2026-09-01

Puntos de fuga

Las orillas y el abismo

Unos son creadores; otros, depredadores. Unos son críticos y frontales; otros, esquivos y farsantes. Unos defienden el desarrollo humano; otros apuestan por el desarrollo material porque ahí está el sobreprecio.

Hastiado de tanto fervor patriótico —“¡Bolivia, Bolivia, Bolivia!”—, recuerdo una frase de Felipe Delgado (1979) que ajusto a nuestro miserable contexto: ¿Qué saca la gente del patriotismo si lo que necesita es pan?

El cierre del disparatado Ministerio de Culturas, Turismo Sostenible, Folklore, Gastronomía, Dactilografía, Artes Oscuras, Corte y Confección… coincidió con la fecha en que terminé esa gran novela de Jaime Sáenz (1921-1986), sobre aquel memorable personaje “que se arriesga en las tinieblas y emprende la gran aventura, despidiéndose de la vida con la misma tranquilidad con que lo haría de una enamorada cualquiera”.

En palabras del escritor paceño, el presidente Paz desapareció el Ministerio “un día gris, triste y húmedo, como mandado a hacer para un entierro”. Justificó su decisión pregonando una austeridad que, irónicamente, no practicó su exministro de Economía.

Entre todas sus medidas de “sinceramiento”, para mí ésta es la única honesta. Porque un gobierno accidental, hecho de remiendos y retazos de múltiples colores y texturas —como el saco de los aparapitas que acompañan en la bodega a Delgado y a su tropa de antihéroes—, caracterizado por la ineficiencia técnica y la ligereza ética, ¿cómo podría ser competente en gestión cultural? ¿A quién de esa fauna de buscalinajes, advenedizos, tránsfugas, pesos pluma y mercenarios foráneos que están a cargo de la administración del Estado podría interesarle realmente la cultura?

Ese ministerio fue siempre una cartera para pagar favores o un hueco para rellenar con un incauto que adornara la foto del gabinete y lo hiciera parecer plural. Salvo alguna excepción que no recuerdo, basta ver a los personajes que ocuparon este cargo: todos tan incómodos como el simpatizante nazi Jaime Sáenz en la URSS de Stalin; tan desorientados como Felipe Delgado en el lujoso bar de La Suisse.

En dictadura y democracia, los gobernantes han puesto al arte y al artista en un lugar marginal, destinado al entretenimiento. Para los políticos tradicionales, la cultura solo vale si genera rédito, por eso buscan folklorizarla y vaciarla de contenido para reducirla a espectáculo de masas.

Ahora criticamos a Paz —que antes bailaba por notoriedad y ahora lo hace por aprobación—, pero no olvidemos que Evo construyó en Oruro un bodrio de siete millones de dólares para exhibir sus poleras de fútbol y otros souvenirs, y tuvo la osadía de llamarlo museo.

También hay muchos ejemplos burdos en el ámbito municipal: alcaldes que despliegan pasos arrítmicos delante de bandas folklóricas; o que encargan, sin criterio, esculturas toscas para emplazar en las plazuelas —obras sin alma, como diría Sáenz, obras sin gemido, que no transmiten el dolor del artista—; o que en efemérides condecoran a artistas menores que beben de la miel del poder. En mi ciudad, la máxima expresión cultural del alcalde es subirse al escenario en carnaval y, explotando su parecido con Freddy Mercury, gritarle “¡eeeo!” a una multitud boquiabierta.

La sociedad tampoco ayuda. Exige cultura gratis o a centavos. Pide películas dobladas, huye de los libros como si fueran lepra, confunde cultura con fanatismo religioso y siempre encuentra modo de meter la bebida. Sus estándares están por los suelos. Por ejemplo, en Cochabamba, si se repite la historia, pronto tendremos una feria del libro plagada de escritos de autoayuda, mangas, stickers, bandas folklóricas, shows de skateboard y lucha libre de cholitas (¡!). Al salir de allí dan ganas de encerrarse en una bodega y “sacarse el cuerpo” como los personajes de aquella potente novela que no hizo ruido mundial porque provenía de la silenciosa Bolivia.

Pero el cierre del Ministerio sirve para rayar la cancha. Reconocer que políticos tradicionales y artistas e intelectuales auténticos están en orillas opuestas, separadas por el abismo. No hay puente que los una. Están enfrentados, no coinciden en nada, no tienen voluntad para coordinar ni se tienen el menor aprecio. Unos son creadores; otros, depredadores. Unos son críticos y frontales; otros, esquivos y farsantes. Unos defienden el desarrollo humano; otros apuestan por el desarrollo material porque ahí está el sobreprecio.

Y ante tanta farsa y decepción, me quedo con una aguda afirmación del querido Felipe: “Lo único honesto es la muerte. La única amistad, la única verdad, el único refugio”.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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