martes 7 de abril de 2026

Petrona, la matriarca que tomó el volante para vencer la violencia

Con sus 60 años, Petrona Mamani ha pasado la mitad de su vida detrás del volante. Aprendió a conducir en secreto, como una escapatoria frente a la violencia.
Petrona, con su herramienta de trabajo. Foto: Alejandra Sánchez Bustamente / Visión360
Petrona, con su herramienta de trabajo. Foto: Alejandra Sánchez Bustamente / Visión360
lunes 30 de septiembre de 2024

A los 30 años, con cuatro hijos a cargo, y en medio de violencia familiar, Petrona Mamani se hizo de un taxi para tomar las riendas de su familia y huir de los golpes e insultos de su entonces esposo. 30 años después, ha recorrido las calles de La Paz centenares de veces, tiene tres taxis que conducen sus hijos –quienes se dedican al mismo negocio–, una tienda de barrio y una casa que se construye con el apoyo de toda su familia.

Petrona hoy tiene 60 años, ha pasado la mitad de su vida detrás del volante. Ahí se ha convertido en una matriarca, cuyos sueños se cumplen porque son también los sueños de sus hijos.

Hoy, al volante de un Toyota Carib verde esmeralda, recuerda que aprendió a conducir “a ocultas” de su esposo, mientras trabajaba de cocinera. “Mucho me han humillado, el papá de mis hijos me decía ‘tú no ganas bien’; de esa manera he aprendido a manejar, sin que él sepa”, recuerda.

En ese tiempo, pocas mujeres conducían y mucho menos mujeres de pollera. Aunque el Instituto Nacional de Estadística (INE) no tiene las cifras de hace 30 años, sí existen datos del 2014, cuando un 83% de las licencias de conducir eran destinadas a hombres, para el 2023 esa cifra se redujo al 79%.  

Ella, Petrona, es una mujer entrada en años. Sonríe ocasionalmente y cuando lo hace, sus ojos brillantes se pierden en dos líneas. Su vida tras el volante la ha convertido en una persona segura de sí misma, confiable, visionaria, pero ante todo resiliente. “He pensado, ‘cuando van a ser más grandecitos (mis hijos), se van a dar cuenta (de los maltratos)’; entonces le he dicho (a mi entonces pareja) que ya hasta aquí, que ya hemos vivido mucho tiempo y uno no puede estar sufriendo”, cuenta. A partir de ese momento su vida cambió.

Compró un taxi con el finiquito de su anterior trabajo. Entonces su rutina comenzaba en la madrugada, cuando cocinaba para dejar la comida lista para sus hijos; por la mañana salía a trabajar con su vehículo; más tarde limpiaba el auto, para luego lavar la ropa y finalmente, bien entrada la noche, preparaba las verduras para el almuerzo del día siguiente.

Ella recuerda que, en esa etapa de la vida, su mamá la ayudaba a cuidar de sus hijos, mientras ella se encargaba de trabajar para llevar el dinero. “Él (la expareja) nunca me ha pagado pensión. Le he hecho firmar, pero eso es para plata y para tiempo”, dice, como quien conoce de memoria las falencias de la justicia.

"El papá de mis hijos me decía ‘tú no ganas bien’; de esa manera he aprendido a manejar", señala Petrona Mamani.

Durante sus primeros años de taxista, ella recibía críticas que la incomodaban. “Antes yo me ponía el sombrero y los policías me decían ‘¿Qué dice el Reglamento de Tránsito?’, eso me preguntaban. Yo no sabía, era la primera vez; entonces respondía, ‘no, no sé, no entiendo’. El policía me decía ‘usted no tiene que ponerse el sombrero, ¿por qué se está poniendo el sombrero?’. Yo luego ya me quité el sombrero”, relata con una amargura disfrazada de seriedad.

Petrona está orgullosa de su pollera. Es parte de su identidad y lo tiene presente todos los días, desde que está en casa, hasta que sale a trabajar. Ella usa chompas tejidas a lana o hilo, mantas para el frío y de vez en cuando un gorro que le tapa las orejas, pero después del impasse con la policía, nunca volvió a llevar un sombrero borsalino. Al menos no mientras trabaja.

Compró un taxi con el finiquito de su anterior trabajo. Foto: Alejandra Sánchez Bustamante R.

Mientras recorre la ciudad en su vehículo, de vez en cuando ve a conductores más jóvenes. Algunos usan una visera para cubrirse del sol, otros la usan por costumbre y también están los que se ponen la gorra al revés, sin aparente razón de ser. Petrona ve esto y al comparar la nueva moda con las antiguas palabras de los policías, ve de manera crítica lo que le ocurrió: discriminación.

Sin embargo, los ataques no solo llegaron de las autoridades, sino de los propios choferes. “Hay taxistas que me ven, me dicen que soy mujer. Algunos pasan insultando, con bocinazos. También me decían ‘por qué no va a su cocina’. De todo me gritaban”, cuenta.

"Pasó un chofer que me insultó. Yo dejé a la señorita y alcancé al minibús, le tranqué y lo agarré", recuerda.

Un día, Petrona, cansada de los maltratos, decidió hacer frente a uno de los choferes que la insultó. “Tenía que dejar en el Hospital General a una señorita que no podía caminar porque la habían atropellado. Pasó un chofer que me insultó, me dijo de todo. Yo dejé a la señorita y alcancé al minibús, le tranqué y lo agarré. ‘Aquí está la chola’, lo enfrenté”, cuenta su osadía entre risas.

Hoy ella se describe como una persona más habladora. En las madrugadas se cuida de ir a sitios muy lejanos o peligrosos. Siempre toma las precauciones necesarias y recorrer tantas veces la ciudad le ha dado una certeza que se traduce en una frase: “No tengo miedo”.

Tantos años tras el volante la han convertido en una mujer audaz, que convierte los conflictos en soluciones y no duda de sus decisiones, más aún cuando se trata de sus hijos. Hace unos años, la vendedora de la tienda maltrató a la menor de sus hijas. “La señora es bien renegona, ella dice ‘yo no soy banco’; una vez no teníamos plata y le dijo a mi hijita ‘no tengo pan, solo tengo para mis caseros’. De esa manera me he animado a abrir mi tienda. Yo atiendo riendo, hablando, bromeando. La gente viene y hasta los niños me dicen tía”, cuenta con una sonrisa.

Cuando Petrona no está trabajando de taxista, se encuentra atendiendo su tienda y cuando ella falta, es su hija la que se encarga del negocio. Es que, en su hogar, todos aportan.

Con ese mismo pensamiento y con la ayuda de préstamos bancarios, Petrona adquirió dos taxis más, los cuales fueron pagados con el trabajo de sus hijos. “Nos turnábamos en trabajar con mi otro hijo. Todavía no teníamos cuarto, entonces he pensado qué hago ahora. Así, primero compramos un auto, luego compramos otro auto más” recuerda.  

Desde su trinchera, sus cuatro hijos aportan en la casa, los dos hijos con sus respectivos taxis, la hija mayor con su trabajo de costura y la menor en la tienda de barrio.

Rodeada de sus hijos, Petrona vive en una casa que se construye con ayuda de un préstamo bancario, monto que paga incondicionalmente cada mes. Con esta edificación se construye el anhelo de no volver al pasado en el que solía vivir.

Las 4 claves sobre Petrona Mamani

  • 1 GÉNESIS. Petrona Mamani comenta que aprendió a conducir “a ocultas” de su esposo, mientras trabajaba de cocinera.
  • 2 PASO. Indica que compró un taxi con el finiquito de su anterior trabajo. “Él (la expareja) nunca me ha pagado pensión”, afirma.
  • 3 GIRO.  Su vida tras el volante la ha convertido en una persona segura de sí misma, confiable, visionaria, pero ante todo resiliente.
  • 4 ACTUALIDAD. Hoy tiene tres taxis que conducen sus hijos –quienes se dedican al negocio–, una tienda y una casa que está en construcción.