Pol Colàs: “Todo poder depende de un capital político-simbólico que nace de ciertas prácticas legitimadoras”
Ignacio Vera de Rada/ La Paz
Hace pocas semanas presentó en La Paz su libro La presidencia de José Ballivián: Construcción del Estado e imposición de un proyecto nacional en Bolivia (Plural, 2025) en el Espacio Simón Patiño de Sopocachi. Comenzó estudiando una carrera científica (Biotecnología), pero luego sintió el llamado de las humanidades y se cambió a Historia, donde halló su pasión. Hizo una maestría en Estudios Latinoamericanos y finalmente el doctorado, y hoy se dedica a investigar y dar clases como profesor sustituto en su alma mater, la Universidad de Barcelona. Con solo 31 años, el joven historiador Pol Colàs se lanzó al mundo historiográfico boliviano con una larga investigación (que es su tesis doctoral convertida a libro) sobre la administración presidencial de un personaje decimonónico por demás interesante: José Ballivián. En esta conversación, el joven historiador me habla sobre su libro recientemente presentado y sus preferencias historiográficas.
¿Quién es Pol Colàs y cómo nació su interés por la historia y por la historia boliviana en particular?
Mi interés por la historia, como el de casi todos los que nos dedicamos a esto, viene de la infancia y de la educación que me dieron en casa. Tengo una mamá aficionada a la antropología de los pueblos prehispánicos y un padre que es hijo de su tiempo: que de joven estaba fascinado por temas como la Revolución cubana y otros asuntos latinoamericanos de los 50, 60 y 70… Entonces, yo crecí con eso y varios sucesos de mi vida me llevaron a estudiar Historia en la Universidad de Barcelona. Antes estudié Biotecnología (ríe), pero luego me di cuenta de que mi vocación eran las letras antes que la ciencia. Y en tercer curso del grado conocí a una profesora que sería fundamental para mi desarrollo como historiador, que es Pilar García Jordán, que también es bolivianista. Alrededor de ella fui formándome y pasé a hacer un máster en Estudios Latinoamericanos y luego ya el doctorado, en la misma Universidad de Barcelona.
¿Cuál crees que fue el momento o hecho más importante de tu carrera (como dar clases o escribir un libro)?
Creo que el hecho de presentar este año mi libro en la Fundación Patiño, con Plural Editores, familiares de José Ballivián y bastante público. Fue un momento de un gran orgullo personal; además, creo que el resultado del libro fue óptimo, o en todo caso mejor de lo que esperaba. Digamos que alrededor del libro está lo que considero lo más importante en mi carrera…
Vamos aterrizando en el libro… Me surge la curiosidad de por qué elegiste esta figura decimonónica (José Ballivián) como objeto de investigación…
Hay varios motivos. Como motivo personal, tengo el hecho de haber estudiado a Andrés de Santa Cruz; para la maestría tuve el placer de estudiar la colección de cartas del mariscal de Zepita en su archivo histórico virtual. Pero también sabía que estudiarlo más no me daría tanto porque ya estaba bastante estudiado. Ballivián, en cambio, en términos monográficos, no había sido estudiado de forma científica moderna. Había sido trabajado, sí, pero en textos más descriptivos o de manera tangencial en otros trabajos que no tenían su presidencia como centro de estudio. Entonces, creo que este libro es el primero que se dedica a ello. Y creo que eso ya era suficiente razón para abordarlo, primero en una tesis doctoral y luego un libro, que fue derivación de aquella.
Dijiste que hay ciertos textos que no tienen las características de lo que hoy se considera una historia “científica moderna”. Me pongo a pensar en textos clásicos de hace algunas décadas, pero que tal vez no poseen las características “científicas” que hoy exige la academia. ¿Cuáles serían esas diferencias de estilo de la prosa o de métodos de investigación respecto a las investigaciones actuales?
Creo que muchos textos de lo que sería la “historiografía tradicional”, aunque también muchos modernos, pecan de una excesiva y constante descripción de la fuente, sin dar paso a que el historiador hable e interprete. Si eso pasa, hay una descripción de la fuente, pero no mucho más… Un estudio histórico debe tener cierta interpretación del historiador, estructurada alrededor de una o varias hipótesis, que permita llegar a resultados, y eso muchas veces no se hace.
Eso sería un trabajo demasiado positivista…
Exacto. Y eso no significa que los trabajos positivistas deban ser descartados, pues son útiles, porque nos permiten conocer y acceder a fuentes difíciles de hallar, pero eso no conlleva interpretación, y si la tiene, no es con una mirada neutral o totalmente objetiva.
No obstante, tal vez no haya que ir al otro extremo y escribir un trabajo ensayístico en el que pesen más las interpretaciones que las fuentes…
Correcto. La verdad, y esto lo discutí con varios colegas, creo que el “yo” del historiador debe notarse lo menos posible. Debe haber interpretación, sí, pero una interpretación lógica y sin mucho “yo”. Creo que esa es la base para un buen trabajo de historia.
Imagino que leíste toda la literatura que hallaste sobre José Ballivián. ¿Cuáles fueron los más importantes libros que leíste sobre este personaje?
Hay varios. Tenemos, por ejemplo, el de Carrasco, publicado en Buenos Aires en los años 60, o la clásica biografía de José María Santivañez, publicada a fines del siglo XIX. Considero que esos libros son los más importantes. Aunque, creo que ambos tienen visiones algo adulatorias, sobre todo el de Santivañez, quien fue ballivianista toda la vida. Pero para descubrir la vida del personaje, creo que esos dos son fundamentales. Sin embargo, también se debe leer a los clásicos: Arguedas, René Moreno…
Acudiste a varios archivos en Bolivia. ¿Hubo documentos inéditos que leíste tú por primera vez o que no fueron trabajados antes?
Que yo descubriera… no creo… Todos los documentos ya estaban serializados y correctamente archivados; entonces, todos ya habían sido consultados. Lo que sí: quizás yo llegué a una cantidad de documentos en general sobre un periodo específico a la que no se había llegado; o sea, tal vez fui el primero en llegar a esa conjunción de textos para sistematizarlos y conectarlos en un solo libro. Pero que yo descubriera documentos, no creo… La historiadora Florencia Ballivián me mandó una serie de textos (algunos bastante curiosos) que tal vez ya fueron leídos por otros, pero probablemente fui yo el primero en estudiarlos a fondo.
En tu libro dices que tu investigación trata de “romper con el relato sobre el ‘incuestionable’ mal gobierno, la ‘perfidia’ y el personalismo de los gobernantes (llamados caudillos) bolivianos formado por la historiografía tradicional del país, que vio en ese periodo una desviación de los cánones históricos liberales…”. En suma, que, como hacen las investigaciones de Marta Irurozqui o Françoise Martines, trata de romper con el relato de que Bolivia es un Estado fallido. ¿No crees que haciendo eso hay el peligro de relativizar acciones mal ejecutadas o de caer en un buenismo historiográfico?
Pienso que como historiador no puedo decir si algo es bueno o malo. Me interesa saber lo que pasó y los resultados de ello. Pero sí creo que el pensamiento actual boliviano está muy influenciado todavía por el discurso del caudillismo en general. Creo que los trabajos de las historiadoras que citaste están luchando con ese discurso, pero no necesariamente para que se vea que el pasado fue bueno, porque no lo fue necesariamente. El discurso del caudillismo bebe de intereses claros, que fueron los de la intelectualidad y la oligarquía, que quisieron imponer un proyecto de país concreto. Ellos se fundamentaron en el poder a través de la demonización del pasado; eso se fosilizó en el discurso y no cambió quizás hasta Marta Irurozqui. Entonces, quienes venimos a partir de ella intentamos argumentar por qué fue ese discurso caudillista, no porque creamos que el pasado fue mejor de lo que se dijo, sino porque creemos que hay ciertos aspectos de la historia de Bolivia que se falsearon o distorsionaron. Ver el siglo XIX como un episodio con señores con armas y poder y con los demás que les rendían pleitesía y había golpes de Estado, etc.… todo es bastante más complicado que eso. Lo que se busca es complejizar la explicación de la época.
¿Cuáles crees que son los motivos por los cuales ciertos países como Bolivia, Ecuador o Perú, tuvieron desarrollos mucho más tormentosos que otros países como Uruguay o Chile?
Considero que se debe a la imposición de un proyecto nacional en concreto. El caso de Chile es patente. Allí, en su independencia, no hubo poderes locales capaces de cuestionar la preeminencia en el poder de las dirigencias de Santiago y Valparaíso. Entonces se impone un proyecto y nadie lo movió hasta prácticamente la Guerra del Pacífico. Se trata de un Estado estable, aunque en continua construcción, durante todo el siglo XIX. Todos querían y buscaban más o menos lo mismo, el mismo proyecto. En Bolivia, en cambio, eso tardó más, tal vez más que en muchos países de América Latina. El grupo dirigente lo suficientemente fuerte como para arrastrar a los demás a su proyecto era prácticamente inexistente.
En el libro dices que hay “ciertas relecturas legitimadoras del pasado por parte de un nuevo orden político que justifican la naturaleza refundadora mediante la destrucción histórica del pasado anterior”. ¿Crees que el Estado Plurinacional se debe a una relectura política e intencionada del pasado?
Sí, claro. Todo poder depende de un capital político-simbólico, que nace de ciertas prácticas legitimadoras para ejercerlo, y esas prácticas legitimadoras, tengan o no razón, suelen provenir de la destrucción inmediata del pasado. Eso pasa también en la actualidad, y lo más posible es que pase en el futuro, si es que el Estado Plurinacional deja de existir.
Cuando uno escribe un libro, sea una novela o uno de historia, el autor puede “enamorarse” u “odiar” a los personajes principales, tener una “relación” que va más allá de lo racional. En este sentido, ¿cuál fue tu “relación” con Ballivián?
La verdad, me costó establecer una “relación” directa con Ballivián. Desde el momento tuve claro que escribiría un libro sobre la presidencia de Ballivián, y no sobre él como persona. Entonces, los documentos que consultaba eran informes de burócratas (cartas de ministerios, correspondencia interna, informes de un departamento o de otro). Tuve “relación” más con sus ministros que con él. La relación que tuve con él se dio más a partir de las cartas que me proporcionó Florencia Ballivián, las cuales me dieron a entender que era un personaje peculiar, como, supongo, todo hombre con poder y soldado en esa época: una relación un poco turbia con su mujer, discusiones constantes, mujeres de otra procedencia, enemistades, su enemistad con Belzu, Santa Cruz como su padrino… Como personaje, es ciertamente alguien curioso que merecería una biografía, pero no sé si pueda trabajar en ello. Me costó en ese sentido establecer una “relación”, pero aun así le tengo cariño como personaje histórico (ríe).
Tuvo una vida bastante novelesca…
Exactamente. Hay un episodio en que se escapó por el tejado de una casa porque estaba en con la mujer de Belzu (Gorriti) en su alcoba (ríe).
¿Qué obstáculos enfrentaste en la investigación o en la redacción del trabajo?
Tuve suerte. En materia archivística, Bolivia es un país increíble y los bolivianos a los que les cuento esto no lo creen. Estuve en varios archivos del mundo y en ninguno me trataron como me trataron en los archivos bolivianos; te ayudan con todo y es fácil encontrar las fuentes que requieres, pues están perfectamente catalogadas. Las dificultades que tuve tienen más que ver con la situación del día a día. Mi segundo viaje fue en 2019… en octubre y noviembre, durante los problemas políticos de ese año. Entonces cerraron el archivo y estuve en una especie de vacaciones forzadas en Sucre. Fuera de eso, todo fue una agradable experiencia. En lo que concierne a la escritura, también tuve “suerte”, por la pandemia… que me dejó escribir sin parar. Buena parte del trabajo, que es mi tesis doctoral, que luego, entre 2023 y 2024 lo pasé a un formato libro, nació en ese periodo.
¿Quién te financió los viajes para realizar la investigación? ¿Era una cuestión de la universidad o solo tuya?
Los dos viajes que hice a Bolivia (uno en 2018 y otro en 2019) para hacer la investigación me los pagué yo; es decir, me ayudaron mis papás, pues yo tenía un trabajo, pero este no daba para tanto. Los siguientes viajes que hice ya fueron pagados por proyectos de investigación de España. En septiembre de 2018 comencé la tesis doctoral y mi tutora, Pilar, me dijo que irían con todo el grupo de investigación a Bolivia ese mismo octubre, y me dijo si quería acompañarlos, pero que debía pagarme el viaje. Les dije que sí, pidiendo ayuda a mis padres, claro, porque creía que era necesario para iniciar el doctorado. Después, cuando vi todo lo que había en los archivos, supe que debía regresar por lo menos una vez más. Y así lo hice, pagándome todo, pues no recibí una beca predoctoral hasta 2021. Entonces, del 18 al 21 tuve que estar en otros trabajos para sobrevivir; a partir del 21 ya pude recién acceder a financiación, aunque los documentos consultados ya los tenía (ríe). Entonces me dedique a escribir artículos y a algunas otras actividades.
En los archivos de Bolivia, ¿se te permitía tomar fotografías o fotocopias?
Eso depende de cada archivo. En el Archivo Nacional no se puede. Tienes que pedir reprografías que se deben pagar, y lo entiendo, pues es una manera de financiar la institución. En otros sí se podía tomar fotos. Es toda una logística (ríe); yo me hacía mis bases de datos en Word (otros lo hacen en Excel, pero yo soy un poco anticuado en eso). Si el documento era interesante, lo resumía; si era muy interesante, lo copiaba; si era extremadamente interesante y además largo, pedía una reprografía. Ese era mi “modus operandi” en los archivos.
Una pregunta de fondo. ¿Cuál crees que fue el aporte principal, en lo social, económico, político o en la política exterior, más allá de la batalla de Ingavi, de José Ballivián en su administración?
Creo que hay varios. Si hablamos de un aporte duradero en el tiempo, creo que es la reforma educativa. La reforma educativa de Tomás Frías se impone durante buena parte del siglo XIX. Sin embargo, considero que, aunque una reforma no tuviera continuidad después de esta presidencia o de la presidencia que sea, la reforma ya existió, crea precedente y forma parte del entramado del Estado, aunque luego no se le dé más atención. En ese sentido, creo que la reforma militar es fundamental. El hecho de intentar adecuar el número de militares respecto al presupuesto que tenía Bolivia (el Ejército estaba sobredimensionado); adecuar el número de militares, siendo él militar, da cuenta de que Ballivián trataba de potenciar el Estado frente a la institución castrense. Entonces, creo que eso es una contribución duradera, aunque en ese momento no sirviera de mucho; pero permite un cambio de mentalidades. También está lo de la relación entre el Estado y la tierra indígena; el gobierno de Ballivián implementa algunos cambios ahí. La propiedad comunal pasa a ser una propiedad comunal enfitéutica: los comuneros tendrán el uso de la tierra, pero no la propiedad, y el uso lo tendrán que pagar con el tributo indígena, pero eso después Melgarejo y Tomás Frías lo usarán para la Ley de Exvinculación. Entonces, son propuestas y reformas que, aunque no tienen impacto en ese momento, después pueden tenerlo en la historia legislativa.
¿Cuáles fueron los rasgos más interesantes del carácter de Ballivián?
Ballivián proponía un gobierno liberal; él era liberal. Aunque, proponía un liberalismo algo autoritario. Tenía una idea del liberalismo político como necesitado de dar poder al Ejecutivo para aguantar el entramado. Eso no quita que fuera liberal. En términos económicos, fue abiertamente librecambista. Pero sus políticas no fueron librecambistas, pues si en ese momento se quitaban los aranceles, sencillamente el Estado se iba a la ruina. Considero que Ballivián, como personaje político, era un liberal convencido, pero que a la vez demostró gran pragmatismo y capacidad de adaptación notable.
¿Quiénes son tus referentes en el campo de la historia?
Mi principal referente es Pilar García Jordán. Me formé en la lectura de sus libros. Hay otros más. Pero ella es quien dio base a los intereses que luego guiaron mis investigaciones, y creo que las seguirán guiando, pues la siguiente investigación irá por una vía que ella abrió. También me influyó en el tema estilístico. Aunque, yo escribo un poco más barroco y ella es mucho más concisa. También tengo la influencia de Marta Irurozqui; su influencia temática es total. El otro día me dijo que estamos siguiendo trayectorias paralelas… La primera vez que fui al congreso de la Asociación de Estudios Bolivianos, cuando me presenté, me dijeron “Ah, tú eres el nuevo Marta Irurozqui…” (ríe). Es un honor que se me diga eso, pero no llego a tanto. Tenemos confluencia de intereses, y eso me gusta, porque así tengo trabajos que me interpelen y a los cuales interpelar yo, para entrar en diálogo. También hay autores bolivianos que me influyeron, como Zavaleta Mercado, Rivera Cusicanqui o los del THOA en general; son enriquecedores.
¿Qué opinión te merece Alcides Arguedas como historiador y pensador social?
Eso de la fosilización del discurso del caudillismo como periodo malo viene de Arguedas. Entonces, mi libro es un diálogo con Arguedas que trata de desmontar su posición ideológica sobre la historia del siglo XIX. No tengo nada contra él ni como persona ni como historiador (ríe); de hecho, sus libros positivistas son muy útiles. Pero considero que esa fosilización del caudillismo como algo necesariamente malo hizo más mal que bien al pensamiento boliviano.
¿Cuáles fueron las escuelas, movimientos o métodos historiográficos que más influyeron en ti o tratas de seguir?
Eso fue variando con el tiempo. Creo que la escuela con la que me sentí más interpelado durante la redacción de esta obra fue el institucionalismo, porque parte de la investigación estudia las instituciones. Pero la verdad no me gusta encasillarme en una sola escuela, porque creo que no es útil como historiador encerrarse en una sola. Tal vez, si hago otro libro en el futuro, si Dios lo quiere, ya no tendrá que ver con esa corriente historiográfica.
¿Cómo interpretas el momento histórico que hoy vive Bolivia?
Creo que en realidad lo que se está viviendo es una renegociación del proyecto-país. Durante todos estos años hubo un proyecto claramente centrado en los grupos dirigentes de La Paz, Cochabamba y el altiplano, y en estas décadas creció la influencia económica (y no tanto en términos políticos) de Santa Cruz; creo que lo que hay es una renegociación para resituar a Santa Cruz en este escenario, con más poder o con el que se considera debe tener. Seguramente eso implicará un cambio en el modelo de Estado.
¿En qué estás trabajado laboralmente y en términos investigativos?
Soy profesor sustituto en la Universidad de Barcelona y doy varias asignaturas, a veces muy extrañas y que no tienen nada que ver conmigo, pero que igual las debo dar: Recursos Informáticos para la Historia, América Prehispánica, América Contemporánea y América Colonial. En temas de investigación, estoy iniciando un estudio más serio sobre el litoral boliviano, su historia. Mi interés principal es que el litoral pueda ser estudiado como una región más de Bolivia y no como algo extraño. Creo que es un margen territorial más de Bolivia, que se podría comparar con otros márgenes del oriente que tuvo en el siglo XIX. Me gustaría resituar al litoral en el mapa historiográfico boliviano.