La espada en la palabra
Postales de la prisa en un mundo que olvidó mirar el sol
Son las 18:55. El sol está por morir en el confín. Escribo esto a bordo de un barco que va de Buenos Aires a Colonia del Sacramento, con nada más que las aguas estriadas del estuario del Río de La Plata frente a mí. Realizo una pequeña gira por algunos países de la región para presentar mi más reciente novela, titulada El último jeroglífico: Historia de una investigación y un sueño (Plural Editores, 2026). Voy ligero: con mi ropa, mi computadora, dos libros (Sapiens y la Biblia) y una botella de agua.
Durante estos días caminé por terminales de buses, aeropuertos y un puerto, y he visto miles de personas de todo tipo y condición: viejos adinerados, niños caprichosos, adultos serios que departen sobre política o fútbol, muchachas de hermosos rostros, jóvenes de clase media o media-baja, algunos solitarios, algunos en familia, muchos absortos en sus teléfonos celulares, algunos en pareja, otros serios o nerviosos. Y, a veces, mientras los veo, me pongo a pensar que cada uno, tras el rostro o la actitud de ese momento preciso y a pesar de su carácter particular, carga toda una historia que posee momentos de gozo extremo, de aburrimiento, de melancolía, de profunda tristeza. De esa diversidad de momentos y emociones nadie se salva.
Una noche estas, urgido por la prisa —factor que ya no es ninguna novedad en este mundo frenético —, ingresé en un restaurante de comida rápida y me senté en la barra, al lado de una mujer que veía en su teléfono una telenovela y de un hombre que googleaba no sé qué. Allí, a través del vidrio que me separaba de la gran avenida, me puse a observar nuevamente las actitudes de los viandantes, el ritmo de la ciudad, la velocidad de la vida. Creo que no me sucede solo a mí, sino a todos los que poseen la capacidad de abstraerse por un momento o de reflexionar críticamente sobre el sentido de la vida: cuando se ven cientos de vidas casi sincrónicamente, ya sea en un aeropuerto, en un centro comercial, en el banco, en un atrio universitario, vidas con oficios diferentes y de clases sociales distintas, no se puede no reflexionar sobre el caos de las ciudades, el porqué de la prisa que le imprimimos a nuestra vida o el sentido profundo que tiene una frágil existencia humana en la Tierra.
Sin embargo, cuando llegué a la posada donde me quedé en el primer destino, sentí que el ritmo de mi alrededor iba un poco más pausado…; tal vez experimentaba esa agradable sensación porque el edificio era antiguo, mi habitación estaba amoblada con un catre vetusto y el baño tenía una tina de hierro. A ese edificio le llaman El Castillo, pues realmente parece uno. En la sala había un piano de pared y todo el mobiliario acusaba ser de inicios del siglo XX. El ambiente me sugirió lentitud, retrospección y contemplación.
En algún tiempo, los seres humanos soñaron con una vida de 8/8/8: 8 horas de trabajo, 8 de descanso y 8 de ocio. Lucharon por ella, y en una época, al menos para ciertos estratos sociales, el sueño se pudo concretar. La realización personal estaba en ese equilibro. Pero en la era de la productividad, las personas ya solo trabajan y ven el teléfono; casi no existe espacio para ver una puesta de sol o una pintura, leer un poema o hablar con el que está al lado nuestro. Resulta interesante reflexionar qué habrían pensado aquellas personas que lucharon por esa vida 8/8/8. Quizá no se hubieran enojado mucho, sino solo desternillado de la risa: la escena de seres humanos embobados en pantallas líquidas y respondiendo correos y mensajes de WhatsApp laborales al mismo tiempo que viajan o recorren el mundo, no debe ser poco ridícula.
Ya son las 19:33. Debo apagar mi computadora, desembarcar y subirme en un bus, porque el viaje continúa. Aún me quedan muchos kilómetros por recorrer, pero ahora por tierra, hasta llegar a mi siguiente destino.