2026-09-28

Financiarización: del espejismo del crecimiento a la desigualdad estructural

En síntesis, la aparente modernidad del sistema financiero es, en realidad, un espejismo. Erosiona las bases productivas y compromete el futuro de la economía real: “burbujas”, endeudamiento de hogares y reducción del crédito productivo.

En una reciente nota, Javier Gómez muestra que la intermediación financiera (SIF) es muy rentable a pesar de que no aporta a la reactivación de la economía: “los incentivos monetarios y regulatorios orientan los recursos hacia las inversiones financieras, en desmedro del crédito a la producción y la inversión privada”. Celebro que un economista serio como Javier, aborde con mirada realista el rol del sistema financiero en el comportamiento de la economía.

En INASET, en varios “ensayos” realizados desde 1995 (por ejemplo “Financiarización: ¿Desarrollo o descontrol privilegiado?”; y “Efectos socio-económicos de la financiarización: control de realidad”), observamos que, desde principios de siglo, la economía boliviana vivió un acelerado proceso de financiarización. El discurso oficial hasta 2019, la presentó como un pilar del Modelo Económico Social Comunitario Productivo, destacando el aumento del crédito, la expansión del ahorro y, sobre todo, de las utilidades del sistema financiero por “su gran aporte a los ingresos fiscales”. El gobierno actual apuesta por fortalecer, aún más, al SIF y al proceso de financiarización.

Sin embargo, los análisis de INASET muestran una realidad muy distinta, pero complementaria a la que muestra Javier Gómez. Revisando tendencias en las cuentas de ahorro y cartera, del crecimiento económico sectorial de la economía, y el destino de los beneficios directos de la financiarización, concluimos que ésta benefició casi exclusivamente al SIF, a costa de los hogares y de las actividades microeconómicas –que cargan con el creciente peso del endeudamiento y de la pérdida de ahorros en los hogares.

Estructura del ahorro. La participación del ahorro de los hogares en el ahorro total, se ha reducido del 55% en 2005, al 30% en 2019; también cayó su capacidad de ahorro a largo plazo: el ahorro a plazo fijo de instituciones aumentó algo más de 14 veces, unas 7 veces el de las personas jurídicas, pero, el de las personas naturales, cayó a la mitad del valor que tenía en 2007.

El ahorro se concentra en el 1% de las cuentas: la participación de este segmento, subió del 60% al 84% entre 2005 y 2020; por el contrario, el ahorro en el 99% restante, bajó del 40% al 16% del total. El ahorro promedio en cada cuenta del 1% superior, es del orden de 1.7 millones de bolivianos, pero en el 99% restante, cayó de 9.661 bolivianos en 2005, a casi la cuarta parte (Bs 2.685) en 2020.

La relación del ahorro promedio en las cuentas del 1% respecto a las del 99%, pasa de 250 a 650 veces. La realidad de las cuentas con ahorros mayores al millón de dólares, es lo opuesto: pasan del 0,02% al 0,05% en cantidad de cuentas, del 13% al 40% del ahorro total, y del 4% al 27% del ahorro en depósitos a plazo fijo.

Estructura de la cartera de créditos- La deuda por cuenta del 1% más endeudado sube de 3 millones a 6,4 millones de bolivianos entre 2005 y 2020, pero su participación en la cartera total cae del 51% al 45%. Para el 99% restante, la deuda por cuenta se triplica de 28.000 a 87.000 bolivianos, y su participación en la cartera total sube del 49% al 55%. Los estratos entre 5.000, y 15.000 dólares, multiplicaron su deuda en casi 4 veces, mientras los estratos con deudas mayores a 200 mil dólares redujeron su nivel de endeudamiento.

El endeudamiento de los hogares aumenta respecto al de las empresas, y, para todo fin práctico, desaparecen como deudores los estratos menores a mil dólares. Dada la evidencia de reducción en la participación de estos segmentos en el ahorro, surge como una pregunta necesaria: ¿los más pobres, no necesitan crédito, o fueron excluidos del sistema?

Analizando las relaciones ahorro/cartera, el ahorro promedio por cuenta cae (de 23.735 a 16.056 bolivianos), mientras que la cartera promedio aumenta de 60.026 a 140.000 bolivianos. A su vez, la relación cartera/ahorro para las cuentas del 1% con mayor ahorro o mayor deuda, se triplica entre 2005 y 2020, pero, para el 99% restante se multiplica por 10.

Relaciones entre Cartera y PIB. El crédito aporta al crecimiento cuando contribuye a aumentar la capacidad productiva, el empleo y los ingresos de las familias al generar nuevo valor en la economía. No implica un aumento de deuda porque el crédito es honrado con el ingreso adicional: cada Bs de crédito, genera al menos el equivalente de otro Bs de ingreso. En estas condiciones, la economía dirige al sector financiero.

En la realidad boliviana no es así; el crédito está concentrado en construcción, servicios inmobiliarios, comercio y el microcrédito; más del 40% de la cartera productiva empresarial se destina a microcrédito en actividades de muy baja productividad que, además, sistemáticamente, absorben casi el 50% del financiamiento para capital de inversión productiva empresarial.

Esto explica por qué, el aumento de la cartera, no correlaciona con el incremento del PIB: mientras en 2008 con 45 Bs de cartera se tenía un PIB nominal de cien, en 2020 se requieren 120 bolivianos de cartera para lograr los mismos 100 de PIB. De hecho, no hay correlación entre el crecimiento del PIB, y el crédito a las industrias receptoras del financiamiento.

Ingresos, utilidades y patrimonio del SIF. Finalmente, el crecimiento de la intermediación financiera desde 2006, supera ampliamente a todo el resto de sectores considerados en el cálculo del PIB. Entre 2005 y 2019, los activos del sistema financiero crecieron a una inédita tasa media del 16,5% anual, mientras el PIB lo hacía en un 4%. Los ingresos operativos del SIF superaron el incremento del PIB (no extractivo) a partir de 2013; entonces, la relación entre los ingresos SIF y el PIB (ne) se acercaba a casi 1:1, pero hacia 2020 era unas 3 veces mayor en favor del SIF.

En 2008, el patrimonio de los bancos era el doble de los desembolsos anuales por todos los bonos; en 2019, el patrimonio bancario fue casi cinco veces mayor que el total de las transferencias condicionadas. En la actualidad, los ingresos operativos del SIF se acercan a 5.000 millones de dólares anuales –que se restan a la capacidad de consumo de los hogares, mientras sacrificamos a la gente para que el FMI preste 1.900 millones. Finalmente, en 2025 y a pesar de la crisis, las utilidades del SIF superaron los 500 millones de dólares, frente a los 15 millones anuales como promedio entre 1990 y 2005.

En síntesis, la aparente modernidad del sistema financiero es, en realidad, un espejismo. Erosiona las bases productivas y compromete el futuro de la economía real: “burbujas”, endeudamiento de hogares y reducción del crédito productivo. En Bolivia, el patrón se acentúa. El bienestar actual se financia con deuda, mientras la capacidad endógena de honrarla se reduce inexorablemente. El resultado es un sistema que concentra ingresos en pocas manos, aumenta la desigualdad, y destruye la base productiva del país en favor del rentismo.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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