Tercera guerra mundial en ciernes
“Las guerras no se ganan, sólo se sobreviven y cuando terminan lo único que queda es un paisaje en ruinas y la certeza de que todo el sufrimiento fue en vano”. - Kurt Vonnegut.
Cuentan las crónicas del 30 de abril de 1975 que, las fuerzas del Norte entraban en Saigón (actual Ho Chi Minh – Vietnam), obligando al ejército del Sur a firmar su rendición. La reunificación se produjo en julio de aquel mismo año. La ofensiva militar encabezada por el Vietcong puso fin al conflicto, logrando tomar la principal ciudad del Sur e instaurando un único gobierno comunista que tendría como sede la ciudad de Hanói, estableciendo como primera medida el fin de la intervención extranjera.
Tras el conflicto Vietnam quedó devastada. Campos arrasados, infraestructura en ruinas, deforestación y contaminación agrícola que afectó severamente a la producción y el abastecimiento de alimentos. Tras la reunificación política, el gobierno comunista inició la persecución y el exilio de miles de personas que fueron capturadas y enviadas a “campos de reeducación”. Quienes lograban escapar lo hacían en los “bote people” que, en muchos de los casos sufrieron condiciones dramáticas.
Para Estados Unidos los resultados fueron negativos. Alrededor de cincuenta y ocho mil soldados norteamericanos perdieron la vida y cerca de trescientos mil quedaron heridos y mutilados. Varios efectivos militares que participaron en la guerra sufrieron traumas, adicciones y tuvieron dificultad para adaptarse a la vida civil. El Presidente Gerald Ford, tuvo que asumir el costo económico de la guerra que dejó cifras millonarias en pérdida, lo que produjo el desgaste interno y la crisis de confianza en el gobierno del Norte, debiendo lidiar además con el caso “Watergate” que fue el epicentro de uno de los mayores escándalos políticos norteamericanos.
La guerra de Vietnam fue la primera derrota militar en la historia reciente de los Estados Unidos, lo que debilitó su prestigio ante la comunidad internacional y provocó una férrea resistencia ante el intervencionismo, generando un debate permanente acerca de la política exterior estadounidense. Por su parte, la penosa experiencia les obligó a repensar sus estrategias de intervención, la relación cívico-militar y el desmedido uso de la fuerza, lo que provocó un estudio más profundo acerca de la guerra de insurgencia, de guerrillas o “guerra limitada”.
Hace un mes aproximadamente, Estados Unidos e Israel iniciaron la ofensiva militar contra Irán que en su inicio acabó con el líder el Ayatolá Jamenei. Destruyeron además la fuerza aérea, la armada, el programa nuclear iraní y diezmaron al grupo extremista Hezbolá. A pesar del aparente éxito militar, el Presidente Donald Trump, aseguró que esta sería una operación quirúrgica y rápida como la realizada en Venezuela, encontrándose con una fuerza armada (la iraní) preparada para una contingencia de este tipo, listos para absorber el castigo y hacer que la guerra resultase tan costosa a los enemigos que acabarían siendo ellos los que buscarían otra salida.
Mientras desde la Casa Blanca se empeñan en mostrar que la guerra se está ganando, lo que pasa sobre el teatro de operaciones refuta aquel relato de invulnerabilidad, habiendo reconocido el mismo “New York Times”, que los resultados obtenidos hasta el momento distan mucho de ajustarse a lo que los estrategas norteamericanos habían previsto. Con sus portaaviones fuera del Golfo Pérsico, sus bases militares bajo fuego enemigo permanente y sus sistemas de radares destruidos, comienza a verse un panorama poco alentador, al tiempo que se intenta urdir una estrategia que le permita mostrarse como el artífice de una salida victoriosa en lugar de mostrar la incursión militar como un fracaso que reforzaría la postura iraní en Medio Oriente y probablemente una escalada en el conflicto.
De contraparte, se ha filtrado información por algunos medios, dando a conocer algunas de las condiciones que exigiría Irán para un alto al fuego. Exigen que Estados Unidos retire de Oriente Medio todas sus fuerzas militares, retirándolas de Irak, Siria, Kuwait, Barein, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita dentro de un plazo de treinta días. Así mismo, deben levantar las sanciones impuestas contra Irán desde 1979, incluyendo las sanciones bancarias y las limitaciones a la exportación de petróleo, así, como las prohibiciones de transferencia de tecnología.
Exigen además que Estados Unidos pague las reparaciones de daños que le ha costado a Irán el conflicto, cerca de los ochocientos mil millones de dólares, de los cuales más de la mitad deben ser pagados en los próximos 10 años. Si estás condiciones no se cumplen, Irán amenaza con tomar tres medidas concretas: el cierre permanente del estrecho de Ormuz para la navegación comercial, asegura así mismo que activará la asociación defensiva militar con Rusia y China y no excluye la posibilidad de alojar bases militares extranjeras en suelo iraní, ejerciendo su derecho de desarrollar y desplegar armamento nuclear de manera disuasoria, exponiendo al planeta a un conflicto de alcance mundial.
Por su parte, ante la incapacidad de forzar una rendición desde el aire, el gobierno de Trump evalúa la posibilidad de mandar una incursión militar terrestre a las islas del estrecho, lo que podría desencadenar en una escalada imprevisible del conflicto con la intervención directa de los Hutíes y el posible cierre del mar Rojo. Con la marina aniquilada, la capacidad de lanzamiento de sus misiles balísticos reducidos significativamente y las defensas antiaéreas desmanteladas, Irán se resiste a rendirse ante los reiterados ultimátums lanzados por el presidente norteamericano.
Si el conflicto en Vietnam dejó una lección valiosa, creo que es tiempo de recordarla y tomarla en cuenta, y es que, ni la fuerza, el coraje y la superioridad tecnológica garantizan la victoria cuando se subestima al adversario y se desconoce el terreno sobre el cual se libran las batallas. Hoy, más de cinco décadas después, Estados Unidos parece estar dispuesto a cometer los mismos errores, pero a una escala mucho mayor y con un enemigo que ha aprendido a explotar las debilidades de sus enemigos, cambiando las probabilidades y resquebrajando las reglas del juego.
Esperemos por el bien de la humanidad que el canto de cisne entonado con precipitación y delirio, no obnubile a los líderes mundiales que parecen desconocer las lecciones más elementales de la historia. Mientras tanto, que el desánimo y la frustración no minen nuestro espíritu y nos obliguen a cambiar nuestra forma de pensar, recuerden que: “Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”.