2026-06-10

La Tribuna

Mundial 2026: el amanecer de la epopeya

El Mundial de 1994, nunca más volví a sentir esa emoción: ver a mi país unido, vibrando como un solo corazón, fue la victoria más grande de todas.

Para quien escribe semanalmente esta columna, la vida se mide en ciclos de cuatro años, los mismos que marcan el pulso de las Copas del Mundo. Desde niño, sin comprender aún la magnitud del ritual, escuchaba a mis padres, abuelos, tíos y vecinos vibrar con las transmisiones radiales de México '70. Era un eco lejano, pero estremecedor, que me reveló el nombre corto y legendario de un jugador inmortal: Pelé. En aquel instante, comprendí que el fútbol no era solo un juego, sino un mito que se repetía cada cuatro años, como un reloj que marcaba la eternidad.

Alemania '74 me mostró que el fútbol era un campo de batalla donde se disputaba la supremacía universal. Allí emergieron nombres que parecían salidos de epopeyas medievales: Beckenbauer, Rivellino, Cruyff. El césped germano fue escenario de esa pugna titánica, y yo, aún como oyente radial, descubrí que cada selección era un ejército que luchaba por inscribir su estandarte en la eternidad. El balón era espada, los estadios fortalezas, y cada gol, un himno de victoria.

Con Argentina '78, la televisión estatal se convirtió en oráculo. El fútbol se reveló en toda su dimensión, y la Albiceleste, con Mario Kempes, Daniel Passarella y Daniel Bertoni, conquistó su primer título y transformó la pantalla en altar. El Mundial dejó de ser un relato contado y se convirtió en visión compartida, un espectáculo que nos unía en simultáneo, como si el planeta entero respirara al compás de un balón.

Los mundiales siguientes fueron capítulos de una saga que se expandía con héroes y tragedias: España '82 con Paolo Rossi, México '86 con Maradona y la “mano de Dios”, y el mejor gol de la historia del fútbol, ambos ante Inglaterra y luego conquistando el segundo título para los argentinos. Italia ´90 con la épica germana, y Estados Unidos ´94 con el drama de Roberto Baggio. Cada torneo era un poema épico, un canto coral que nos recordaba que la gloria y la derrota son hermanas inseparables, que el fútbol es metáfora de la vida misma.

Ese 1994, el año en que mi propia patria, Bolivia, se convirtió en protagonista de la epopeya. El equipo de Xavier Azkargorta abrió el Mundial enfrentando a la poderosa Alemania, con un once que llevaba en sus botas la esperanza de un país entero: Trucco en el arco; Sandy, Quinteros, Rimba, Borja y Cristaldo en defensa; Soria, Melgar, Baldivieso en la media cancha; Sánchez y Ramallo en el ataque. En el segundo tiempo, Marco Etcheverry, aquel genio que, al minuto de ingresar, fue expulsado por el árbitro mexicano Arturo Brizio Carter, como si los dioses del destino decidieran probar nuestra resistencia. Luego vinieron los duelos con Corea y España, y aunque los resultados no nos favorecieron, el sueño estaba cumplido. Nunca más volví a sentir esa emoción: ver a mi país unido, vibrando como un solo corazón, fue la victoria más grande de todas.

La modernidad trajo nuevas gestas: Francia '98 con Zidane coronando a los galos; Corea-Japón 2002 con el Brasil de Ronaldo; Alemania 2006 con el cabezazo de Zidane como tragedia; Sudáfrica 2010 con el canto de Shakira y el gol de Iniesta que dio a España su primera estrella. El fútbol se convirtió en idioma universal, capaz de unir continentes bajo un mismo relato. Luego llegaron Alemania 2014 con su máquina perfecta, Rusia 2018 con la coronación de Francia, y Qatar 2022, donde Argentina, guiada por Lionel Messi, alcanzó la gloria en un desenlace que pareció escrito por Homero.

 

 

Hoy comienza una nueva odisea. México, Estados Unidos y Canadá se unen como anfitriones de un torneo expandido a 48 selecciones, con 104 partidos que recorrerán 16 sedes. El Estadio Azteca abrirá el telón con México - Sudáfrica, mientras cientos de millones de espectadores se preparan para vivirlo en televisión y miles lo harán en carne propia. La FIFA, con su maquinaria de miles de millones de dólares, convierte este evento en el espectáculo más lucrativo del planeta. Pero más allá de cifras y contratos, lo que inicia es un viaje épico, un relato colosal que nos recuerda que cada cuatro años, la humanidad se detiene para rendirse ante el mito eterno del fútbol.

Es como si el planeta entero se transformara en un tablero de ajedrez cósmico, donde cada movimiento, cada gol, cada derrota, es una pieza que se acomoda en la gran sinfonía del destino. La novedad no es solo numérica: es simbólica, pues este Mundial inaugura una era de amplitud, de buen fútbol, de diversidad, donde los héroes emergen de geografías antes silenciadas. Incluso naciones en pleno conflicto bélico comparten participación en el certamen deportivo. Ese es el Mundial de Fútbol.

Las estrellas que iluminarán este torneo son constelaciones vivientes: Kylian Mbappé, Erling Haaland, Vinícius Jr., Jude Bellingham, y tantos otros que representan la juventud que arremete contra la historia. Pero también será el último canto de cisne para figuras inolvidables, gladiadores que se despiden del escenario mundialista: Leo Messi, Luka Modrić, Cristiano Ronaldo, Neymar Jr. quienes con su talento han escrito capítulos que rivalizan con las epopeyas napoleónicas Este Mundial será, pues, un cruce de generaciones, un duelo entre la aurora y el ocaso, entre la promesa y la despedida, entre la esperanza y la nostalgia.

Los favoritos se alzan como imperios que buscan perpetuar su hegemonía: Brasil con su samba guerrera, Francia con su maquinaria de precisión, Alemania con su disciplina férrea, Argentina con la mística renovada del campeón vigente. Pero en el reverso de esa moneda, las selecciones emergentes —Marruecos, Japón, Ecuador, Senegal— se presentan como insurgentes que desafían la jerarquía establecida. El Mundial 2026 será un teatro de contrastes: la luz contra la sombra, la tradición contra la innovación, la certeza contra la sorpresa. Y en ese escenario, cada partido será una odisea, cada gol un verso, cada derrota una elegía.

¡Hoy comienza el Mundial!

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