Líbero
La fiesta ha comenzado
Tras el pitazo inicial en el Azteca, con más de 80 mil espectadores para el partido que el anfitrión México, con regular desempeño, le ganó a Sudáfrica (2-0), comencé a rememorar, en medio de nuestra ciudad sitiada, los mundiales vividos y, como en un cuadro de Piet Mondrian, se compuso un colorido y feliz lienzo con retazos.
Conté 15 mundiales (!), incluido el actual, y no sé cuántos bloqueos de Evo Morales. Los recuerdos felices se entremezclaban con las amargas reflexiones sobre la dureza del cerco, como si viviéramos bajo un catenaccio riguroso, periódico y perpetuo, pero gestionado por fuerzas oscuras.
Estamos sitiados, como en 1781 y otras veces, pero recordemos que cuando comienza a rodar el balón, se convoca al azar, a la incertidumbre, y siempre habrá la fuerza del trabajo de equipo y la genialidad de las individualidades para dominar el caos.
Así salieron de dificultades célebres oncenos en partidos duros y adversos. Difícilmente se verá jugar, por ejemplo, a otra “Naranja Mecánica”-diferente a la del genial Stanley Kubrick-, como la que quedó segunda en los mundiales del 74 y 78.
Y si de individualidades se trata, todavía tengo en las retinas al Pelé del 70, cuando se consagró como ídolo global, y al Cruiff del 74, cuando predicó el fútbol total. Así es este juego, como el cerco de Troya: Homero se concentra más en Aquiles, el casi invulnerable pélida hijo de una diosa, y en Héctor, el esforzado y valiente príncipe de la ciudad amurallada, hijo de Príamo, porque son los símbolos de esa guerra y no tanto en los miles que murieron durante 10 años en el asedio griego de esa ciudad finalmente devastada.
Sitiado también estaba Maradona por casi todos los jugadores ingleses, en México 86, cuando recibió ese balón en la media cancha y, pese a las dificultades -como ahora, cuando escasean los alimentos, el oxígeno y los medicamentos-, encaró y barrió a toda la defensa de la Pérfida Albión para marcar el mejor gol que he visto en 15 mundiales, que me hizo lagrimear frente al televisor y que tuvo tanto simbolismo político.
Tal vez sea por eso que me gustan más los equipos largos y no los anchos, que exageran hasta el hastío con el catecismo del tiki-taka de Pep. Que son, por definición, los dueños del vértigo.
He nombrado esta columna mundialista en homenaje al Kaiser. Lo recuerdo como el eterno e indiscutible líder de la Mannschaft, con el balón dominado, con la cabeza levantada como capitán de un proceso destructor de sus rivales, como una locomotora capaz de derrotar la entropía brutal de este juego épico…Trato de olvidar que estamos cercados, pero creo firmemente que con el equivalente político de un conductor como el líbero Beckenbauer ya habríamos recuperado hace mucho nuestra menoscabada libertad política.