Desempleo: La tercera herida que desangra la economía y calienta las calles
Los números fríos que presentó el INE sobre la desocupación esconden realidades calientes. Al segundo trimestre de 2026, la desocupación en Bolivia trepó del 3,1% al 3,4% respecto al mismo periodo de 2025. Puede parecer un salto pequeño, pero en términos humanos significa 58.000 puestos de trabajo perdidos. Y lo más alarmante: es la primera vez en cinco años que este indicador repunta, rompiendo una racha que ni siquiera la recesión, que vivimos hace dos años, había logrado quebrar hasta ahora.
La magnitud del problema se entiende mejor cuando se observa dónde se destruyó empleo. Los rubros que sostienen el empleo cotidiano de las familias bolivianas se desplomaron: Alojamiento y comidas perdió aproximadamente 45.000 ocupados; Construcción, 43.000; Comercio, 41.000; Industria manufacturera, 12.000; y Administración pública, defensa y seguridad social, otros 6.000.
Mientras tanto, solo Servicios de Educación (+27.000) y otras ramas menores (+62.000) lograron sumar, insuficientes para compensar la pérdida general.
La tercera herida que se abre
Lo más inquietante es el contexto: los bolivianos ya llevábamos sangrando en dos heridas: la recesión económica y la inflación, pero la ocupación resistía y seguía creciendo. Hoy, la tercera herida se abre: el desempleo.
No estamos, por tanto, frente a un fenómeno que pueda explicarse únicamente por el bloqueo de 53 días registrado en el departamento de La Paz y algunas otras regiones El deterioro del empleo responde a una combinación de factores que apuntan a un problema económico más profundo.
El primer factor: una economía que ya no se enfría, se congela
El primero, y quizás el más determinante, es la política económica contractiva o restrictiva impulsada por el gobierno de Rodrigo Paz.
La devaluación oficial del dólar, el encarecimiento de los combustibles, la paralización de obras públicas, el freno a la inversión estatal, el techo a la masa monetaria y el alza del encaje legal no son medidas inocuas: todas ellas "enfrían" la actividad productiva y contraen el consumo familiar.
Es la lógica del torniquete: se aprieta la economía para contener la inflación, pero el precio es la asfixia del empleo.
Cuando aumentan los costos de transporte y producción, se encarece el crédito y se reduce la inversión pública, las empresas enfrentan mayores dificultades para producir y contratar. Al mismo tiempo, los hogares pierden capacidad de compra.
Menor consumo significa menores ventas; menores ventas significan menores ingresos de las empresas; y menores ingresos terminan traduciéndose, tarde o temprano, en menos contratación o en pérdida de empleos.
El segundo factor: el empleo ya venía perdiendo velocidad
El segundo elemento es todavía más revelador. El crecimiento de la población ocupada ya se desaceleraba. Si en el 1er. trimestre de 2025 la población ocupada crecía al 3,3%, en 2026 ese ritmo se desplomó al 1,6%.
En términos simples, la velocidad a la que se generaban nuevos puestos de trabajo se redujo prácticamente a la mitad. Y en el 2do. trimestre el crecimiento se volvió en pérdida de personas ocupadas. Esto, al igual que la inflación, golpea directamente a la mesa de las familias.
Esta diferencia es fundamental. Una economía puede atravesar una etapa de bajo crecimiento sin destruir empleo de manera inmediata. Pero cuando la desaceleración se traslada al mercado laboral, la crisis adquiere una dimensión social mucho más profunda.
El tercer factor: los bloqueos evistas de 2025
Los sectores evistas, encabezados por los cocaleros del Trópico de Cochabamba, iniciaron el más brutal bloqueo de carreteras como último intento de habilitar a Evo Morales. La parálisis fue total.
La medida paralizó totalmente el país, con más de 50 puntos de bloqueo y focalizados en la arteria aorta de la economía, la carretera Cochabamba – Santa Cruz. El resultado fue desastroso: la inflación mensual más alta de los últimos años, 5,2%.
Pese a ello, el crecimiento de personas ocupadas no se redujo, creció al 3,7%. Y sin embargo, este año, con un bloqueo focalizado solo en La Paz y algunos departamentos en mucha menor media, hubo pérdida de personas ocupadas en -1,3%.
El comportamiento de las cifras sugiere que el bloqueo tuvo un efecto importante, pero no explica por sí solo el deterioro del mercado laboral. Existe un componente económico más amplio que atraviesa al país.
La raíz del problema: El ajuste no viene acompañado de suficiente protección
Aquí aparece la principal contradicción. El Gobierno está aplicando medidas destinadas a corregir desequilibrios macroeconómicos, pero no parece existir un conjunto equivalente de políticas de protección laboral y social capaz de amortiguar sus efectos sobre las familias.
¿De qué sirve aumentar el precio de los combustibles si, además, no se garantiza de manera estable su provisión? ¿De qué sirve anunciar incrementos del salario mínimo si la inflación, el tipo de cambio y la pérdida de empleos terminan erosionando su capacidad real de compra? ¿De qué sirve reducir aranceles para abaratar determinados productos si la depreciación del boliviano frente al dólar termina encareciendo las importaciones? ¿Y cómo pensar en invertir en vivienda propia si el Estado no brinda seguridad jurídica frente a los abusos inmobiliarios?
El Gobierno todavía tiene margen para corregir el rumbo y evitar un nuevo estallido. Pero para hacerlo necesita entender que estabilizar la economía no puede significar simplemente “reordenarla” y echar la culpa al fantasma masista. La estabilidad debe ir acompañada de crecimiento, inversión, empleo y protección de los ingresos familiares.
La advertencia ya está en los datos: primero fue la recesión, después llegó la inflación y ahora el desempleo comienza a levantar la cabeza. Los tres principales indicadores macro están en rojo, y el malestar social, ese rumor e impotencia que crece en las calles y se grita en las redes sociales, empieza a sonar cada vez más fuerte.