Verdades, medias verdades y mentiras sobre el tipo de cambio
Tan pronto como el ministro de Economía anunció la adopción de un tipo de cambio flotante y administrado, los medios de comunicación registraron las opiniones de muy conocidos profesiones y de políticos sobre el tema.
La Vicepresidencia del Estado, en un comunicado, afirmó que “el régimen cambiario no resuelve el déficit fiscal, la caída de las exportaciones o la falta de dólares: sin dólares genuinos y sin confianza, el tipo de cambio flotante deja de ser estabilizador y acelera la inflación y la incertidumbre”; y acusó al ministro de economía de usurpar funciones porque “el régimen cambiario corresponde al BCB”.
Conocidos economistas consultados por los medios, coinciden en que el Ministerio de Economía habría usurpado funciones, y en que la flotación no crea dólares, por lo que, el éxito de la medida, dependerá de estabilizar la oferta incrementando las exportaciones que sumen dólares a las RIN. Coinciden también en que, la actual crisis, se origina en un descontrolado gasto público, por lo que insisten en la disciplina fiscal y la estabilidad monetaria, como condiciones necesarias para generar, en la sociedad, confianza respecto al nuevo esquema cambiario.
Finalmente, explican los vínculos causales a partir de que el gasto del gobierno se cubre imprimiendo billetes y con crédito (endeudamiento) externo; la emisión inorgánica lleva a la pérdida de poder adquisitivo del boliviano, a su devaluación y a la gestación de la inflación. Además, para honrar las deudas con el exterior, se usan las divisas o se vende el oro monetario de las reservas.
Esta es la narrativa dominante. A pesar del generalizado consenso entre las opiniones que registran los medios a partir del anuncio sobre la flotación del tipo de cambio, en esa narrativa, hay más medias verdades y mitos, que verdades.
De inicio, la página WEB del Banco Central de Bolivia señala muy claramente que, de acuerdo con los artículos 327 y 328 de la CPE, las atribuciones del BCB son (1) Determinar y ejecutar la política monetaria; y (2) Ejecutar la política cambiaria. Implica, claramente, que, en el ámbito cambiario, el BCB no determina las políticas, solo las ejecuta, de manera que nadie le está usurpando funciones al determinar la política cambiaria. Suficientes problemas tenemos en el país como para aumentar inquina innecesariamente. Detalles como éste, sugieren mala intensión en la crítica, lo que les resta credibilidad, y deberían ser verificados por los medios que difunden esas opiniones.
Pero, lo que motiva esta nota, es la persistencia de un errado razonamiento a partir de supuestas relaciones de causa y efecto desvirtuadas por la realidad con evidencias documentadas. El imaginario del pensamiento económico ortodoxo, asocia, la depreciación de la moneda, a la inflación siguiendo la secuencia: depreciación cambiaria → aumento de precios → emisión monetaria → aceleración inflacionaria como una cadena causal real. Pero en la historia económica documentada, no existe un solo caso donde la secuencia ocurra como plantea la narrativa. De hecho, como venimos mostrando regularmente, insistir en tal causalidad refleja más un endeble marco teórico importado, que la experiencia histórica concreta.
Aunque se presenta esta cadena como de un “manual” de crisis cambiaria, en la práctica los procesos inflacionarios dependen de múltiples factores que incluyen, entre otros, la credibilidad institucional, estructura productiva, expectativas sociales y capacidad fiscal. En los casos más conocidos de hiperinflación como Weimar (1923), Hungría (1946), Bolivia (1984), Yugoslavia (1994), Zimbabwe (2008) y Venezuela (2010s), la dinámica no siguió la narrativa ortodoxa y fue mucho más compleja.
Más allá de estos ejemplos globales, el comportamiento general de las economías muestra, fuera de toda duda, que el superávit o equilibrio fiscal es la excepción, no la regla: con datos del BM/FMI para unas doscientas economías entre 1990 y 2024, mostramos que cerca del 90% de los 6,800 resultados anuales fueron de déficit, mientras que los pocos casos de equilibrio o superávit fiscal, correspondía a economías con saldos comerciales muy favorables.
Esto es exactamente lo que establecen las identidades contables básicas, pero la economía ortodoxa insiste en ignorar. Bolivia, en 124 años de historia económica, no tuvo más de una veintena de años con superávit, siendo el período 2008 al 2014 el más largo. La China, que en dos generaciones a sacado de la pobreza a casi mil millones de personas, incurre en déficit todos los años para los que ha publicado datos, llegando a déficits cercanos al 10% en los últimos años.
En nuestra experiencia inmediata, luego del boom de las materias primas que generó superávit fiscal entre 2008 y 2014, desde 2015 acumulamos déficits fiscales todos los años, pero ni hay acreedor alguno al que el país (menos, nuestros hijos) deba el monto de los déficits, ni éstos generaron procesos inflacionarios: el aumento de precios a partir del 2024 se debió, claramente, al tema de la falta de dólares –que es el principal precio de referencia en nuestra economía. y al descontrolado “mark-up” en el comercio, que busca pescar en río revuelto.
Además, producto de la acelerada financiarización de la economía desde 2006, el crédito bancario ha creado varias veces más dinero que el que pudo haber impreso el Banco Central. En este ámbito, además, se han generado peligrosas burbujas porque, en sectores como la construcción y en ciertos sub sectores de la manufactura, el valor de la cartera ha superado el PIB sectorial (que mide la capacidad de agregar valor); frente a este sobre endeudamiento de la economía real, el sistema financiero logró, en el peor año de la crisis (2025), duplicar utilidades hasta 500 millones de dólares.
En síntesis, insistir en la causalidad déficit → depreciación → inflación es más “un ejercicio teórico despistado” que una lección histórica. La evidencia muestra que la inflación extrema surge de crisis fiscales, sociales y productivas complejas y profundas, no de una cadena mecánica lineal entre tipo de cambio, emisión monetaria y tasas de interés.
La realidad boliviana hoy, es compleja y peligrosa. Precisamente por ello, quienes tenemos acceso a los medios para expresar nuestras opiniones, debemos ejercitar el mayor cuidado posible para que nuestras opiniones estén sustentadas en reflexiones honestas, hechos verificables, y razonamiento crítico. Si no nos comprometemos a buscar la verdad a todo costo, seremos cómplices de ahondar las condiciones de pobreza y marginalidad que mellan la dignidad de demasiada gente en Bolivia.