sábado 23 de mayo de 2026

Lo que no debemos callar

NI OLIGARQUÍA NI REVANCHA: lo que un ciudadano todavía espera de su Presidente

Los bolivianos necesitamos reconciliarnos con nosotros mismos. Necesitamos reconstruir la idea de nación por encima de las diferencias políticas, regionales o culturales.

Bolivia arrastra heridas históricas que nunca terminaron de cerrarse. Por eso, antes de cualquier juicio de valor político, es necesario poner nuestra realidad en contexto.

Usted es hoy el boliviano N°1. Aunque nació en España mientras sus padres estudiaban, adquirió legítimamente la nacionalidad boliviana por ser hijo de un boliviano que también fue nuestro Presidente: Jaime Paz Zamora, a quien tuve el grato honor de conocer durante las campañas electorales de la histórica U.D.P. (Unidad Democrática Popular); etapa en la cual mi padre Jhonny Bernal fue jefe Departamental del M.N.R.I. en La Paz y candidato a Diputado, mientras su padre jefe Nacional del MIR y candidato a vicepresidente.

Usted nació el 22 de septiembre de 1967 en Santiago de Compostela, yo nací el 21 de septiembre de 1966 en Nuestra Señora de La Paz. Mientras mi familia enfrentaba persecución política y limitaciones económicas, la suya vivía el exilio tras la dictadura del Gral. Hugo Banzer. Aquella generación creyó que en Bolivia podíamos construir un país más justo, con un proyecto político orientado a las grandes mayorías históricamente olvidadas.

Sin embargo, recuperada la democracia, el estilo de hacer política cambió menos de lo esperado. La lógica del cuoteo, la componenda y la distribución de la cosa pública, terminó imponiéndose nuevamente. Las élites políticas e intelectuales, en lugar de convertirse en el cerebro y motor del desarrollo nacional, se encerraron en estructuras partidarias destinadas a garantizar exclusivamente su permanencia en el poder.

Mientras tanto, campesinos, obreros y sectores populares siguieron esperando oportunidades reales de progreso. Así se consolidó una fractura histórica entre una oligarquía política cada vez más distante y una mayoría social que sentía que solo era tomada en cuenta cuando pedían su voto.

En ese contexto nació, con fuerza legítima, la demanda de reivindicación de las grandes mayorías. Las crisis del 2003 y la llamada “guerra del gas”, abrieron paso a una nueva narrativa política que transformó una disputa social e ideológica en una confrontación identitaria cada vez más profunda.

El ascenso del socialismo del siglo XXI encontró terreno fértil en el cansancio ciudadano frente a décadas de exclusión y desigualdad. Inicialmente representó esperanza para millones de bolivianos que se sentían marginados del poder político y económico. Sin embargo, con el paso de los años, aquella reivindicación derivó también en una peligrosa lógica de confrontación racial entre bolivianos.

La polarización dejó de ser exclusivamente política. Poco a poco comenzó a instalarse una visión donde unos y otros eran definidos por su origen, su región o su condición social, profundizando resentimientos históricos en lugar de superarlos.

 

En ese proceso esta dicotomía racial se acentúa. En algunos sectores comenzó a instalarse peligrosamente la percepción de que el abuso del poder podía justificarse como una revancha histórica. Además, el Estado fue haciéndose cada vez más pesado e ineficiente, la institucionalidad se debilitó, aumentó la dependencia política de muchas instituciones y poderes del Estado, deteriorando la confianza en la democracia.

Bolivia necesita cerrar definitivamente ese ciclo. Hoy muchos bolivianos vuelven a buscar, a través suyo, una posibilidad de reconciliación nacional.

No queremos volver al pasado donde pequeñas elites concentraban privilegios y utilizaban el Estado para enriquecerse a perpetuidad. Pero tampoco queremos un país atrapado en el enfrentamiento permanente, en la improvisación, en el clientelismo y en un aparato estatal incapaz de responder a las necesidades reales de la población.

Los bolivianos necesitamos reconciliarnos con nosotros mismos. Necesitamos reconstruir la idea de nación por encima de las diferencias políticas, regionales o culturales.

Queremos una Bolivia productiva, inclusiva, transparente y moderna; una Bolivia donde cambas, collas, chapacos, vallegrandinos y chaqueños puedan convivir en armonía y con igualdad de oportunidades.

Una Bolivia sin odio ni resentimiento. Sin ciudadanos de primera y segunda. Sin corrupción ni impunidad. Sin patrones ni sometidos.

Bolivia ya probó el fracaso de las élites cerradas y también el fracaso del resentimiento convertido en poder. Ha llegado el momento de construir una República donde nadie se sienta dueño del país y nadie vuelva a sentirse excluido de él.

Porque al final, más allá de cualquier diferencia ideológica, compartimos la misma patria: BOLIVIA, BOLIVIA Y BOLIVIA.

Bolivia merece unidad, institucionalidad y esperanza. Bolivia necesita mejores días. Y este ciudadano todavía espera eso de su Presidente.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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