Democracias bajo examen: Perú, Colombia y la crisis de confianza
Hay experiencias que enseñan más que decenas de libros. No porque sustituyan a la teoría, sino porque la ponen a prueba. En las últimas semanas tuve el privilegio de vivir dos de ellas desde un lugar excepcional. Primero, como asesor político de Víctor Rico, jefe de la Misión de Observación Electoral de la OEA durante el proceso peruano y después, como observador internacional invitado por el Consejo Nacional Electoral de Colombia. Dos países. Dos elecciones. Dos democracias sometidas a una enorme presión. Y una misma pregunta de fondo: ¿qué tan sólidas son realmente nuestras instituciones democráticas?
La respuesta, como casi siempre en política, no admite simplificaciones. Perú y Colombia organizaron procesos electorales técnicamente impecables. En ambos casos encontré autoridades electorales profesionales, una logística admirable, miles de funcionarios comprometidos y una amplia presencia de observadores nacionales e internacionales. Sin embargo, lo verdaderamente interesante no ocurrió en las mesas de votación, sino fuera de ellas. Hace ya varias décadas, Juan Linz advertía que las democracias no suelen morir porque fallen las leyes, sino porque dejan de creer en ellas quienes deberían defenderlas. Esa idea volvió una y otra vez mientras recorría ambos procesos. Las urnas funcionan, pero lo que empieza a resquebrajarse es la confianza.
En Perú, esa desconfianza terminó convirtiéndose en protagonista. La diferencia mínima entre los candidatos abrió paso a semanas de impugnaciones, acusaciones de fraude y una tensión política que terminó contaminando incluso a quienes nunca participaron del proceso electoral. Las misiones internacionales fueron claras. No existían evidencias de un fraude sistemático. Pero ya era demasiado tarde. Como tantas veces ocurre en nuestros países, los hechos habían comenzado a perder la batalla frente a las percepciones.
Colombia ofreció un escenario diferente. También allí la polarización alcanza niveles extraordinarios. También allí las campañas se desarrollan bajo un clima emocional intenso. Pero observé algo que merece destacarse, una mayor capacidad institucional para administrar el conflicto sin que este terminara desbordando al sistema. Las diferencias políticas fueron profundas, pero las reglas conservaron suficiente legitimidad para procesarlas. No es una diferencia menor. La democracia no consiste en que todos piensen igual. Consiste precisamente en administrar civilizadamente los desacuerdos. Y cuando las instituciones logran que quienes ganan y quienes pierden acepten las mismas reglas, la democracia demuestra su mayor fortaleza.
Sin embargo, sería ingenuo quedarse con esa conclusión optimista. En ambos países aparece un fenómeno que atraviesa ya casi toda América Latina. La política ha dejado de ser una competencia entre adversarios para convertirse en una confrontación entre enemigos. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt describen este proceso como la erosión silenciosa de las democracias. No hace falta un golpe de Estado cuando la deslegitimación permanente destruye la confianza pública. Las redes sociales han acelerado este fenómeno hasta extremos preocupantes. Hoy las elecciones ya no se disputan únicamente en las urnas y se resuelven en los teléfonos celulares. La velocidad con la que circula una mentira suele ser infinitamente superior a la capacidad institucional para desmentirla. La emoción desplaza al dato. La sospecha reemplaza a la evidencia. Y el algoritmo premia siempre el conflicto.
Quizá por eso la observación internacional adquiere hoy un valor distinto al que tenía hace apenas veinte años. Ya no basta con verificar que los votos se cuenten correctamente. Hay que observar el ecosistema completo. La calidad de la información, la transparencia del financiamiento, el comportamiento de las plataformas digitales, la comunicación institucional y, sobre todo, el período posterior a la elección, cuando comienza la verdadera prueba de resistencia democrática. Guillermo O'Donnell sostenía que las democracias latinoamericanas habían logrado consolidar procedimientos electorales relativamente estables sin resolver completamente sus problemas de representación. Creo que Perú confirma dramáticamente esa tesis. Colombia, en cambio, demuestra que instituciones sólidas pueden contener la crisis, aunque no eliminarla.
Después de participar en ambos procesos, regreso con una convicción fortalecida. El mayor desafío de nuestras democracias ya no consiste únicamente en garantizar que cada ciudadano pueda votar. Ese objetivo, con enormes esfuerzos, ha sido alcanzado en buena parte de la región. El verdadero reto consiste en lograr que los ciudadanos crean en el resultado, incluso cuando su candidato pierde. Porque la democracia comienza mucho antes de depositar el voto y termina mucho después del escrutinio. Al final, una elección no mide solamente la fuerza de los partidos. Evalúa, sobre todo, la madurez política de una sociedad. Es un examen colectivo de nuestra capacidad para convivir con quien piensa distinto. Es la prueba de fuego de nuestra voluntad de seguir compartiendo las mismas reglas aun cuando el resultado no nos favorezca.
Eso fue lo que vi en Perú y en Colombia. Dos elecciones distintas. Dos realidades políticas diferentes. Pero es la misma enseñanza que debería preocuparnos a todos los latinoamericanos. Las instituciones pueden organizar elecciones impecables, pero lo verdaderamente difícil es preservar la confianza que hace posible la democracia. Y esa confianza, como ocurre con todas las cosas valiosas, tarda años en construirse y apenas unos días en perderse.