2026-06-23

Historia

La noche de San Juan se reinventa: menos fogatas y más encuentros familiares

La tradicional fiesta de San Juan, que antes reunía a barrios enteros alrededor de las fogatas, cambió con el paso de los años. Las restricciones ambientales, la transformación urbana y los nuevos hábitos hicieron que la celebración pase de los espacios comunitarios a reuniones más íntimas en familia.

Durante décadas, la noche de San Juan fue sinónimo de comunidad, fuego y tradición. En barrios de La Paz, los vecinos se reunían alrededor de una gran fogata instalada en el patio de una vivienda, un terreno baldío o incluso en medio de las calles empedradas. Las llamas eran alimentadas con leña y objetos considerados en desuso, como cajones viejos, ropa gastada y otros elementos que representaban aquello que debía quedar atrás.

“Era, principalmente, una fiesta de la comunidad. Se reunían los vecinos, que se conocían entre todos. Se compartían los tradicionales ponches, el sucumbé y los niños jugábamos, mientras los adultos conversaban”, recordó la investigadora Sayuri Loza, en una entrevista anterior con Visión 360, al referirse a la celebración de hace unos 40 años.

La festividad del 24 de junio tiene raíces religiosas y culturales. Según la tradición católica, la fecha recuerda el nacimiento de San Juan Bautista, anunciado por su padre San Zacarías mediante el encendido de una hoguera. La celebración llegó desde España durante la Colonia y se mezcló con las creencias originarias vinculadas al cierre del ciclo agrícola.

“El festejo cristiano coincidía con el fin del ciclo agrícola. Entonces, la fogata del anuncio del nacimiento de Juan el Bautista se convirtió en la hoguera de lo que ya no sirve”, explica el historiador paceño Fernando Cajías.

Con el paso del tiempo, la dimensión religiosa quedó relegada y la fiesta adquirió un carácter más social. Las fogatas crecieron, la diversión tomó protagonismo y la tradición de quemar lo viejo se convirtió en un acto simbólico de despedir el pasado y recibir nuevas etapas.

Loza señala que San Juan también tuvo un componente de rebeldía durante la época colonial, cuando la quema de objetos considerados inútiles incluía elementos que eran valorados por las autoridades españolas, evitando así el pago de ciertos tributos.

Una fiesta para todos

A diferencia de otras celebraciones, San Juan tenía la particularidad de reunir a familias completas. Niños, jóvenes y adultos encontraban una actividad dentro de la fiesta: desde juegos alrededor del fuego hasta conversaciones entre generaciones.

“Los recuerdos que tengo de mi infancia siempre son de encuentros grandes. Amigos de toda edad se reunían en grupos para realizar varias actividades a la luz de las llamas”, recuerda Cajías.

La comida también era parte esencial de la noche. Antes de la popularización de los hot dogs, la mesa estaba acompañada por bebidas como chocolate, ponches y sucumbé, además de buñuelos con api, salchichas y masmelos preparados para compartir.

La noche se llenaba de juegos y relatos. Algunos se animaban a saltar la fogata, mientras los niños jugaban con las tradicionales “estrellitas”. También era común escuchar historias de fantasmas contadas por los mayores alrededor del fuego.

Además, la fecha estaba vinculada con prácticas de adivinación. En distintos lugares del país, las personas buscaban conocer su futuro mediante métodos como la lectura del plomo fundido, la espuma de la cerveza o la forma que tomaba un huevo colocado en una bebida.

“Estas etapas de cambio son especiales para la gente que cree en la adivinación. Es una forma de luchar contra la incertidumbre que provoca la transición”, explica Cajías.

El fin de las grandes fogatas

La transformación de San Juan comenzó con las preocupaciones por la contaminación. En la década de 1980, los medios de comunicación ya advertían sobre el humo que cubría la ciudad después de las quemas masivas.

Con el paso de los años, las autoridades comenzaron a controlar las fogatas por sus efectos ambientales. Sin embargo, mientras disminuían las quemas tradicionales, aumentó el uso de fuegos artificiales y cohetillos, generando nuevas molestias, especialmente para los animales domésticos.

A esto se sumaron los cambios en la vida urbana. El crecimiento de la ciudad y la construcción de edificios redujeron los espacios disponibles para encender fogatas.

“Cada vez menos gente vive en casas con patios lo suficientemente grandes como para encender una fogata con seguridad. Ahora se vive más en departamentos y condominios”, afirma Loza.

La celebración también perdió fuerza al dejar de ser feriado el 24 de junio. La obligación de volver al trabajo al día siguiente hizo que muchas familias opten por reuniones más pequeñas y tempranas.

Así, la antigua fiesta barrial de grandes fogatas dio paso a una versión más íntima. San Juan se redujo en tamaño, pero mantiene su esencia: reunirse, compartir y renovar la esperanza de dejar atrás lo viejo para abrir camino a lo nuevo.

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