2026-05-14

La Tribuna

Táctica: el arte de ganar antes de jugar

El fútbol europeo contemporáneo no se juega únicamente en el césped; se juega primero en las pizarras, en los laboratorios de vídeo, en las sesiones de análisis que preceden al partido con la meticulosidad de una operación quirúrgica.

Antes de que el esférico existiera, antes de que los estadios se erigieran como catedrales laicas de las pasiones colectivas, la palabra que hoy convoca este editorial ya habitaba en la lengua de los que fundaron el pensamiento occidental. Del griego —el arte de la disposición—, desglosada en la raíz tassein, que no significa otra cosa que ordenar, y el sufijo, relativo a algo. La táctica, pues, no nació en un vestuario ni en una pizarra de entrenamiento; vio la luz en los campos de batalla de la Hélade, donde la victoria no pertenecía al más fornido sino al más ordenado. Que este vocablo haya recalado con toda su fuerza en el fútbol del siglo XXI no es una casualidad sino una genealogía: el deporte rey heredó, sin saberlo, la ciencia más antigua de la humanidad, aquella que consiste en convertir la anarquía en arquitectura.

Y, sin embargo, cuántos espectadores consumen el fútbol moderno como si fuera entretenimiento puro, epidérmico, desprovisto de cerebro. La táctica es, en esencia, lo opuesto a lo espontáneo: es la negación del instinto irreflexivo y la exaltación del designio premeditado. No es lo que se ve, sino lo que se lee. No es el gol que estalla, sino la cadena de decisiones silenciosas que lo precedió durante cincuenta segundos de posesión. El aficionado celebra la consecuencia; el estudioso, en cambio, venera la causa.

En el fútbol actual, la táctica no es una opción: es una necesidad. El dominio de la dimensión táctica se ha convertido en el factor diferenciador entre los entrenadores que improvisan y los que construyen equipos coherentes, competitivos y duraderos. En este siglo que ya lleva veintiséis años de andadura, ningún equipo de alto rendimiento triunfa por la sola acumulación de talento individual; el talento sin orden es música sin partitura, potencia sin dirección, luz sin foco.

El fútbol táctico es el conjunto de decisiones colectivas e individuales organizadas que un equipo aplica en cada una de las fases del juego, con el fin de alcanzar sus objetivos. Esta definición, austera en apariencia, esconde una vastedad filosófica que los grandes directores técnicos de nuestra época han sabido explorar hasta sus límites más recónditos. Son ellos —los arquitectos del juego contemporáneo— quienes mejor iluminan, con sus divergentes credos, lo que la táctica significa hoy.

Pep Guardiola representa la táctica como cosmogonía: un universo donde la posesión no es solo una estrategia sino una declaración de intenciones, el balón como instrumento de dominación existencial sobre el adversario. Diego Simeone, su antítesis más fervorosa, convierte la renuncia a la pelota en virtud cardinal: defensa en bloque bajo y transiciones veloces como credo inquebrantable. Son dos concepciones del mundo enfrentadas sobre un rectángulo de césped; la del poder que acumula y la del poder que aguarda. Carlo Ancelotti, el más sereno de los grandes, encarna una tercera vía: la flexibilidad como principio rector, ajustando el sistema en función de los jugadores y no a la inversa. Donde Guardiola moldea al jugador para servir al sistema, Ancelotti moldea el sistema para servir al jugador.

Luis Enrique, tras llevar al PSG a un histórico triplete que incluyó su primera Champions League en 2025, y ahora va por la segunda en 2026, encarna la inteligencia táctica que gestiona superestrellas sin abdicar de una identidad colectiva. Su fútbol es ofensivo, pero no anárquico, vertical pero no irreflexivo. Mikel Arteta, el discípulo más aventajado de Guardiola, ha inculcado en el Arsenal una nítida identidad táctica con sello propio, demostrando que la herencia intelectual, cuando se digiere con criterio y no se imita con servilismo, puede trascender al maestro. Estos cuatro nombres —junto al pétreo Simeone y al ecuánime Ancelotti— componen el mosaico doctrinal más representativo del fútbol de 2026: distintos en el método, unánimes en la convicción de que sin táctica no hay victoria posible, sino apenas accidente.

Confieso, con la honestidad que otorgan tres décadas largas de periodismo deportivo, que la táctica me ha resultado, durante buena parte de mi vida profesional, un territorio más intuido que comprendido. Cubrí finales, entrevisté campeones, describí goles que estremecieron continentes; y sin embargo, durante años, el entramado invisible que precede a cada jugada me resultaba tan hermético como un texto en sánscrito. No era ignorancia del deporte —era ignorancia de su gramática profunda. Porque el fútbol tiene dos capas: la superficial, que es la que se grita, y la subterránea, que es la que se estudia. Y es precisamente esta segunda capa la que, en el fútbol europeo de nuestros días, ha devenido en el idioma universal del análisis, en el denominador común sin el cual ningún comentario serio puede sostenerse. Hablar hoy de un partido de Champions League sin hablar de táctica es como hablar de una sinfonía sin hablar de armonía: se puede, pero se yerra.

Lo que antaño era un hermoso juego de hombres que perseguían un balón con destreza e inspiración se ha metamorfoseado, sin que muchos lo advirtiéramos, en una disciplina que reclama rigor científico y escrutinio académico. El fútbol europeo contemporáneo no se juega únicamente en el césped; se juega primero en las pizarras, en los laboratorios de vídeo, en las sesiones de análisis que preceden al partido con la meticulosidad de una operación quirúrgica. No es ya suficiente con tener piernas veloces ni pulmones portentosos; se exige ahora un intelecto entrenado, una capacidad de leer el espacio y el tiempo con la celeridad que antes se reservaba únicamente al instinto. El bello deporte se ha vuelto ciencia. Y como toda ciencia, merece no solo contemplación sino entendimiento; no solo espectadores sino lectores.

Y es aquí donde irrumpe, con la fuerza de lo ineludible, un concepto gemelo sin el cual la táctica no es más que arquitectura sin ladrillos: la técnica. Recuerdo con particular delectación una entrevista al español Vicente del Bosque, el hombre que en 2010 condujo a España a la cima del mundo, cuando afirmó con la parsimonia de quien no necesita elevar la voz para ser escuchado: la táctica debe ir de la mano con la técnica; los entrenadores no podemos aplicar táctica si nuestros jugadores no tienen técnica, porque cada uno de ellos en determinado momento debe resolver por cuenta propia y no puede equivocarse. En esa sentencia, lacónica y demoledora, Del Bosque trazó la línea maestra que separa el fútbol de las ideas, del balompié de los cuerpos. La táctica es la virtud colectiva, el designio del conjunto; la técnica es la creatividad individual, el dominio del esférico que se aprende de niño en la calle, entre amigos y sin entrenador, y que luego se pule y se eleva en las academias de formación. Una sin la otra es promesa incumplida: táctica sin técnica es estrategia sin ejecutantes; técnica sin táctica es talento sin destino.

Termino estas líneas no con la satisfacción del que ha llegado a una conclusión, sino con la inquietud fecunda del que ha entreabierto una puerta. Treinta años de periodismo me enseñaron a describir el fútbol; me queda aún, y lo asumo con grata humildad, aprenderlo en su dimensión más honda. Por eso, amable lector, le extiendo una invitación que es también una confesión: sigamos juntos este camino de comprensión táctica, usted desde su tribuna y yo desde la mía, ambos alumnos de un juego que tiene la generosidad de no acabarse de revelar nunca. Porque el fútbol, como la vida misma, siempre reserva para el curioso una capa más, una pregunta nueva, un misterio que espera ser ordenado. Y ordenar, como ya sabemos desde los griegos, es precisamente de eso de lo que trata la táctica.

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