Lo que pienso
Fukuyama se equivocó
En 1992, el politólogo estadounidense Yoshihiro Francis Fukuyama —como tantos otros de sus compatriotas, descendiste de inmigrantes: japonés de tercera generación como Trump es tercera generación de inmigrante alemán— publicó su controvertido libro El fin de la Historia y el último hombre en el que postuló que la historia humana, como lucha entre ideologías, había concluido y se iniciaba entonces un mundo basado en la política y la economía de libre mercado, concluyendo las utopías que habían dominado los dos siglos que finalizaban con el final de la Guerra Fría.
La polémica tesis de Fukuyama —que rescataba un ensayo anterior suyo “¿El fin de la historia?” (de 1989)— postulaba que la caída del comunismo con el consecuente triunfo (aparente entonces con la caída del Muro de Berlín y el bloque soviético) de las democracias liberales conllevaba lo que Fukuyama denominó «el final de la Historia»: las ideologías ya no serían necesarias porque habían sido sustituidas por la economía, en consecuencia de que el liberalismo democrático capitalista se convertía en el pensamiento único y la democracia liberal —representada por los Estados Unidos— sería así la única realización posible del fracasado sueño marxista de una sociedad sin clases. En palabras del propio Fukuyama: «El fin de la historia significaría el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas [sic], los hombres satisfacen sus necesidades a través de la actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en ese tipo de batallas».
Y aunque Fukuyama palía su afirmación otorgándole a la ciencia y la búsqueda de sus límites la característica privativa de motor de la historia, basta mirar en derredor o en retrospectiva desde entonces para entender el error de esa tesis: El periodo posterior a 1989 —que Fukuyama erradamente postuló como el paso de un mundo bipolar a otro unipolar— se ha caracterizado por una permanente inestabilidad y numerosos conflictos violentos. La herencia del final de la Guerra Fría ha sido —muchas veces y en muchos lugares— más “caliente” que en ella: cientos de conflictos armados, guerras civiles e internacionales, configurando un periodo de inestabilidad con guerras más complejas y la reconfiguración de las tensiones geopolíticas.
Días atrás leí el artículo "La Conferencia de Múnich y el mundo de hoy" de Mateo Rosales Leygue (BrújulaDigital, 26/02) y su lectura, que aconsejo, fue un reencuentro muy interesante con la complejidad geopolítica de la Conferencia de Seguridad de Múnich que desde hace 63 años debate los temas más actuales de la política exterior, de la seguridad y de la defensa del mundo bajo su lema «Paz a través del Diálogo», importancia del artículo sobre todo porque aquende no es tema prioritario el que trataba. Sin embargo, tengo algunas discrepancias con Rosales Leygue: Rusia, fuera de su disuasión nuclear, es más débil que Europa militar y económicamente y China es mucho más potencia económica y militar que Rusia, pero su némesis (para ambos) es EEUU, no Europa; la India cada vez tiene más importancia, pero la India es esencialmente... proIndia. EEUU no puede exportar MAGA —onanismo ideológico que es una consigna desde la crisis del 29— como tampoco American First lo pudo en los años entre las dos guerras mundiales. Es cierto que el mundo hoy ha cambiado y los reacomodos que empezaron en 1989 no han acabado; tampoco creo que EEUU pueda resistir una política MAGA endogámica mucho tiempo porque ya tiene quebraderos de cabeza: el abandonar a Europa a sí misma desequilibrando el esquema de seguridad surgido en 1949 es un reflejo.
Sin embargo ameritan tres puntualizaciones: el primero es que Estado de Bienestar europeo fue posible porque los aliados europeos descargaron sobre los EEUU sus gastos de defensa frente al Bloque Soviético y Rusia después. El segundo: el marginamiento de la potencia rusa postsoviética de su pretendida integración al bloque occidental cuando Yeltsin: criticado por el padre de la realpolitik contemporánea, Kissinger, ese aislamiento trajo las consecuencias de hoy —Ucrania, Georgia antes— del revanchismo putinesco, el mismo expansionismo ruso que se ha cumplido desde el siglo xvi. Por último, Nuestra América, que ha estado inmersa las últimas décadas en el endogenismo del neomarxista socialismo 21 y antes en la Doctrina de la Seguridad Nacional con el intermedio de los neoliberalismos locales, recién empieza a entender el sentido de la multilateralidad y la (tan maltratada) globalización.
Porque vivimos en un mundo multipolar que hay que ver sin miopía.