2026-10-03

Tiempos de resignificaciones

En estos tiempos urge superar los síntomas de la insignificancia que deshumaniza, así como urge salir de la miseria valórica en la que se naturalizan las anomias, y urge cuestionar y subvertir los desórdenes desigualadores de las sociedades, para construirnos otro planeta, otro, a sabiendas de que otro mundo es posible.

Es siempre gratificante releer los escritos del filósofo greco-galo Cornelius Castoriadis, porque su pensamiento crítico y alterativo combina la explicación descarnada que hace de las realidades, con la incitación a la búsqueda de salidas al laberinto de la desesperanza. En la base de su planteamiento se reconocen dos realidades que las presenta interpenetradas: Por una parte, el poder instituido en el proyecto capitalista, que ha dejado de implicar solamente a las fuerzas productivas y a la economía, para volverse un proyecto global con dominio de los elementos físicos, biológicos, psíquicos, sociales, culturales e ideológicos. En paralelo, como otro camino de construcción de formas de poder, reconoce la existencia de un pensamiento instituyente, que supone un proyecto de autonomía individual y colectiva representando la lucha por la emancipación del ser humano como sujeto histórico-social capaz de pensar y decidir por sí mismo, impulsando organizaciones abiertas a una permanente transformación de la sociedad.

No cree en los poderes inmutables, sino en la existencia de factores propios, internos que los debilitan, así, para Castoriadis “el capitalismo parece haber finalmente logrado crear el tipo de individuo que le corresponde: perpetuamente distraído, pasando de un goce a otro, sin memoria y sin proyecto, dispuesto a responder a todas las solicitudes de una máquina económica para producir ilusiones llamadas mercancías”. Es decir, que el pensamiento instituyente germina y se desarrolla desde dentro de un sistema sometido a un permanente proceso de descomposición y desvanecimiento de sus certezas, aunque estructuralmente esté desplazado a los bordes, desde donde, y desde abajo, sigue un proceso de incidencia y penetración hacia el centro de las decisiones, cultivando nuevos paradigmas y provocando resignificaciones en las costumbres, idearios, valores, normas y ritos naturalizados como legítimos.

Las sociedades se regeneran en movimientos inerciales, aparentemente inmutables y poderosos, por lo que suelen reproducirse en el conformismo, vaciándose de criticidad y acudiendo a mecanismos de cooptación de las ciudadanías para acomodarlas a las dinámicas de lo establecido como válido, como normal, como legal y como mandato divino. A contracorriente, este mismo movimiento provoca otro, de espíritu conspirativo, que rema con oposiciones y con nuevas legitimaciones ideológicas, culturales, organizativas y de prácticas sociales y políticas transformadoras. Sin embargo, las formas de poder, en su rutina, producen también amoldamientos y desgaste de los imaginarios sociales para cultivar un conformismo disfrazado de libertades individuales que repliegan a las ciudadanías al inmediatismo, a la validez efímera de las cosas, al consumismo, al silencio con complicidad, a la despolitización, a la apatía y al sofocamiento de los pensamientos que se interrogan por el futuro, por otros horizontes y otro destino. Esta tensión es permanente e inmanente, está enraizada en las dinámicas de las formaciones sociales, es inherente a los sistemas.

En palabras de Castoriadis, “toda sociedad es un sistema de interpretación del mundo (…) su propia identidad no es otra cosa que ese mundo que ella crea; y esa es la razón por la cual la sociedad percibe como un peligro mortal todo ataque contra ese sistema de interpretación; lo persigue como un ataque contra su identidad, contra sí misma”. A la luz de este pensamiento y de las condiciones en las que se autodestruye el planeta, es imprescindible la tarea de resignificar los sentidos del mundo para tranformarlo, reaprendiendo a querer una sociedad en la cual la economía regrese a su lugar como medio de vida y no como fin mercantil último.

Desde la perspectiva del pensamiento instituyente, que es también práctica transformadora, es imprescindible encarar tareas ineludibles para revertir la destrucción de la vida en horizontes de esperanza que no son posibles legitimando el orden establecido. Hay que alterarlo, resignificarlo desde una perspectiva de derechos humanos y de la naturaleza. Un tema urgente para este cometido es la superación de la corrupción galopante imponiéndole sanciones legales y valóricas. Otro tema inmediato es la adopción de políticas y prácticas cotidianas para la conservación con resiliencia del medio ambiente, combatiendo las prácticas que la depredan, como la minería ilegal o la quema de bosques. También es una prioridad la lucha sin consideración contra los feminicidios y los infanticidios, con sanciones y con la institucionalización de culturas que rehumanizan la vida. Así mismo, la convergencia internacional contra el narcotráfico y el crimen organizado enfrentándolos abiertamente en su carácter de flagelo mundial, es tarea ineludible. No se puede dejar de lado la obligatoria resignificación de las experiencias de las redes ancladas en la generación de procesos de desinformación, de naturalización de la mentira y de fomento de sociedades del odio, superando los sin-sentidos institucionalizados en mecanismos de posverdad.

En resumen, en estos tiempos urge superar los síntomas de la insignificancia que deshumaniza, así como urge salir de la miseria valórica en la que se naturalizan las anomias, y urge cuestionar y subvertir los desórdenes desigualadores de las sociedades, para construirnos otro planeta, otro, a sabiendas de que otro mundo es posible.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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