2026-10-03

Puntos de fuga

Una tabla sobre un mar violento

Para no repetir el desastre, necesitamos fundar nuevos partidos. Partidos plurales de verdad, fundados en espacios abiertos —no en salas VIP— en torno a una ideología que tenga memoria y principios alejados de todo dogma, que respondan a los desafíos actuales.

Seamos realistas: el horizonte post-Paz y sus valores cristianos no es esperanzador. Es comprensible que, tras descubrir que el “capitalismo popular” y la lucha contra el “Estado-tranca” solo fueron frases de cínico marketing electoral, uno desee que el presidente se vaya de una vez, aunque no haya cumplido su primer año. Y que, tras los escándalos de las maletas, los lingotes y las cajas fuertes, y los papelones de la gasolina basura, el avión siniestrado y el asesor mercenario, uno quiera que el viento que lo llevó al poder sople ahora en su contra y lo haga caer de esa cuerda frágil donde él y su Cóndor de los Andes hacen equilibrio. Pero si pensamos con serenidad, si Paz se cae, nada indica que vengan tiempos mejores.

Hoy, el menú de alternativas es tan pobre que mata el apetito. Dan ganas de cerrarlo y conformarse con el pan de la mesa. El opositor de la derecha no logra siquiera mantener unida a su bancada, y en varias elecciones demostró que no alcanza consenso nacional. Y el de la izquierda, madre mía, es una caricatura triste que solo dispara chistes fálicos y suelta reflexiones homofóbicas que los medios deberían transmitir en horario restringido.   

El mosaico opositor —político, sindical, cívico, empresarial, ciudadano— protesta con estruendo y lanza amenazas mayúsculas, pero no presenta alternativas serias —con sustento técnico, estrategia política y alma nacional— a las medidas que el gobierno de Paz ejecuta con suma torpeza. Cada vez que los opositores abren la boca, despiden un tufo a sedición y oportunismo tan fuerte que hasta el más distraído abre una ventana y rocía el ambiente con aromatizante.

La sociedad es cada vez más consciente de que a un lado hay un Cerimedo, pero al otro hay un Durán Barba; que más allá hay un Chávez y que hace poco hubo miles de guerreros digitales comandados por patéticos generales de cartón. A principios de siglo, el zorro Carville incidió contundentemente en una elección. También lo hicieron las declaraciones del doble agente Rocha, cuyo derrotero bien podría inspirar una miniserie. Y en los noventa, el grupo Sawyer Miller y los asesores de la DEA cocinaron sabrosas historias que alimentaron a legiones de incautos. En definitiva, siempre hemos estado a merced de inescrupulosos constructores de relatos para confundir y dividir a una sociedad sin sentido crítico. ¿Habrá algún día un candidato impoluto, sin piratas en su barco? Dudo mucho.

Pero no todo está perdido. Si miramos el contexto desde otro ángulo, resulta que Paz nos está enseñando algo importante. Sí, el mismo Paz que, en plena crisis por el “dieselazo”, es acusado de gastar doscientos cincuenta mil dólares en un viaje a NY y una cifra millonaria en una separata elogiosa en un diario de USA; aquel que llevó a su familia en la comitiva, expuso un discurso mezquino en la ONU y se frotó con el criminal Netanyahu. Sí, Paz, además de mostrarnos lo elásticos e inclasificables que pueden llegar a ser los valores cristianos, nos deja una lección involuntaria: no se puede gobernar —ni vivir— sin ideología. Esto se aplica a un presidente, pero también a un gerente, a un maestro o a un padre de familia. No tener ideología es no tener un mapa, una brújula, un plano o un guion. Un puerto. Es navegar a la deriva, es perderse en la selva, es no conocer los límites. Es ser —como dice la canción de Feliú— una tabla sobre un mar violento.

Pero es fundamental comprender que no se puede construir ideología sin una biblioteca. Basta ver a tantos políticos pequeñitos, talla S, cuyos bochornos nos amargan el desayuno: un jefe de bancada con la misma lucidez adormecida cuando está ebrio o sobrio; una vicegobernadora que grita cifras erróneas y enciende tensiones innecesarias entre regiones; un senador con los colmillos goteando, que en un congreso en Lauca Ñ propone castigos medievales dignos de un inquisidor. Sujetos sin biblioteca que ahogan sus pocas ideas en un mar de fanatismo, incapaces de tender puentes en esta sociedad heterogénea y en crisis.

Para no repetir el desastre, necesitamos fundar nuevos partidos. Partidos plurales de verdad, fundados en espacios abiertos —no en salas VIP— en torno a una ideología que tenga memoria y principios alejados de todo dogma, que respondan a los desafíos actuales. Una ideología rebosante de racionalidad y sentido común que —según la misma canción— sea machete en plena zafra, bala feroz al centro del combate.

De lo contrario, ¿hacia dónde huimos? ¿De qué mano nos agarramos? ¿Bajo qué sombra nos guarecemos?

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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