2026-08-05

Buscando la verdad

Dios ya hizo su parte… ahora nos toca a nosotros

Hoy estamos pagando el altísimo costo de aquella impericia, sin embargo, la esperanza es lo último que se pierde.

Cada 6 de Agosto, fecha en que se recuerda la fundación de la República de Bolivia en 1825, la prensa suele requerir una evaluación para saber cómo está el país. No siendo este año la excepción, a la luz de la delicada situación política, económica y social en la que nos encontramos, decidí preguntarme: ¿Por qué es que teniéndolo todo, no hemos podido avanzar más, y más rápidamente, y qué es lo que nos está faltando para ello? Me contesté que nos faltan buenas políticas públicas para aprovechar el gran potencial que tenemos por activar para progresar y, lamentablemente, nos sobran, gente altamente ideologizada; Organizaciones No Gubernamentales (ONG) que lucran con la pobreza; analistas que siempre tienen “un problema para cada solución”; políticos desubicados e inmisericordes, y, bloqueadores y avasalladores que, literalmente, se pasan la Ley por el forro.

No hay que tener mucha imaginación para avizorar todo lo que podríamos hacer, siendo que Dios fue especialmente generoso con Bolivia dándonos mucho más de lo que merecemos...

No solo nos regaló un inmenso territorio que se ubica entre los treinta países más extensos del planeta, sino que lo dotó de todos los pisos ecológicos imaginables, desde las nieves eternas en la faja andina, hasta la vasta y exuberante región amazónica; desde los fértiles valles hasta las interminables llanuras orientales; desde la rica zona del Chaco hasta los humedales del Pantanal; además, Dios nos bendijo con una de las mayores reservas de agua dulce del Continente; bosques naturales que cubren casi la mitad de la geografía nacional y una profusa biodiversidad que el mundo entero admira. ¡No solo eso!

También nos bendijo con vastas tierras aptas para hacer agricultura y extensas sabanas para criar ganado, y alimentar a millones de personas en el mundo; nos prodigó inmensas reservas de hierro, litio, tierras raras y minerales estratégicos; un enorme potencial para producir energía hidroeléctrica, solar, eólica y biocombustibles; un patrimonio histórico, cultural, religioso y un envidiable acervo natural, gastronómico y otras posibilidades para hacer del turismo receptivo una de las principales fuentes de ingreso de divisas para el país.

Pero, más allá de los recursos naturales y por encima de todo, nos dio un pueblo trabajador, con capacidad de sacrificio: Millones de bolivianos madrugan cada día para sembrar, fabricar, transportar, comerciar, prestar servicios, educar, investigar, emprender o atender un pequeño negocio familiar, como una parte importantísima de la economía nacional.

Entonces, surge el cuestionamiento: ¿Cómo es que en un país tan privilegiado, millones de bolivianos siguen sufriendo la pobreza? La respuesta no está en la falta de recursos, menos en la capacidad de nuestra gente, sino, en las equivocadas decisiones que han venido tomando los políticos y administradores del Estado boliviano por más de dos siglos.

Hace veinte años se soñó en “convertir a Bolivia en Suiza”, una aspiración política y retórica, pero el tiempo demostró que el desarrollo de un país no se sustenta en consignas, sino, en instituciones sólidas y recursos humanos altamente capacitados, un marco regulatorio atractivo para la inversión privada y políticas públicas acertadas, sustentadas en una mirada prospectiva de futuro antes que en una evocación lastimera de 500 años atrás.

Es justo reconocer que entre 2006 y 2025 el país registró importantes avances económicos y sociales -las estadísticas lo demuestran- pero no menos cierto es que Bolivia desaprovechó olímpicamente el período de mayor bonanza de la historia contemporánea que le prodigó ingentes cantidades de recursos como para encarar con solvencia las profundas reformas estructurales aún pendientes que habrían cambiado su destino para bien, definitivamente.

Se perdió la posibilidad de diversificar la economía; invertir en infraestructura, exploración energética, educación de calidad, ciencia, tecnología, innovación, conocimiento y en logística e integración; no solo perdimos el mar, definitivamente, sino que dejamos de ser parte de los corredores interoceánicos al pasar de ser un país de integración a ser un país-tapón y, en vez de fortalecer las instituciones se las sumió en la corrupción y el descrédito.

Hoy estamos pagando el altísimo costo de aquella impericia, sin embargo, la esperanza es lo último que se pierde, confiando en que así como los pueblos verdaderamente grandes no son los que nunca se equivocaron sino los que aprendieron de sus errores y tuvieron el coraje de corregir el rumbo, igual Bolivia.

Estando en curso la necesidad de hacer algo distinto a partir del nuevo ciclo político iniciado en noviembre de 2025, le invito a que -con fe y dejando atrás el pasado- se sume a mi oración a Dios para pedirle, en el nombre de Jesús, que la “otra Bolivia posible”, esa “Bolivia digna y soberana” de la que tanto se habló, se logre con el trabajo de nuestro empresariado, para consagrar la “Bolivia productiva y exportadora” que tanto necesitamos.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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