Entrevista
Salvador Romero: “A veces las explicaciones más lúcidas de una sociedad se hallan en las obras de ficción”
Salvador Romero Ballivián (La Paz, 1971) regresó a Bolivia después de varios años de ausencia. Especialista en estudios electorales en varios países de América Latina y amante de la buena literatura y el arte, ha publicado varios libros hasta ahora, como Electores en época de transición (Plural/Neftalí Lorenzo E. Caraspas, 1995), Mi padre, última tarde y otras crónicas (Plural, 2014), Mañana, después del diluvio, mi amor (Plural, 2016) o, el más reciente de todos, Elecciones peligrosas (Plural, 2025). Obtuvo la licenciatura, la maestría y el doctorado en el Instituto de Estudios Políticos de París y el posdoctorado en la Universidad de Salamanca y ocupó varios cargos públicos en el país. El último de estos fue el de presidente del TSE, luego de los hechos de 2019.
En una soleada tarde de diciembre me recibió en la biblioteca de su padre, Salvador Romero Pittari, y platicamos sobre algunos de los libros cuyos lomos se muestran y sobre algunas de sus experiencias en misiones de control electoral y sus obras literarias. Sentados en dos sillones verdes de la biblioteca de la casa de sus papás y escuchando el incesante tictac de los relojes decimonónicos que solía coleccionar su padre, comenzamos a platicar sobre libros, experiencias y lecturas.
Uno de tus libros más literarios, aparte de tu novela Mañana, después del diluvio, mi amor, es Mi padre, última tarde y otras crónicas, en el que narras varios pasajes de tu vida. Hay varias que giran sobre tus experiencias en países del Caribe. ¿Cómo eran tus hábitos de escritura cuando estabas allá, en qué momentos escribías y leías? ¿Sentiste soledad?
Siempre he escrito combinando facetas. Algunos textos son de investigación, sobre democracia, elecciones y ciudadanía, a menudo con una mirada comparada. Otros se inscriben en la tradición del ensayo; en tanto que las crónicas de Mi padre, última tarde o la novela pertenecen al campo literario. Incluso, mi último libro, Elecciones peligrosas, se adentra en el terreno de las memorias. Intento, por supuesto, respetar las reglas de cada género. El denominador común es el esfuerzo por entregar una prosa de calidad, agradable para leer.
Es un proceso constante de escritura, no regido por horarios estrictos, aunque no trabajo ni escribo tarde en la noche. Varios trabajos, en particular de investigación, se vinculan con mi trayectoria profesional. Otros nacen de una inspiración distinta. Por ejemplo, las crónicas de Mi padre, última tarde fueron enviadas por correo electrónico a amigos, a manera de compartir impresiones y sensaciones. Escribí la mayoría de ellas en Puerto Príncipe y en Tegucigalpa. Si bien describen lo que vi o viví en Haití y Honduras, además de recuerdos de Bolivia, Francia o México, no estaban atadas a una coyuntura específica, por lo que confío que se puedan leer hoy o mañana como hace diez años, cuando se publicaron.
Esas crónicas no fueron la respuesta a la soledad. Más bien, fue un tiempo de descubrimiento de sociedades y un deseo de compartir esa mirada nueva, a partir de detalles, de hechos pequeños, de circunstancias singulares. Como en toda fase de descubrimiento, predominaba un ánimo curioso, de expansión de los horizontes y una voluntad de comprender. Conversaba con personas de muy distinto perfil para entender mejor las sociedades en las cuales trabajaba y vivía. Fue una etapa llena de estímulos.
Compartí esas crónicas entre 2011 y 2014 por correo. Fui afortunado pues tuve lectores muy generosos. Entre ellos, Isabel Mercado de Página Siete, que las publicó casi todas en LetraSiete, a medida que las enviaba. Luego surgió la oportunidad con Plural Editores de José Antonio Quiroga de recopilarlas y publicarlas como libro. Esa es la historia de Mi padre, última tarde.
En “El profesor y la acacia de Carmen” haces alusiones a El amor en los tiempos del cólera. Me parece que esta obra te gustó particularmente. ¿Cómo fue tu experiencia leyendo esta novela?
Leí y releí esa novela a poco de ser publicada, en la adolescencia, una etapa de alta sensibilidad, cuando uno explora sus sentimientos, sus emociones, el amor. Esos años también constituyen un momento de encuentros literarios decisivos, más todavía si uno tiene deseos de escribir. Esa novela me marcó profundamente. De hecho, la imponente fuerza literaria García Márquez me impresionó, me influenció. Es un autor fundamental para todos los escritores latinoamericanos. Cien años de soledad tiene un lugar especial en la literatura latinoamericana y universal, pero mi apego emocional está en El amor en los tiempos del cólera.
Pero ya que abordamos esa crónica, debo mencionar a Michel Sourrouille, el profesor de literatura del colegio Franco Boliviano. Le debo mucho. Durante medio año, cinco veces por semana, leímos Carmen, una novela breve de Prosper Mérimée. Literalmente, la estudiamos frase por frase. Después de ese ejercicio, ni leer ni escribir fueron lo mismo. Hay libros decisivos, también profesores.
En la crónica “La herencia” dices que rara vez en las conferencias académicas lo más interesante sucede en las conferencias, sino en las charlas de pasillo o en los recesos, cuando todos hablan más relajada y abiertamente… En este sentido, ¿crees que el saber, el conocimiento y la creatividad puedan desarrollarse mejor al margen de las aulas y los claustros, como por ejemplo en el arte?
Soy un convencido de que mucho de lo decisivo, interesante y sorprendente ocurre fuera de los espacios estrictamente académicos y de las reuniones formales, más bien en los espacios laterales, en los encuentros en el refrigerio o el almuerzo de los eventos. Se abre la oportunidad para una mayor profundidad y franqueza, sin los corsés de una conferencia o una clase; el resultado es un mejor conocimiento de situaciones. Además, por supuesto, ofrece la oportunidad natural para tejer amistades entrañables. Esto ocurre en todos los planos, no solo en los seminarios académicos, también en las reuniones o los encuentros diplomáticos o políticos. En la pandemia, la reducción de los contactos a las pantallas limitó muy gravemente la posibilidad de desarrollar ese tipo de vínculos.
Yendo al fondo de la pregunta, a veces las explicaciones más lúcidas de una sociedad se hallan en las obras de ficción, pues, aunque personajes y situaciones sean inventados, están anclados en realidades interpretadas y comprendidas con gran fineza. La ficción actúa con una libertad con respecto al dato o la fuente que, a veces, paradójicamente, permite ir más lejos.
Quizás el relato más sentido sea “Mi padre, última tarde”. Y tal vez quede corto teniendo en cuenta lo que narras en él. ¿Qué otras experiencias o recuerdos tienes de tu papá? ¿Cómo era él en el plano humano o afectivo, más allá de lo intelectual?
Escribí el texto en condiciones emocionales muy difíciles, apenas unos días después de su muerte. No tenía la pretensión de ser un ensayo, una biografía o una reflexión que expusiera toda su dimensión intelectual u otras. Nació de lo más íntimo, quizá como un ejercicio catártico, para compartir con los amigos y la familia, también con quienes lo habían conocido un poco o con quienes no lo conocieron, algunos de sus rasgos sobresalientes, fuesen de su carrera pública o más personales.
Era muy cálido; le gustaba la conversación y la tertulia, abierto y llano en el trato. Siempre fue generoso compartiendo el conocimiento y aunque su charla reflejaba su gran cultura, aquella nunca buscaba aplastar al interlocutor. Su cultura y erudición sostenían de manera implícita su conversación, nunca de forma pedante.
Tal vez su mayor vocación fue la de profesor, disfrutaba las clases en la Universidad, las preparaba de manera muy concienzuda. Aunque solo podía transmitir una pequeña parte, por razones pedagógicas, se hallaba muy actualizado en el estado de la sociología y el vínculo con otras disciplinas. Sus artículos de periódico muestran la amplia gama de sus lecturas e intereses.
En “La decrepitud del mal” dices que lo banal de los tiranos es mejor captado por los novelistas. Así, ¿crees que el arte puede recrear o decir lo que no puede la ciencia y la academia? ¿Y cuál es tu visión de la cultura y el arte?
El arte posee una capacidad de describir personajes, ambientes y psicologías que pueden alcanzar niveles arquetípicos, emblemáticos, universales. Rellena lo que no está documentado con interpretaciones psicológicas vedadas para quienes escriben desde la ciencia. Un novelista interpreta libremente y pone en boca de los personajes frases quizá nunca dichas, pero que condensan un momento, una personalidad, un ambiente. Hay una rama específica de la literatura latinoamericana, la novela del dictador, que nos pone en contacto con estos personajes tan importantes y a la vez terribles de nuestra historia.
Disfruto de la cultura, la literatura y el arte por sí mismos, sin necesidad de que tengan una función utilitaria. No es un escape: disfruto la belleza de una creación, de una obra.
En “Cartas de papel” rindes una especie de homenaje a las cartas escritas a mano y a ese pasado que parece estar cada vez más muerto y dices que tal vez la verdad es menos intelectual o rebuscada y sí más sencilla. ¿Eres de los que rinden tributo a lo tradicional o romántico y escriben a mano?
Estoy en el cruce de varias generaciones. En mi adolescencia, solo se escribía a mano o en las máquinas de escribir. En la universidad francesa, había una sala con unas quince computadoras, para todos los estudiantes. Tener una computadora en casa era algo excepcional. Y aún no había llegado el internet. Un mundo inconcebible para quien no lo conoció.
Aún hoy, algunas cosas las escribo a mano, como la correspondencia con Frédérique Neau, historiadora francesa, compañera de curso en Sciences Po. Por la época, esa correspondencia comenzó manuscrita y decidimos mantenerla así. Seguimos intercambiando cartas manuscritas; son largas y reflexivas, no buscan transmitir información específica, inmediata -que para eso tenemos el WhatsApp-. Condensan un cierto periodo largo…
Sin duda, la caligrafía refleja rasgos de personalidad y estados de ánimo: es casi físico, se puede palpar.
Pero, desde luego, también y, sobre todo, escribo prácticamente todo en computadora. Parece un objeto banal, pero es un instrumento notable. A veces pienso, cuando escribo un libro, cómo hubiese sido hacerlo en una máquina de escribir. ¡Se asemeja a una pesadilla!
En “Amores en salas oscuras” reflexionas sobre la ancianidad. ¿Cómo ves esta época, en que la vida se está prolongando a cambio de enfermedades como el Alzheimer?
En términos generales, extendimos la vida, pero también su calidad. Objetivamente, hoy se vive más y mejor. Sin duda, vidas más largas también dan lugar a más casos de enfermedades que solo aparecen en la vejez. Empero, antes de que se presenten esas u otras enfermedades, las personas llegan a edades avanzadas con plenitud física e intelectual, lo que era un privilegio hasta hace unas décadas solamente. Entonces, creer que antes se vivía mejor, aunque más corto, no se sostiene a la luz de las evidencias empíricas.
En este campo, los avances de la humanidad en los últimos dos siglos, desde miradas muy largas y generales, son innegables. Basta mirar las tumbas de la aristocracia europea de la Edad Media, del Renacimiento, del siglo XVII, la que tenía las mejores condiciones de vida, para observar que sus vidas eran breves: 40, 50 años… Además, las tasas de mortalidad infantil eran extremadamente altas, solo sobrevivían los más afortunados. Uno moría por enfermedades que hoy representan apenas unos días de molestia. Los avances permiten que la inmensa mayoría de la humanidad viva mucho mejor de lo que vivieron sus antepasados hace 150 años, incluso hace un siglo.
¿Serías crítico de la modernidad o del hombre moderno en algunos otros aspectos?
Hay aspectos positivos, como los que señalamos. Otros requieren miradas críticas, no necesariamente de pesimismo extremo.
Para centrarme en uno de los que hoy que despiertan debates y polémicas, y que constituyen uno de los sellos distintivos de la modernidad, el internet, la conexión fácil y constante a través de las redes sociales, tienen inmensas ventajas; también plantea desafíos considerables. Probablemente, como todas las tecnologías, se necesita una fase de aprendizaje; confío en que lograremos resolver los desafíos y contracaras que nos plantean no solo las redes sociales o la IA, sino todos los aspectos de la tecnología.
Prácticamente ningún elemento de la creación humana posee un uso exclusivo o inherentemente benéfico. Para tomar un ejemplo trivial, el cuchillo sirve para hacer operaciones que salvan vidas; ayuda, igualmente, en la vida cotidiana, pero también es un instrumento criminal; depende del uso. En otro campo, la energía atómica sirve para alcanzar cosas extraordinarias, también es una amenaza seria para nuestra supervivencia.
Si pensamos en el internet, por allí circula información infinita, con todos los grados de calidad. Hace solo unas décadas, mucha de esa información estaba reservada para élites porque se hallaba en bibliotecas de difícil acceso, hoy casi todo el saber está disponible para cualquier persona en cualquier punto del planeta. A la par, circula y se difunde información de pésima calidad o directamente falsa.
Todos los elementos de la tecnología que creamos tendrán esos dos usos. Debemos sacar todos los provechos posibles de la tecnología y minimizar los riesgos. Hasta ahora, la humanidad logró resolver los retos de una manera más o menos razonable. Confiemos que sigamos en esa senda; son los desafíos de hoy y de mañana.
En otra crónica narras la suspensión de una clase allá en Francia. ¿Sientes nostalgia por esas épocas de estudiante? ¿Qué era lo que más te gustaba y disgustaba de tu vida allá?
Fue una época estimulante, de múltiples descubrimientos. Mis años universitarios correspondieron a un momento particular, de optimismo democrático, el que siguió a la caída del Muro de Berlín. Se reflexionaba “en caliente”, si vale la expresión, sobre el mundo que estaba naciendo. Ver, participar, asistir a esos debates intelectuales de alto nivel fue un privilegio.
Quiero, respeto y admiro a la sociedad francesa. Como todo pueblo, tiene sus manías, y uno les toma cariño, pues le dan su toque particular (ríe). Agradezco las oportunidades que tuve y regresé con una experiencia decisiva para mi trayectoria profesional y mi vida en general.
¿Cuáles son tus gustos principales en literatura, películas y música?
Soy bastante ecléctico en todos esos campos; salto de un autor latinoamericano a uno árabe o a uno europeo. Disfruto la lectura, y la literatura de manera especial. Admito que mis recorridos como lector han sido poco sistemáticos; fui desordenado en el sentido de que leí autores de culturas muy diferentes y de tiempos distintos, aunque tal vez con una mayoría concentrada en los siglos XIX, XX y XXI. Cuando un autor que me gusta de manera particular, sí trato de hilar obras suyas en tiempo corto.
Las lecturas, además, son diferentes. Aquellas con un fin académico o de investigación pueden ser más rápidas, incluso segmentadas. Tal vez solo me interesa un capítulo. La manera de leer literatura es, por supuesto, distinta: no tiene sentido leer solo un capítulo de una novela.
Por lo demás, creo que no se debe tener remordimientos si se deja un libro a medias. Quizá no sea el autor indicado para uno o no es el momento apropiado con ese autor.
Viviendo fuera, la compra de libros siempre me lleva a la pregunta de qué sucederá en el siguiente traslado, pues si hay algo difícil y pesado de trasladar, son libros. Entonces, las estrategias de lectura, y de compra de libros, estando fuera, pueden ser diferentes de las que tengo en La Paz.
En cuestión de películas y música, soy muy amplio realmente; escucho un poco de todo, aunque con límites (ríe).
Tu último libro, Elecciones peligrosas, es una memoria sobre tu experiencia como presidente del TSE en Bolivia. ¿Cómo lo escribiste? ¿Fue para ti como una especie de catarsis?
Es el testimonio de un momento político democrático especialmente intenso para el país, la elección de 2020, en el centro de una polarización aguda y en medio de la pandemia, contado con las técnicas de la literatura. No hay ficción, todos los elementos son verídicos, pero en el estilo procuré ser literario de punta a punta. Muchos lectores me dicen que se lee como si fuera una novela. Sin duda, tantos sobresaltos y giros se prestan para esa sensación de novela de aventuras a pesar de ser el relato de una historia que transcurre sobre todo detrás de un escritorio.
¿Planeas publicar algo más en el futuro próximo?
Siempre tengo textos en trabajo. Muchos son investigaciones sobre temas electorales o democráticos. Pero también trato de darme el tiempo para seguir en una veta más literaria, como las crónicas.
¿Cómo fue regresar a Bolivia después de tanto tiempo, sobre todo ahora, en época navideña?
Emociona profundamente el regreso, el reencontrarte con tu país, con la gente que quieres, con la gente que extrañaste y te extrañó. Regresar después de tantos años fue un momento fuerte, especial, emotivo, que se vive de manera colectiva, pero también personal, íntima. A la vez, como mantengo los trabajos en el exterior; será un ir y venir…