Bolivia–Chile: entre la narrativa del cambio y la realidad de la repetición
Luego de encuentros protocolares entre los mandatarios Rodrigo Paz y José Antonio Kast, se concretó una reunión entre los nuevos cancilleres de Bolivia y Chile. La cita concluyó con un comunicado conjunto que destacó el inicio del diálogo, un “nuevo momento” y diversos anuncios presentados con entusiasmo.
Un análisis documental de los acuerdos suscritos, actas y comunicados conjuntos revela que no existe una transformación sustantiva; sino más bien la continuidad de patrones históricos, bajo elocuentes formas discursivas y distintos niveles de interlocución.
En el periodo de los juicios internacionales, de 2011 a 2018, es cierto, el diálogo bilateral fue interrumpido, acompañado de gestos inamistosos, como el enjuiciamiento de militares bolivianos y la restitución del requisito de visas para portadores de pasaportes diplomáticos y oficiales. Fue un periodo de contrapunteo.
No obstante, tras la emisión de la sentencia de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) y bajo el eslogan de la “restitución de la confianza mutua”, se realizaron varias reuniones bilaterales.
Así, durante el gobierno del presidente Arce, en el marco de la Comisión Administradora del Acuerdo de Complementación Económica N.º 22, se realizaron dos reuniones, en 2022 y 2023, que concluyeron con compromisos orientados principalmente a la apertura del mercado chileno para productos bolivianos como: leche, carne bovina, orégano, palta, productos y subproductos cárnicos de llama, frutos amazónicos, maní, almendras, miel y huevos, entre otros. Se trata de los mismos productos que se anuncian hoy. Es decir, luego de más de dos años, los compromisos de ayer son los mismos anuncios de hoy.
En el marco del Comité de Fronteras, también se realizaron dos reuniones, en 2024 y 2025. Los temas abordados fueron, en términos generales, tránsito, logística, control fronterizo, migración, reversión del gasoducto y energía. Al contrastarlos con los de la agenda reciente, se evidencia una clara persistencia de los ejes temáticos tanto en el periodo de Arce como en el actual periodo de Paz.
La diferencia radica únicamente en el tratamiento de dichos temas. Mientras que entre 2020 y 2025 fueron abordados en un nivel técnico y específico, en el periodo actual se presentan en un plano más agregado, bajo categorías más amplias como “integración”, “conectividad” o “seguridad regional”. Esta recurrencia temática evidencia una agenda prácticamente invariable.
En síntesis, en mayor o menor medida, sí existió diálogo bilateral, aunque - como es característico en este relacionamiento - de resultados improductivos para el interés nacional. La diferencia es que, durante el periodo anterior, la relación se mantuvo en un nivel predominantemente técnico-operativo, sin instancias regulares de diálogo político, al nivel de cancilleres o presidentes.
Desde una perspectiva evaluativa, lo anterior resulta meramente formal y protocolar, porque, en última instancia, lo relevante no es quiénes participan en el diálogo, sino, qué se negocia, qué resultados se alcanzan y si estos son concordantes con los intereses nacionales.
La política exterior es el conjunto de objetivos que deben concretarse, definidos en función del interés nacional. Por tanto, debe estar alineada con las políticas públicas internas.
En el corto plazo, el diagnóstico es inequívoco: atravesamos un escenario de estanflación, que consecuentemente la política exterior debe contribuir a superarlo. Una sintonía entre las acciones internacionales y los propósitos internos es imprescindible; de lo contrario, metafóricamente hablando, se reproduciría la imagen trágica del Titanic, donde los músicos continuaban tocando las melodías, mientras el barco se hundía. Sería una diplomacia activa en las formas, pero irrelevante en los hechos.
Lo preocupante es que no pasaron ni tres días del encuentro y el presidente de la Cámara Nacional de Exportadores, alzó la voz de protesta por las demoras en el embarque de las exportaciones bolivianas por el puerto de Arica. El origen son los severos controles por narcotráfico, medidas que si bien son justificables, pueden ser solucionadas, incluso con mejores resultados, con la implementación de tecnología.
A ello se suma la incertidumbre sobre la reversión del gasoducto Sica Sica, pese a tratarse de un compromiso asumido a través de un Acuerdo bilateral y utilizado por Chile, ante la CIJ, como argumento para sostener la existencia de un régimen amplio de libre tránsito. Sin embargo, el canciller chileno, Francisco Pérez, en una entrevista a un medio de prensa boliviano, lo redujo a un “tema de interés en avanzar”. El término de “interés” en lenguaje diplomático es sinónimo de veremos, lo más probable es que si o que no, el tiempo lo dirá. Un margen de indefinición que Bolivia, en medio de su actual crisis de combustibles, simplemente no puede permitirse.
Chile se niega a abordar la cuestión marítima, amparándose en la sentencia de la CIJ, pero olvida que la corte también recordó que ambos países deben cumplir de buena fe los tratados vigentes, entre los cuales están las obligaciones del libre tránsito y el uso del gasoducto sicasica en ambos sentidos. Son dos temas de interés nacional, absolutamente necesarios, para superar la actual crisis económica.
Si se pretende construir una relación de futuro, la interpretación jurídica no puede ser selectiva. Invocar los compromisos cuando resultan útiles y relativizarlos cuando imponen deberes socava la confianza y vacía de contenido la relación bilateral.