jueves 16 de julio de 2026

Hilando Fino Mundialsta

El partido que nunca terminó

Hay encuentros que trascienden los noventa minutos y siguen jugándose en la memoria de los pueblos.
jueves 16 de julio de 2026

Hay selecciones que juegan al fútbol. Y hay selecciones que juegan con el corazón.

Qué difícil es explicar lo que ocurre cuando un equipo deja de correr con las piernas y empieza a hacerlo con el alma. Cuando el cansancio desaparece porque el orgullo pesa más que los músculos. Cuando rendirse deja de ser una opción.

Los argentinos crecieron aprendiendo que, aunque todo parezca perdido, siempre queda una última batalla por pelear.

La historia les dejó cicatrices profundas. Un día, miles de jóvenes fueron enviados a defender las Malvinas con más coraje que recursos. Los "Pibes de Malvinas" enfrentaron a una de las mayores potencias militares del mundo, empujados por decisiones políticas que jamás debieron recaer sobre sus hombros. Muchos entregaron la vida convencidos de que cumplían con su patria.

Cuatro años después, en México 1986, aquella herida seguía abierta. Entonces apareció Diego Maradona para conducir a un ejército de once hombres que representaba a millones de argentinos. La "Mano de Dios" y el Gol del Siglo trascendieron el fútbol: para un pueblo fueron una revancha simbólica, una forma de recuperar dignidad donde las armas ya habían callado.

Desde entonces, cada Argentina-Inglaterra dejó de ser un simple partido. Es una batalla especial entre dos selecciones marcadas por una historia que aún duele. Hay heridas que nunca terminan de cerrar, y el fútbol, sin borrar el pasado, suele ofrecer el bálsamo que alivia el dolor de la memoria.

La historia demuestra que, muchas veces, las tensiones políticas terminan reflejándose en los escenarios deportivos. Allí las fuerzas suelen ser más parejas y las banderas vuelven a encontrarse sin disparos, pero con la misma intensidad emocional.

Y hoy volvió a ocurrir.

Se vio otra vez el pundonor argentino. Futbolistas golpeados, exhaustos, heridos, que jamás bajaron la cabeza. El cansancio nunca pudo más que el orgullo. Solo existía un camino: seguir avanzando.

Frente a ellos estaba Inglaterra. Y del otro lado apareció una Argentina que atacó sin descanso. Messi fue el comandante que sostuvo a todo un ejército cuando las fuerzas parecían agotarse. Lautaro Martínez apareció como un Exocet (misil antibuque utilizado por Argentina durante la Guerra de Malvinas): un cabezazo preciso, una explosión de esperanza y un grito que cruzó el Atlántico para convertirse en victoria.

Porque algunos partidos nunca terminan cuando el árbitro pita el final.

Este fue, una vez más, el partido que nunca terminó.

Y mientras exista un corazón dispuesto a pelear hasta el último segundo, Argentina seguirá demostrando que hay victorias que valen mucho más que una copa.