domingo 1 de marzo de 2026

Devorados por el poder: la tragedia silenciosa de un país sin “paz”

Si el poder puede devorarlo todo, también podemos decidir no entregarle lo que queda de nosotros. Allí empieza la resistencia. Allí empieza el país que todavía podemos ser.
lunes 24 de noviembre de 2025

El poder, cuando deja de ser una herramienta y se vuelve un apetito, no solo es capaz de transformar la política: transforma tambien al ser humano. Deshace amistades, fractura alianzas, convierte aliados en enemigos súbitos y revela lo que pocas veces aceptamos: que la política, cuando se piensa solo desde la ambición, termina devorando incluso a quienes la ejercen. Bolivia atraviesa justamente ese umbral, un momento en el que el poder ya no organiza la vida pública, sino que la consume desde adentro.

La tensión abierta entre el Presidente y el Vicepresidente no es simplemente un desacuerdo político. Es la expresión más cruda de una lucha por sentido, por legitimidad y por control de la narrativa nacional. Se ha convertido en un choque simbólico: TikTok contra el Ejecutivo, un “poder del pueblo” en disputa con un “poder constitucional” que se desgasta. Esta fractura no solo divide al oficialismo; divide a Bolivia entera, que observa cómo la institucionalidad se diluye mientras la pugna personal se amplifica.

El poder es una energía capaz de construir, pero también capaz de romper lo más delicado: la confianza. Cuando llega, cambia la mirada de los aliados, reconfigura las lealtades, produce sospecha donde antes había cooperación. Nada exhibe mejor esta fragilidad que el viraje de figuras que ayer defendían un proyecto y hoy lo cuestionan, no por un cambio ético, sino por un cálculo de supervivencia. En Bolivia, parece que la permanencia personal pesa más que la visión colectiva.

Lo más doloroso es que esta ruptura deja un vacío emocional. Queda el sentimiento de que el país es reducido a un escenario donde unos pocos disputan su destino mientras la mayoría observa desde la incertidumbre. Queda la sensación de que estamos perdiendo más que una elección: estamos perdiendo la capacidad de reconocernos como comunidad. Y sin comunidad, ninguna nación resiste.

Pero esta no es una historia sin salida. La tragedia se vuelve definitiva solo cuando un país renuncia a la posibilidad de unidad. Bolivia no está condenada a permanecer en la lógica del enfrentamiento permanente. El cambio real comenzará cuando entendamos que no importa quién tenga más ministerios, más influencia o más seguidores en redes; lo que importa es quién tiene la voluntad de apostar por un proyecto común. La política boliviana ha olvidado que el poder debe servir y no servirse a sí mismo.

La reconstrucción nacional exige recordar que el poder no es un destino, sino un medio. Que su finalidad es proteger, no dividir. Y que ninguna ambición personal puede justificar la destrucción de lo que aún sostiene a este país: la esperanza de ser uno solo, más allá de los caudillos y más allá de los algoritmos.

Si el poder puede devorarlo todo, también podemos decidir no entregarle lo que queda de nosotros. Allí empieza la resistencia. Allí empieza el país que todavía podemos ser.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

Temas de esta nota