de innovar
Perspectiva. Más allá del impacto económico, un programa de este tipo enviaría un mensaje poderoso sobre la confianza en la capacidad de los bolivianos para innovar y emprender, reforzando la idea de que el desarrollo tecnológico y económico puede y debe ser inclusivo y participativo, dice el economista Jaime Dunn.
Creador. “No sabíamos de starup e inversión; nuestro papel fue el de catalizador para ayudar a que naciera una industria de gente que sí sabía, apoyados por fondos extranjeros con experiencia”, dijo Yigal Erlich, el creador del programa. “Identificamos las necesidades tras hablar con los actores”.