2026-05-03

Justicia boliviana bajo fuego del crimen organizado

Cuando matan a un juez, se debilita la idea de justicia y su reemplazo es la ley del más fuerte.

En los últimos meses, dos muertes han sacudido al sistema judicial boliviano con una intensidad que todavía no termina de procesarse del todo. Víctor Hugo Claure Hinojosa, magistrado del Tribunal Agroambiental asesinado en Santa Cruz, y Wilber Marcial Cruz Arancibia, juez de Villa Tunari ejecutado a tiros en Cochabamba, dejaron de ser únicamente nombres en expedientes o referencias institucionales. Hoy representan algo más incómodo, la sensación de que se ha cruzado una línea que antes parecía intocable.

Bolivia conocía la injerencia, la manipulación y la cooptación del sistema judicial. Durante décadas, los jueces fueron objeto de presiones políticas, prebendas y amenazas. Pero lo que no era habitual, lo que marcaba una línea roja, era su eliminación física mediante métodos propios del crimen organizado. Ese umbral ha sido superado. Y cuando eso ocurre, lo que se resquebraja no es solo la seguridad de los operadores de justicia, sino la arquitectura misma del Estado de derecho.

La pregunta central no es solo quién disparó, sino por qué ahora. La respuesta no está en la coyuntura inmediata, sino en un proceso acumulativo: la consolidación de economías ilícitas con capacidad territorial, financiera y coercitiva. La minería ilegal aurífera ha dejado de ser marginal para convertirse en un sistema paralelo de poder. En regiones del norte de La Paz, el oro no solo fluye en ríos devastados por mercurio y maquinaria pesada, también circula en redes informales de comercialización que escapan al control fiscal y alimentan estructuras con capacidad de compra, presión y, llegado el caso, violencia directa.

El crecimiento de las cooperativas mineras en las últimas décadas tampoco puede entenderse únicamente como una expresión de dinamismo productivo o de organización laboral. Es en buena medida el reflejo de un Estado que fue perdiendo progresivamente capacidad de regulación efectiva. En esos espacios intermedios donde la norma es flexible o directamente ausente, el juez que intenta imponer una restricción, frenar una concesión irregular o cuestionar una explotación ambientalmente destructiva deja de ser un actor institucional para convertirse en un obstáculo concreto para intereses económicos establecidos.

A esta dinámica se suma el fenómeno de los avasallamientos de tierras en el oriente boliviano. Aunque en el discurso público suelen presentarse como conflictos sociales vinculados al acceso a la tierra, en la práctica han derivado en ocupaciones violentas de predios privados y fiscales. En zonas cercanas a Santa Cruz estos procesos no siempre responden a necesidades de subsistencia. En muchos casos están asociados a incentivos económicos más amplios como la especulación sobre la tierra, la expansión de la frontera agrícola o el control de territorios estratégicos.

Incluso las quemas de bosques que muchas veces se tratan como eventos aislados o accidentales deben leerse dentro de esta misma lógica de ocupación, expansión y disputa territorial.

En este contexto, la justicia deja de ser un árbitro neutral. Se convierte en una amenaza directa para intereses económicos concretos. Un fallo judicial puede significar la pérdida de miles de dólares, el desalojo de un predio o la interrupción de una actividad extractiva rentable. Cuando el Estado no tiene capacidad efectiva para hacer cumplir sus propias decisiones, esos intereses encuentran en la violencia una herramienta más eficiente que el litigio.

No se trata de una simple escalada delictiva. Es la manifestación de un reordenamiento del poder en zonas del país. Allí donde el Estado es débil o ausente otros actores ocupan su lugar. Y no lo hacen con normas ni procedimientos sino con fuerza. La eliminación de un magistrado o de un juez cumple una doble función: neutraliza a quien puede afectar un negocio y envía un mensaje disciplinador al resto del sistema judicial.

Sin embargo, sería cómodo y equivocado atribuir toda la responsabilidad a estos grupos. El terreno en el que prosperan ha sido preparado durante años por la debilidad estructural del Estado boliviano. Un Estado que no ha logrado ejercer control pleno sobre su territorio, que ha tolerado zonas de informalidad económica y que ha permitido la erosión de sus instituciones.

En las últimas dos décadas, esta fragilidad no solo persistió, sino que en algunos aspectos se profundizó. La expansión de modelos económicos basados en alianzas corporativas y clientelares, particularmente en el ámbito minero y agrario, debilitó la capacidad reguladora. La politización del sistema judicial terminó de socavar su legitimidad. Cuando la justicia es percibida como dependiente del poder político pierde autoridad frente a la sociedad y lo que es más grave pierde capacidad de defensa frente a actores ilegales.

El resultado es el escenario actual: un sistema judicial vulnerable, operadores de justicia expuestos y economías ilícitas con capacidad de imponer reglas. En ese contexto, los asesinatos de Claure Hinojosa y Cruz Arancibia no son anomalías, sino síntomas de que la violencia ha dejado de ser excepcional para convertirse en un instrumento funcional dentro de disputas por poder y control.

Lo preocupante no es solo el hecho, sino el riesgo de normalización. Si la eliminación de jueces se percibe como parte del paisaje, el sistema judicial entra en autocensura. El miedo condiciona decisiones, retrasa procesos o impide que casos avancen. La ley deja de aplicarse no por falta de normas, sino por ausencia de condiciones para hacerla cumplir.

Bolivia enfrenta una disyuntiva. Puede seguir administrando la crisis con respuestas reactivas, investigaciones fragmentadas y discursos de condena que se diluyen. O puede reconocer que lo que está en juego es más profundo: la recuperación del monopolio legítimo de la fuerza y la reconstrucción institucional. Cuando matan a un juez, se debilita la idea de justicia y su reemplazo es la ley del más fuerte. En esa transición, estos nombres se convierten en advertencias de un país que se acerca a un punto crítico.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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