Con los pies en la tierra
El reloj político de Rodrigo Paz
Entre varias voces influyentes circula una tesis compartida: pese a los olores insoportables que se filtran desde los ventanales de la Casa del Pueblo, hay que sostener a Rodrigo Paz porque, si se cae, volverá el masismo de la mano de Evo Morales. No es del todo un argumento apresurado o una postura improvisada, sino se apoya en la convicción de que buena parte de las clases medias y sectores conservadores está dispuesta a tolerar la descomposición política y los escándalos de corrupción antes que arriesgarse a un vacío de poder capitalizado por el MAS.
Sin embargo, hurgando un poco más allá de lo que dictan nuestros sesgos y apasionamientos, es un cálculo miope. Sostener artificialmente a un gobierno sin rumbo ni méritos propios no elimina la posibilidad de restauración de los veinte años del masismo, sino que lo retroalimenta. El miedo a lo que todavía respira no conjura su resurrección. Cada día de supervivencia de un gobierno que se autosabotea, es un día más a favor de la restauración.
Las corrientes de opinión alineadas a estas voces forman parte del caldo de cultivo donde se fermentan dos salidas indeseadas. Por un lado, la obstinación del gobierno de Paz de quedarse hasta el último día, tomando ventaja del miedo de la gente y; por otro, una eventual recomposición del poder del régimen anterior que inició y desató la crisis económica y política en curso.
Visto desde el ángulo de quienes gobernaron con el MAS, una salida por colapso no sería indeseable, sino un atajo que, además, les permitiría capitalizar el descontento social, pavimentar el camino de retorno a la plaza Murillo y facilitar el reagrupamiento de su militancia y sectores populares fragmentados. Para este sector, el desenlace ideal sería una renuncia forzada bajo asedio, o un vacío institucional manipulado desde las calles. Ciertamente, una transición traumática y sin legitimidad política resultaría funcional para la restauración populista, pero el país pagaría la factura demasiado costosa en forma de una recesión económica severa difícil de revertir en el tiempo.
Pero, si la política es el arte de lo posible, no habría por qué conformarse con aceptar las salidas indeseadas como un destino inalterable. Si algo caracteriza a Bolivia, es que los bolivianos hemos atravesado tormentas políticas y sociales que obligaron a experimentar con diferentes alternativas, unas más creativas y democráticas que otras.
Una de las más estudiadas, por ejemplo, es la renuncia anticipada de Hernán Siles Zuazo, quién no solo acortó su propio mandato, sino que se auto-inmoló políticamente para adelantar las elecciones. Fue una válvula de escape no prevista en la Constitución, pero pactada políticamente. Una transición basada en un acuerdo nacional con reglas claras, plazos y garantías institucionales, sellado en el Parlamento mediante ley y sin una ruptura del orden democrático.
Para Rodrigo Paz, los tiempos políticos apremian. Octubre está a la vuelta de la esquina. El reloj de la política no se detiene. Enfrenta a uno de los dilemas más complejos de su carrera política. Está obligado a mirarse en el espejo en solitario, tomar un sorbo de la pócima anti llunkus que guarda sin abrir y salir a dar la cara con una decisión en la mano. Aunque, si hacemos caso a los trascendidos sobre su incompetencia a la hora de decidir, quizá el dilema ni siquiera está dentro de su radar.
En cualquier caso, tiene muy poco tiempo para elegir entre aferrarse al poder creyendo que el miedo al MAS es un blindaje suficiente, o abrir una salida pactada que le permita dejar como legado algo más que solo escombros.
“Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”.