lunes 6 de abril de 2026

Radialista y chola feminista

Yolanda Mamani: “En las ciudades se idealiza mucho a las comunidades, sus usos y costumbres”

La estudiante de sociología afirma que hay cambios que son necesarios en el campo y en las ciudades. Anuncia que escribirá un libro sobre su vida. (Video)
Yola posa ante uno de los muros del sitio donde encontró un bastión, la Virgen de los Deseos. Foto: Mirna Echave
Yola posa ante uno de los muros del sitio donde encontró un bastión, la Virgen de los Deseos. Foto: Mirna Echave
viernes 05 de julio de 2024

En tono sencillo, sincero, pero firme, Yola Mamani Mamani hace un repaso de su vida y del origen de su rebeldía, desde que la emplearon como trabajadora del hogar y ahora maneja un programa de radio y un canal de YouTube que se llama la “Chola Bocona”.

En la entrevista realizada por Visión 360, critica fuertemente el machismo que aún persiste en las ciudades, pero también lo que se vive en los pueblos donde está bien resaltar la cultura, pero donde se deberían erradicar algunas “tradiciones” que no ayudan a la equidad.

—¿Cuéntanos dónde naciste y cómo llegaste a La Paz?

He nacido en la provincia Omasuyos, comunidad Santa María Grande, del cantón Huarisata. He migrado de este lugar a los nueve años; de niñera he venido con una tía mía, muy cercana; cuando hemos llegado a la ciudad mi tía se ha comportado muy mal y me explotaba, me maltrataba mucho; entonces me he escapado y así me he hecho niñera otra vez y luego trabajadora del hogar.

Soy radialista, chola feminista, estudiante de sociología; deseo terminar esta carrera porque es algo que me gusta. Mi sueño, cuando he emigrado de mi comunidad, era estudiar, entrar a la universidad.

Yo sabía que con el machismo en el área rural no lo iba a lograr. Lo que me impulsó a venir a la ciudad a los nueve años era eso; sentía la preferencia que daban mi papá, mi mamá, a mis hermanos en cuanto al estudio. Sentía que nunca querían comprarme libros, pero no me decían que no me iban a comprar, sino que cuando mis hermanos dejen libros eso iba a usar.

“Pero yo no quiero esos libros, yo quiero otros libros, el profesor me pide otro libro…”, les decía. Por eso desde chiquita creo que era rebelde, porque son acciones que te van dando pautas de lo que tú quieres ser, de lo que tú persigues, de tus sueños, aunque no siempre sabes la palabra, pero haces acciones.

 

Un recuerdo de cuando era niñera. Foto: Gentileza Yola Mamani

 

Por ejemplo, las veces que mi papá y mi mamá decían: “A tu hermano mayor tienes que atenderle, tienes que ayudarle, lavarle la ropa, pasarle el vaso de agua”, porque mis hermanos no podían entrar a la cocina. Entonces todo eso me ha empujado a venirme a la ciudad con más razón y ahora no me arrepiento.

"En el sindicato estaban mis hermanas, con mi mismo color de piel y ahí nadie me podía juzgar".

Cuando era niña he sufrido mucho en la ciudad, por el abuso, el racismo y la discriminación. Por eso digo que en la ciudad me he hecho chola, porque en el pueblo era una niña más, con nombre y apellido, feliz, libre de adjetivos peyorativos.

Pensando hacia atrás, ahora digo estoy feliz de haber llegado a donde he llegado, de haber emigrado de ese lugar que yo tanto amaba, pero al mismo tiempo era tan limitante para las mujeres. Por eso estoy feliz.

Ahora me gusta mi pueblo, pero para cuestionar sus usos y costumbres a mi mamá y a mi padre. Creo que poco a poco están cambiando su pensamiento en torno a las mujeres y de todo tipo de control social que hay sobre el cuerpo de las mujeres.

 

Contó que hizo la comunión, sólo para salir cada domingo de la casa donde trabajaba. Foto: Yola Mamani

 

—¿Cuánto te afectó dejar tu pueblo y sentirte sola en esos primeros años?

Yo estaba completamente sola, tenía nueve años; luego me escapé más o menos a los 11 años, no recuerdo exactamente, pero viendo algunas fotos puedo ver que era más o menos a esa edad. Estaba sola, sometida a la explotación laboral porque era niña y mis empleadores no me dejaban salir. Me decían: “Te vas a perder, la ciudad es grande… te vas a ir a farrear…”, porque en esos tiempos las migrantes tenían un lugar donde íbamos a encontrarnos y casi siempre terminaban en la farra.

Había trabajadoras del hogar y chicos albañiles, porque justo para la mujer o el hombre migrante se espera el trabajo del hogar, o trabajo de albañilería, y si tienes capital puedes ser vendedora, a lo mucho. Eran rubros bien discriminados.

Yo aquí me sentía sola; después, a los 18 o 19 años, retorné a mi pueblo… yo tanto lloraba por mi mamá, por mis hermanos, por la comunidad, porque me gustaba corretear por los cerros, cantar y que los ecos de los cerros te respondieran... era bonito. Pero he retornado más consciente a esa edad, y me he dado cuenta de que ya no me gustaba ese pueblo, que era muy… cómo lo puedo decir, era como ir a la comunidad y retroceder a la edad de piedra. Era muy fuerte para mí. Pero en la ciudad tampoco era aceptada, era una india, una chola que incomodaba por mi vestimenta a una sociedad racista, discriminadora que te decía que por ser trabajadora del hogar sólo este espacio te corresponde, porque este otro es de las señoritas, de las birlochas.

 

Una de las pocas fotos que guarda del trabajo desde su niñez. Foto: Yola Mamani

 

Algo que también me ha llamado la atención era ¿por qué me tengo que cambiar de chola a chota para estudiar?, ese era mi cuestionamiento. Yo estudié en colegio nocturno y casi todas mis compañeras que eran trabajadoras del hogar han terminado cambiando de pollera a pantalón para luego de salir bachiller ir a estudiar a un instituto técnico, a la universidad.

Yo estaba como que no me encontraba en la ciudad, pero tampoco me encontraba en la comunidad porque estaba tan atrasada en su mentalidad, en su trato hacia las mujeres, especialmente las jóvenes.

Eso me molestaba mucho; por ejemplo, no me podía vestir bien porque ya estaba coqueteando a la pareja de alguien, aunque no fuera así, y decían, en especial cuando llovía mucho, granizaba o cuando caía una nevada: “Ella tiene una hija joven, seguro ha hecho un aborto”.

Esas cosas no me han gustado y retorné. Esa época mi papá me ha ofrecido todo, estudio, pero yo ya no quería estar ahí. O sea, en la ciudad estaba explotada, pero por lo menos me pagaban un salario; era muy poco, miserable, pero yo podía ser más libre que en mi comunidad.

En la ciudad el racismo era fuerte, pero respondía a la gente: “Sí, soy chola y qué”, porque te decía chola de mierda, ocupas mucho espacio. Antes, cuando era más joven me agachaba, pero con el tiempo uno llega al límite. Yo les respondía: “Sí, soy chola, tengo tanto derecho como tú en la ciudad, este también es mi espacio…”, y así me peleaba.

Desde entonces siempre he sido bocona, por eso mi canal de YouTube es Chola Bocona.

—¿Cómo se cultiva ese pensamiento rebelde?

Primero, el Sindicato de las Trabajadoras del Hogar donde me he afiliado… extrañaba mucho hablar aymara y ahí hablaba aymara; estaban mis hermanas igual que yo, de mi mismo color de piel y nadie me podía juzgar porque he pronunciado mal una palabra, nadie se burlaba.

 Ahí me sentía bien, aprendí a defender mis derechos primero laborales y luego derechos humanos, y luego esta casa, la casa de Mujeres Creando, que ha sido para mí un espacio que me ha enseñado mucho, que ha despertado esa rebeldía que siempre había en mí, en mi accionar.

—Hay un avance en la lucha contra el machismo, pero ¿qué pasa en las comunidades?

Sí, es triste eso, pero desde las ciudades se idealiza mucho a las comunidades, sus usos y costumbres, la cosmovisión andina, y no se cuestionan los usos y costumbres que siguen sometiendo, siguen limitando a las mujeres, principalmente a las niñas y a los niños, que no se los considera como seres humanos, sino como objetos; las guaguas son importantes siempre y cuando hagan su trabajo.

Para mí que está bien, hay que trabajar, hay que apoyar, pero cuando eso sobrepasa los límites ya no es respetar a los niños y a las niñas, y no es enseñar cosas en comunidad, como dicen en nuestras normativas, es explotarlos en los pastoreos, donde te caes, te rompes los pies, donde puedes sufrir violación, donde estás sola, donde hay muchos adultos que te silban, que te dicen cosas feas.

Entonces, la comunidad no siempre es como uno piensa y creo que hay que cuestionarnos eso, porque toda la cultura se puede mover, es dinámica; entonces creo que los usos y costumbres que son malos hay que cuestionarlos, para que cambien, para que cambie la mentalidad de la gente. Hay usos y costumbres que son muy lindos, por eso creo que hay que repensar la ciudad, replantear nuestras vidas cotidianas, pero también hay otros muy atrasados en especial contra las mujeres.

Creo que es algo que los mismos hombres no quieren tocar, porque dicen chacha warmi, pero es entre comillas. Para mí es puro cuento, porque está en las palabras, pero en la práctica real no hay, porque las autoridades dicen chacha warmi. Las mujeres tienen que ir a las reuniones, a las asambleas, pero ellas siempre están detrás solo para llevar comida, mientras los hombres están discutiendo sobre política, sobre economía y decidiendo muchas cosas más.

 

En el sindicato formó su ideología y embaderó la lucha por su sector. Foto: Yola Mamani

 

En algunos que otros lugares hay mujeres, que están solas o han quedado viudas, y ahora están enseñando que sí es posible ser mama t ’ allas. Tal vez con el tiempo, con personas como yo, que vivimos en las ciudades, que estamos volviendo a la comunidad, las cosas van a cambiar, pero al mismo tiempo siento que hay mucha gente que vive entre la comunidad, el campo y la ciudad, porque hubo mucha migración. Van a hacer su dirigencia, han recuperado sus tierras, pero están llevando los egoísmos que hay en las ciudades, el individualismo.

Por ejemplo, que en mi comunidad siempre había caminos que pasaban por la puerta de alguien, y riachuelos que pasaban por el medio de una casa, pasaban por el medio del terreno, pero esas cosas han cambiado, porque dicen “aquí voy a construir”, y quieren aprovechar ese espacio. Creo que son individualismos muy de la ciudad y la gente no está pudiendo acomodarse. Están generando un caos, un problema, porque hay gente que siempre ha llevado el agua para riego por ese camino, y ahora quieren cerrarlo, quieren aprovechar ese lugar más.

Esas cosas están pasando en el área rural y me entristece, porque hay gente que está cambiando su mentalidad, pero también hay lo negativo.

—¿Vuelves con frecuencia a tu pueblo?

Siempre vuelvo, porque me da esto de poder entender, me gusta la comunidad y al mismo tiempo tengo contradicciones, pero siempre voy a cosechar papa, a veces a pastorear. Mis papás tienen todavía sus ganados o estoy en el campo un rato para escapar de la ciudad.

—¿Quién ha sido más importante en tu vida?

Mi mamá y mi hermana son las personas que han sido importantes en mi vida. A mis nueve años, cuando he dicho que iba a la ciudad a trabajar con mi tía por vacaciones y volver para las clases, entonces mi mamá me ha dicho algo: “Hijita, vos tienes que estudiar, no te quedes como yo, porque yo veo, pero al mismo tiempo soy como ciega, no puedo leer los letreros cuando voy a la ciudad, no puedo saber a dónde van los minibuses; por todo eso yo quiero que tú estudies, no te cases muy joven, termina de estudiar, no tengas muchas guaguas, no te hagas de pareja muy joven. Cuando hayas terminado, entonces te puedes juntar, tener guaguas, pero no antes”.

Mi mamá se ha juntado a los 18 años, eso era la vida de las mujeres en las áreas rurales. Entonces, retrocediendo, pienso que mi mamá ha sido la primera feminista que he conocido. Me ha impulsado a estudiar, me dijo que me vaya a la ciudad, a aprender castellano.

En la radio, Yola Mamani brinda ayuda a otras mujeres. Foto: Paulo Lizárraga

 

—¿Tu mamá esperaba que volvieras?

Ella pensaba que yo iba a volver pronto, porque era muy chiquita, pero no se imaginó mi mamá que nunca más volvería. Luego me dijo eso: “Estoy feliz de que no volviste, porque yo he pastoreado muchos ganados para el abuelo, pero nunca me ha tocado nada a mí, ni tierra y eso que he cultivado harto”.

Entonces mi mamá lo ve así, que a ti nunca te va a corresponder más. Me dice: “Ahora te veo bien, te veo feliz y estás estudiando”, y eso alegra mucho a mi mamá, por eso quiero terminar la carrera.

—¿Qué cosas han cambiado desde que eres mamá?

(Ríe)… muchas cosas han cambiado en mi vida, aprender a crecer junto con mi guagua, aprender a criar; las guaguas son una esperanza, pero me ha cambiado mucho. Siento que me ha enseñado la parte del cariño que yo, bueno, yo era muy aymara, bien dura, no era fácil de abrazos, y siento que eso me ha enseñado mi hija, ternura, amor. Creo que son cosas que no conocía, porque siempre he estado en la lucha, que la explotación laboral, que esto o lo otro.

Yo era muy aymara, bien dura, no era fácil de abrazos... siento que eso me ha enseñado mi hija.

No quiero decir que he bajado la guardia, sino que he aprendido nuevas cosas y me gusta, porque es algo que mi hija no sabe de mí, pero le estoy enseñando, y de ella yo tampoco sabía muchas cosas y estoy aprendiendo, es un aprender juntas.

Yo la quiero tanto. Creo que las guaguas son lo más lindo y la esperanza de nuestras vidas. Pero también quiero que haga dibujo libre mi hija, que crezca como quiere crecer, no quiero meterle mis ideas.

Quiero que crezca libre, sin culpas, y para eso creo que desde Mujeres Creando estamos construyendo un país, un futuro donde nuestras guaguas salgan a la calle y vuelvan sanas y libres, que sean felices, sin que nadie las esté viendo mal, feo, sin que nadie les esté metiendo mano, por eso estamos aquí con las compañeras luchando.

—¿Cuáles son tus proyectos a futuro?

Primero, terminar la carrera y luego me gustaría hacer mi maestría, tal vez fuera del país; me gustaría escribir mi libro, que creo que me lo debo y que les debo a otras compañeras.

También quiero escribir mi libro desde mi lugar de chola, para las cholas y para la sociedad, creo que es importante. Siempre hay gente que escribe sobre la chola, pero las que escriben nunca son cholas, por eso me parece que es importante escribir este texto.

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