2026-05-19

Mundial 1934

La batalla de Florencia fue el primer gran robo en los mundiales

El juego reveló las sombras tácticas del fascismo italiano en el Mundial de 1934 y la resistencia española, víctima de polémicas arbitrales y violencia.

El segundo Mundial de la historia se jugó en Italia porque “Il Duce”, Benito Mussolini, quería mostrarle al mundo el poder de su nación. Y para ello no habría medias tintas. La FIFA accedió a que los italianos organicen la Copa del Mundo bajo amenaza de muerte; los jugadores de Italia entraron a cada partido sabiendo que la consigna “ganar o morir” era literal y los árbitros —elegidos por la organización— sabían bien qué debía cobrar.

Y en ese contexto, se produjo el primer gran robo en los mundiales. Fue en la ciudad de Florencia donde el partido de cuartos de final entre Italia y España quedó marcado para siempre como “la batalla de Florencia”.

El equipo italiano hacía el saludo fascista antes de que empezaran los partidos. Toda la nación estaba bajo el poder dictatorial de Benito Mussolini, para quien ganar el Mundial era fundamental.

El partido de los cuartos de final se presumía áspero. Italia enfrentaba a España, que también tenía un buen equipo, con jugadores destacadísimos como el arquero Ricardo Zamora y su goleador, el vasco Isidro Lángara. Los dos seleccionados podían jugar, pero también podían pelear. Pero no era una pelea de iguales porque el árbitro fue totalmente parcial.

Y esa parcialidad estuvo a cargo del belga Louis Baert, quien permitió el juego brusco de los italianos sin ningún tipo de sanción disciplinaria, pero además tuvo fallos deliberados que perjudicaron a los españoles.

 

Benito Mussolini fue el protagonista nefasto del segundo Mundial de la historia.

 

Aun así, el partido finalizó 1-1 (tanto los 90 minutos como el tiempo suplementario de media hora). Como no había desempate por penales como ahora, se debió jugar un segundo partido de 90 minutos. Y el referí Baert fue clave para torcer la balanza, porque los españoles ganaban 1-0 y la igualdad llegó sobre el final del primer tiempo, con un gol de Ferrari gracias a que Schiavo (delantero italiano) sacó de circulación al arquero Zamora cometiéndole una clara infracción.

La “furia” española no era tanto por su estilo de juego, sino por la bronca que tenía ante lo que consideraba un despojo. Y razón no le faltaba, aunque apenas era el comienzo. A lo largo del segundo tiempo y el alargue, el robo fue escandaloso. Y el partido en Florencia, una batalla, según el medio TN.

No solo que el árbitro le había anulado un gol lícito a España, que pudo haber cambiado el rumbo de la historia, sino que permitió todo tipo de agresiones contra los españoles. El desempate fue a las 24 horas, por lo que el cansancio se hizo sentir en ambos equipos, aunque los españoles lo que más sintieron fue la ausencia de siete de sus titulares.

El arquero Zamora no pudo jugar porque tenía dos costillas fracturadas; el defensor Ciriaco, golpeado en un tobillo, tampoco jugó, y también se ausentaron como consecuencia de los golpes recibidos Lafuente, Gorostiza, Lángara, Iraragorri y Fede.

Italia llegó mucho mejor parada al desempate, partido en el que otra vez el árbitro fue protagonista: le anuló dos goles a España, impidiendo que pudiera dar vuelta al resultado que finalmente fue adverso: 1-0 para los italianos, con gol de Giuseppe Meazza.

Era “ganar o morir” y los jugadores italianos finalmente ganaron. Las semifinales y la final fueron un trámite, en comparación con la dureza de los cuartos de final, y Mussolini se salió con la suya: Italia superó en semifinales a Austria y en la final a Checoslovaquia. Y fue la mejor selección del mundo.

 
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