martes 24 de febrero de 2026

Acuerdo Argentina–EE.UU.: un espejo realista en el que Bolivia debe mirarse

En las relaciones internacionales, los Estados no obtienen lo que desean, sino aquello que son capaces de negociar. Ha llegado la hora de actuar con realismo e idoneidad.
domingo 23 de noviembre de 2025

La pasada semana, Estados Unidos y Argentina anunciaron la conclusión de un “Acuerdo Marco sobre Comercio e Inversiones Recíprocas”. El entendimiento incluye cuatro pilares sustantivos: (1) concesiones arancelarias mutuas para un grupo de productos —incluyendo agrícolas, cárnicos, lácteos y vehículos— acompañadas de la eliminación de barreras no arancelarias; (2) el compromiso argentino de adecuarse a estándares internacionales en propiedad intelectual, derechos laborales y normas ambientales; (3) el otorgamiento de garantías económicas y de seguridad jurídica para la inversión; y (4) la cooperación bilateral para promover el comercio y la inversión en minerales críticos.

Considerando el acercamiento reciente entre los gobiernos de Estados Unidos y Bolivia, y la necesidad que tiene el país de avanzar en comercio exterior e inversiones, este acuerdo merece un análisis que permita extraer lecciones útiles.

Es un hecho la afinidad personal existente entre Donald Trump y Javier Milei, lo cual seguramente facilitó el acercamiento. Sin embargo, cabe tener presente que en el relacionamiento entre Estados las simpatías entre presidentes u otros altos dignatarios pueden ayudar, pero no determinan los acuerdos. Los países no tienen amigos ni enemigos; tienen intereses, y son estos, junto con la capacidad negociadora, los que definen los resultados.

Así, Estados Unidos no concedió ventajas unilaterales. Las rebajas arancelarias son recíprocas y el resto de las obligaciones responden a su agenda histórica. Es más, pese a que la economía norteamericana es casi 46 veces más grande que la argentina (Argentina representa apenas el 2,31% de aquella), Estados Unidos no renunció a beneficios potenciales, por más marginales que sean. Nada es gratuito, para obtener beneficios, se debe ofrecer algo a cambio. Esto no es un reproche, sino una constatación del funcionamiento real de las relaciones internacionales. China, la Unión Europea o cualquier otro actor harían exactamente lo mismo.

Un aspecto destacable y especialmente relevante para Bolivia, es que el acuerdo no implica una liberalización total del comercio. Se concentra en un grupo de productos con posibilidades inmediatas de acceso al mercado estadounidense. Esta lógica es coherente con el contexto de crisis económica que padece Argentina —similar a la crisis boliviana— caracterizada por la urgente necesidad de divisas, de inversión extranjera directa y de resultados económicos  inmediatos y concretos.

Asimismo, el acuerdo es compatible con las reglas del Mercosur. Respetando el principio de negociación en bloque, Argentina utiliza las excepciones consensuadas para otorgar preferencias a Estados Unidos por fuera del Arancel Externo Común. Este hecho constituye una lección importante para Bolivia, porque demuestra que el Mercosur no es la “camisa de fuerza” que algunos suelen alegar al analizar la adhesión de Bolivia como miembro pleno. En lo personal, soy un convencido de que debemos integrarnos plenamente al Mercosur.

En cuanto a las exigencias estadounidenses, estas retoman los temas sensibles del antiguo proceso del ALCA, propiedad intelectual, derechos laborales y medio ambiente. Se trata de compromisos internacionales que, a nivel interno, tras casi dos décadas de gobiernos masistas, fueron relegados y en algunos casos deteriorados. Hay que ser autocríticos y admitir que Bolivia está en falta en estos temas respecto de los estándares internacionales, lo cual puede entorpecer las negociaciones con Estados Unidos u otro país europeo.

A ello debe añadirse la cuestión del narcotráfico, un tema central en la relación con Estados Unidos, que requiere medidas urgentes y creíbles. Las autoridades competentes no deberían esperar la imposición de medidas externas de control o cooperación, es Bolivia quien debe tomar la iniciativa, elaborar un plan y solicitar la cooperación internacional que considere necesaria y oportuna. En teoría de negociación, esa actitud se conoce  como “la regla del anclaje”  que permite establecer el marco de la negociación. El consejo se resume en la frase: ¡Propón antes de que te impongan!

La dimensión geopolítica del litio merece especial atención. Argentina, junto con Bolivia y Chile, forma parte del triángulo del litio. Washington deja claro su interés estratégico al incluir en el acuerdo la cooperación para promover inversiones y comercio en minerales críticos. Debemos reconocer que Bolivia carece del conocimiento técnico y de la tecnología necesaria para la explotación eficiente de estos recursos. Por ello, se requieren licitaciones internacionales transparentes que permita obtener la mejor oferta posible, único mecanismo que además evitaría quedar sujetos a presiones geopolíticas de potencias que compiten por el control de estos recursos esenciales en el nuevo orden tecnológico.

En las relaciones internacionales, los Estados no obtienen lo que desean, sino aquello que son capaces de negociar. Ha llegado la hora de actuar con realismo e idoneidad. ¡Hay que salir a negociar! Bolivia no puede esperar que el mundo se abra espontáneamente a sus intereses; es la diplomacia boliviana la que debe salir a abrir las puertas del mundo, construir oportunidades y asegurar que los intereses nacionales se traduzcan en resultados concretos y sostenibles.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360