Cincuenta años de la Academia Diplomática de Bolivia
La conmemoración de los 50 años de la Academia Diplomática de Bolivia, realizada mediante un acto protocolar en el Ministerio de Relaciones Exteriores el 31 de diciembre de 2025, no fue un simple gesto ceremonial. Fue, ante todo, una señal política e institucional de alto contenido, cuidadosamente emitida para que no pasara inadvertido un año doblemente simbólico: el del cincuentenario de la Academia Diplomática y el del Bicentenario de la República. La iniciativa del nuevo canciller, Fernando Aramayo, merece ser leída como parte del esfuerzo de reinstitucionalización del Estado que impulsa el gobierno del presidente Rodrigo Paz.
Mirada en perspectiva histórica, la evolución del centro de estudios para la formación de diplomáticos bolivianos permite identificar tres grandes periodos que reflejan, casi como un espejo, las transformaciones del Estado boliviano. El primero se extiende de 1954 a 1964, cuando, al fragor de la Revolución Nacional de 1952, Bolivia dio los primeros pasos para institucionalizar la formación de su servicio de relaciones exteriores. La creación del Instituto de Estudios Internacionales “Antonio Quijarro”, en abril de 1954, no fue un hecho aislado, sino parte de un proyecto de Estado orientado a modernizar sus capacidades, entre ellas la representación internacional. En esa etapa fundacional, la dirección del Instituto fue encomendada al diplomático Jorge Escobari Cusicanqui, quien imprimió un sello de rigor académico y vocación de servicio al país, sentando las bases de una diplomacia profesional en Bolivia.
El segundo periodo, comprendido entre 1964 y 1974, fue el de la interrupción. La inestabilidad política que caracterizó esos años se tradujo en una inestabilidad institucional que impidió el funcionamiento regular del Instituto “Antonio Quijarro”. No se trató únicamente de una pausa administrativa, sino de una muestra clara de cómo la fragilidad del Estado termina afectando incluso a sus instrumentos más estratégicos. Sin embargo, la idea de una diplomacia profesional no desapareció; quedó latente, sostenida por una tradición que sería retomada más adelante.
El tercer periodo comienza en 1975, cuando el Instituto adopta formalmente el nombre de Academia Diplomática “Antonio Quijarro”. Este cambio no fue meramente nominal: vino acompañado de la aprobación de un nuevo estatuto de estudios, que consolidó el carácter académico de la institución y marcó el inicio de una etapa de mayor regularidad y maduración institucional. Desde entonces, con avances y retrocesos, la Academia ha graduado 17 promociones a nivel maestría, constituyéndose en el núcleo formativo del Servicio de Relaciones Exteriores. No es casual que esta consolidación haya estado acompañada por la conducción de grandes diplomáticos bolivianos, como Julia Uriona, Óscar Cerruto, Walter Montenegro, Armando Loayza, Carlos Trigo, Juan Ignacio Siles, Jorge Gumucio, Fernando Messmer y Ramiro Prudencio, entre otros, cuyas gestiones, desde distintos contextos históricos, contribuyeron a afirmar la continuidad institucional de la Academia.
Un hito fundamental de esta etapa se produjo en 1993, con la promulgación de la Ley N.º 1444 del Servicio de Relaciones Exteriores, que estableció un marco moderno para la carrera diplomática y dispuso que la institución pase a denominarse oficialmente Academia Diplomática Boliviana “Rafael Bustillo”, en homenaje al diplomático del siglo XIX que defendió los derechos históricos de Bolivia sobre las costas del Pacífico. Posteriormente, la Ley N.º 465 del Servicio de Relaciones Exteriores, aprobada en 2013, confirmó el nuevo nombre que la institución ya venía utilizando unos años antes: Academia Diplomática Plurinacional de Bolivia, consolidando su rol como centro especializado de formación integral de la diplomacia boliviana.
En este contexto, el acto protocolar encabezado por el canciller Aramayo adquiere un significado que trasciende lo conmemorativo. Celebrar los 50 años el último día del año fue una decisión simbólicamente potente: no dejar pasar el 2025 sin afirmar, con claridad, que la política exterior boliviana reconoce su memoria institucional de medio siglo de academia y de más de 70 años de esfuerzos por contar con diplomáticos con formación especializada.
Tras casi veinte años de negación y desprestigio de esta noble labor, cuando desde los más altos cargos de la Cancillería se llegó a decir que no existía carrera diplomática en Bolivia y que los diplomáticos de carrera tenían las “narices respingadas”, reivindicar a la Academia no solo es reivindicar la norma y la formación, sino también la carrera diplomática como pilar del Estado.
El acierto del canciller también se refleja en el mensaje dirigido a múltiples audiencias. Para la Asociación de Profesionales Egresados de la Academia Diplomática de Bolivia (APEADB), y para los nuevos socios incorporados durante el acto, la ceremonia representó un reconocimiento explícito a la trayectoria de quienes han optado por una carrera construida sobre mérito, estudio y servicio al país. Pero el mensaje fue más allá del ámbito corporativo.
El cuerpo diplomático acreditado en La Paz, que también estuvo presente, así como las cancillerías que observan con atención las transformaciones de Bolivia en el plano internacional, no pasan por alto este tipo de señales. En el lenguaje silencioso de la diplomacia, fortalecer la Academia equivale a afirmar que el país apuesta por una política exterior previsible, profesional y respetuosa de las normas que rigen las relaciones entre Estados.
Por ello, como dijo el canciller en su discurso, el acto de conmemoración reafirma el valor de la Academia Diplomática como espacio de formación, reflexión y actualización permanente, indispensable para una política exterior que se proyecta hacia el futuro. Si el Bicentenario invita a repensar la República que Bolivia ha sido —y la que no pudo ser—, la Academia recuerda que no hay política exterior sólida sin instituciones fuertes ni diplomacia eficaz sin formación rigurosa.
En definitiva, el gesto del canciller Aramayo confirma que la reinstitucionalización del Servicio de Relaciones Exteriores no se declama: se construye, empezando por aquello que le da sustento intelectual y profesional. Y en Bolivia, ese sustento se denomina Academia Diplomática, sea cual fuere el complemento que lleve.