La espada en la palabra
Entre la pólvora local y la guerra global
El mundo baila al borde del precipicio y coquetea con una guerra de gran envergadura. Pero Bolivia no se queda atrás: sentada sobre un barril de pólvora, se asoma a su propia guerrita intestina. ¿Será la actual paz boliviana una precaria “luna de miel”? ¿Sanaron realmente las heridas reabiertas en 2019? Las divisiones y facciones de entonces —que en realidad datan de la fundación de la República e incluso de antes— ¿no estarán solo ocultas bajo una delgada capa de unidad nacional, susceptible de romperse ante la siguiente medida gubernamental impopular?
¿Y estará el mundo acercándose a una nueva conflagración de dimensiones colosales? ¿O, como dijo alguna vez el papa Francisco, no estaremos ya en una guerra mundial que se desarrolla “a pedacitos”? Todas las fuerzas ideológicas, políticas, económicas y militares que cristalizaron en diferentes lugares del globo a partir de 1945, ¿no estarán a punto de estallar?
Lo más paradójico es que resulta difícil saber con certeza qué ocurre en un país como Bolivia, ¡y cuánto más en el resto del planeta! Pese a las olas de información que nos inundan al abrir las redes sociales, uno se siente perdido al juzgar la realidad global. Incluso los académicos más notables en los campos de las humanidades, la economía y las ciencias sociales pueden sentirse perplejos ante la complejidad de los acontecimientos presentes. A diferencia de 1215 o 1789, el mundo de hoy es, a la vez que más interconectado, mucho más difícil de interpretar. La densidad de la población y los fenómenos tecnológicos y culturales ocurriendo en simultáneo, hacen que cualquier interpretación seria, por más informada que esté, corra el riesgo de estar sesgada o caer en el error.
¿Cuál es realmente el espíritu de la época actual, el Zeitgeist? ¿Y qué pasa realmente entre las grandes potencias? Hace unos días, Trump afirmó que la guerra en Irán estaba terminada; sin embargo, Israel no dejó de bombardear objetivos islámicos. Por su parte, el liderazgo iraní aseveró que su país está listo para una guerra larga contra los EE. UU. ¿Quién dice la verdad? ¿O quién miente menos? ¿Será el Golfo Pérsico la encarnación de los fantasmas del asesinato de Sarajevo o de la invasión de Polonia?
Parece cierto que, más allá de los intereses económicos, la potencia norteamericana —que posee “el ejército más fuerte del planeta”— desea frenar el avance geopolítico de Irán o China. Para ello ha optado por una estrategia de amedrentamiento y disuasión, algo que las potencias occidentales omitieron en 1938 ante el rearme de la Alemania nazi. Pues más allá de su capacidad atómica, lo cierto es que el país de tradición persa posee tecnología nuclear que, bajo un gobierno de fanatismo religioso, resulta una amenaza impredecible si no se contiene a tiempo.
El riesgo de esta estrategia es evidente: la escalada de la beligerancia y la posibilidad de que otros países se sumen. Más allá de esto, pocas cosas pueden decirse con certeza. La opinión pública ignora la capacidad real de las fuerzas aéreas de China o Rusia, el número exacto de drones o si las armas nucleares llegarían a utilizarse en algún momento. Tampoco sabemos si el conflicto sería balístico o de infantería, ni qué armas secretas guardan en sus arsenales. Tenemos muchas más incógnitas que certezas. Se desconocen los alcances reales de una guerra a gran escala, pero lo más seguro es que esta terminaría siendo mucho más destructiva que la del 39.
En un mundo hiperconectado que, paradójicamente, se nos escapa de las manos, lo más sano es la sospecha crítica. Y lo más peligroso sería seguir creyendo en la ficción de que controlamos un tablero diseñado para estallar. En este escenario de sombras chinas, confiar en los espejismos de los políticos puede ser la mayor de las traiciones.