2026-10-01

La Tribuna

Medallas contra la indiferencia

En Santa Fe 2026, como en tantas citas anteriores, el deportista dio lo que tenía y el Estado ofreció lo que acostumbra: aplausos tardíos después de haber sido ausencia temprana.

Los deportistas bolivianos nunca le debieron, no le deben y seguramente nunca le deberán nada al aparato estatal. Es el Estado, por el contrario, quien acumula una deuda antigua e impagada con quienes, sin nadie que los respaldara, portan una bandera que otros solo saben desplegar en los discursos. En Santa Fe 2026, como en tantas citas anteriores, el deportista dio lo que tenía y el Estado ofreció lo que acostumbra: aplausos tardíos después de haber sido ausencia temprana.

Los números, fríos como todo lo que no conmueve, dicen que Bolivia regresó con dieciséis medallas: tres de oro, cuatro de plata y nueve de bronce, suficientes para el undécimo puesto. Brasil superó las trescientas y Argentina llegó a 293. Colombia sumó 192, Chile 175 y Venezuela 146. Casi veinte veces separan nuestra cosecha de la del vecino más laureado. Pero la cifra es apenas el síntoma, nunca el diagnóstico.

Porque la verdadera dimensión de esta delegación no se mide en el metal, sino en la voluntad que lo precede. El racquetbol aportó ocho de las dieciséis preseas, la mitad exacta del botín nacional. Conrrado Moscoso, la mayor figura del deporte boliviano, se bañó en oro en singles, dobles junto a Kadim Carrasco y por equipos, y selló la tercera corona el día de su cumpleaños número treinta y uno. Ganó la final individual por tres sets a cero ante el compatriota Jonathan Flores, en un histórico “choque” entre bolivianos, y contó con su propio padre como entrenador. Como el mítico condenado que empuja su roca cuesta arriba sabiendo que volverá a caer, ellos empujan cada ciclo sin que nadie les asegure que la cumbre sea alcanzable, y aun así la alcanzan.

Sería una injusticia, sin embargo, confinar el elogio a una sola cancha. Maya Quinteros y Mia Flores subieron al podio en el trampolín sincronizado; Sergio López lo hizo en el boxeo, en los 60 kilogramos; Elizabeth Vásquez en el ciclismo de fondo; Valeria Quispe en el salto triple del atletismo; Sol Sandoval en el karate, con pasaje a los Panamericanos de Lima 2027; Andrea Fuertes y Cristhiam Roldan en los dobles mixtos del squash, y Camila Rivero en singles. Cada uno de ellos, en disciplinas sin titulares ni estadios repletos, demostró que el talento no es patrimonio de la abundancia, aunque la abundancia sea su mejor abono.

Conviene entonces separar con rigor lo que la pasión suele confundir. Lo deportivo es el territorio del esfuerzo, de la disciplina y del mérito verificable en un marcador; lo político, en cambio, es el territorio de la responsabilidad, de la planificación y de la rendición de cuentas. Cuando el primero triunfa y el segundo se ausenta, la gloria deja de ser un logro compartido y se convierte en una anomalía estadística. Somos, como diría aquel pensador de la circunstancia, cada uno de nosotros y nuestro entorno; y el entorno del atleta boliviano ha sido, generación tras generación, un páramo administrativo.

Esa ausencia no pertenece a un color ni a un período: es transversal, casi ecuménica. Todos los gobiernos de turno, de izquierdas y derechas, de discursos austeros o expansivos, coincidieron en lo esencial: la ausencia de una política de Estado que trascienda el calendario electoral. Formación desde la infancia, infraestructura, medicina deportiva, becas, incentivos y respaldo económico se prometen en la efervescencia de la victoria y se olvidan en la resaca de la derrota. Los propios raquetbolistas, apenas concluida la gesta, volvieron a reclamar mayor apoyo, como quien recuerda un derecho que debería ser evidente. Es la burocracia que se parece a un castillo cuyas puertas nadie encuentra, y a un mundo líquido donde nada dura lo suficiente para echar raíces.

 

 

La comparación con los vecinos duele porque es elocuente. Donde otros construyeron sistemas, nosotros dependemos de excepciones; donde otros cosechan por planificación, nosotros cosechamos por milagro. Cochabamba 2018, con la localía a favor, nos dio cuatro oros, quince platas y quince bronces: treinta y cuatro medallas, más del doble de las actuales. Ese contraste no revela que hayamos empeorado, sino que el respaldo, cuando aparece, rinde frutos, y que su retirada los marchita. Incluso la prensa consignó que en la final por equipos un compatriota nacido en Bolivia defendió los colores argentinos: el talento, cuando no encuentra hogar, emigra.

Cabe, además, un contraste incómodo pero necesario con el fútbol profesional, la disciplina que concentra la mayor atención mediática, comercial y multitudinaria del país. No se trata de condenarlo, sino de interpelarlo. Nuestro último Mundial data de 1994 y nuestro único título continental, de 1963. Es justo reconocer el reciente avance de la selección, que superó a Surinam y llegó hasta la final del repechaje mundialista antes de caer 2-1 ante Irak, pero la paradoja persiste: la disciplina más visible y respaldada rinde menos que otra con canchas modestas y presupuestos discretos. Lo que falta no es solo dinero, sino gestión, formación y visión: la abundancia sin método es tan estéril como la escasez sin esperanza.

Quizá la lección más profunda sea que el heroísmo, cuando se vuelve costumbre, deja de ser virtud y se convierte en coartada. Aplaudir al deportista solitario absuelve, con demasiada comodidad, a quienes debieron acompañarlo. Nos toca, como sociedad, dejar de confundir gratitud con resignación: exigir a las autoridades políticas de hoy y de mañana planes sostenidos, no ofrendas de ocasión; y reconocer que cada medalla obtenida contra la indiferencia es una acusación silenciosa contra todos los que nos acostumbramos a ella. Que el próximo oro no sea un accidente que celebrar, sino la consecuencia natural de un país que, por fin, decidió importarse.

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