La Tribuna
Paso a paso, Bolívar se gana la fe
Hay victorias que se gritan con la garganta, pero se mastican con la cabeza. Lo de Bolívar frente a Grêmio en la Copa Sudamericana no fue una tarde más en el calendario; fue un respiro profundo para las arcas del club, una caricia al orgullo futbolero del país y, sobre todo, una muestra clara de cómo este deporte te premia si sabes jugar tus cartas cuando la mano viene brava.
Frente a un rival brasileño, la balanza siempre arranca torcida. Pensar en la brecha económica, el universo de jugadores y la infraestructura entre el fútbol brasileño y el nuestro es aceptar que cada llave internacional es un duelo calcado entre David y Goliat. Pero la pelota tiene esa magia única: no entiende de presupuestos ni de nombres pesados cuando el árbitro pita el inicio. Si en el césped demuestras orden, carácter y superioridad en los momentos clave, la hazaña deja de ser un milagro y se convierte en mérito.
En la calle y en la tribuna todos llevamos un DT adentro. Tras la clasificación, arrancó el debate de café sobre qué cambió realmente con la llegada de Alejandro Restrepo. Tampoco se trata de tirarle flores a ciegas ni de elevarlo al altar tras un par de partidos, pero hay virtudes que no se pueden tapar con la mano. Con poquísimo tiempo de trabajo es imposible implantar un modelo nuevo o pretender que el plantel digiera una filosofía de la noche a la mañana. Sin embargo, el estratega colombiano tuvo la lucidez de dar un mensaje claro, sin romper la identidad ni el ADN del juego académico, pero devolviéndole la solidez que tanto se le reclamaba.
Escucho a más de uno decir que “es el mismo Bolívar de Robatto”, pero eso es mirar el partido de espaldas a la cancha. Plantel hay uno solo a mitad de año y las caras son casi las mismas, pero las funciones cambiaron. Restrepo apostó por el pragmatismo: reacomodó las fichas, paró cuatro volantes bien plantados, soltó a dos hombres arriba y atacó el mal que padecía Bolívar hace temporadas: una defensa frágil, expuesta y siempre partida. Ante Grêmio se vio un equipo compacto, con cobertura, que casi no sufrió mano a mano ni regala la espalda.
Nadie promete el cielo porque el éxito jamás se construye de un día para otro. Pero este equipo ya le regaló un alegrón de esos que se festejan con la camiseta puesta en la semana y, sobre todo, se ganó el derecho al beneficio de la duda. Ahora se viene otro gigante como São Paulo, pero la temperatura en la hinchada es distinta: ya son poquísimos los derrotistas que dicen que la llave está perdida. La fe está intacta y, paso a paso, veremos de qué es capaz nuestro único representante en pie en el continente.