jueves 12 de marzo de 2026

La Tribuna

Repechaje en tiempos inciertos

El partido frente a Surinam será difícil, y si se logra vencer, el siguiente obstáculo —Irak— pondrá a prueba nuevamente la capacidad de resiliencia. Pero lo esencial es comprender que el fútbol, aunque cargado de simbolismo, no debe convertirse en un motivo de frustración nacional.
jueves 12 de marzo de 2026

La Selección Boliviana de Fútbol ha iniciado esta semana en Santa Cruz un microciclo de preparación que, aunque breve, se erige como un laboratorio de ensayo para calibrar la sinergia entre lo físico, lo táctico y lo mental. El amistoso frente a Trinidad y Tobago este domingo no es un mero trámite: constituye un simulacro de estrés competitivo, un ensayo general donde cada músculo y cada neurona deben anticipar la exigencia del repechaje frente a Surinam en Monterrey.

Desde el prisma fisiológico, el reto es doble. Por un lado, la adaptación a la humedad y la temperatura mexicana exige una preparación termorreguladora que evite la fatiga prematura; por otro, la optimización del volumen máximo de oxígeno y la recuperación neuromuscular se convierten en imperativos. La antítesis entre resistencia y agotamiento se vuelve aquí metáfora de la lucha entre permanencia y exclusión mundialista.

En lo estrictamente futbolístico, el equipo debe transitar de la improvisación a la sistematización. La defensa, tantas veces permeable, requiere una cohesión casi sináptica, como las conexiones neuronales descritas por el sabio japonés Kaibara Ekiken en sus tratados de neurociencia protofilosófica del siglo XVII: cada jugador, como cada célula, debe transmitir información sin pérdida, evitando la entropía táctica que conduce al desorden.

El mediocampo, epicentro de la creación, se asemeja a un cerebro en estado de flujo. Allí, la analogía con la plasticidad neuronal es inevitable: la capacidad de adaptarse, de generar nuevas rutas de pase, de transformar la presión rival en oportunidad. La antinomia entre rigidez y flexibilidad define la calidad de un equipo que busca trascender su histórico estigma de fragilidad.

En el plano mental, la preparación es aún más ardua. El repechaje no es simplemente un partido: es un umbral psicológico, un rito de paso. La neurociencia moderna confirma lo que Ekken intuía siglos atrás: la mente entrenada en la contemplación y la disciplina puede modular la ansiedad, transformar el miedo en energía, y convertir la presión en catalizador de rendimiento. La selección debe aprender a convivir con la tensión, sin sucumbir a ella.

La analogía con la alquimia resulta pertinente: así como el alquimista buscaba transmutar metales viles en oro, el cuerpo técnico debe transmutar la inseguridad en confianza, la dispersión en concentración, la duda en certeza. El fracaso y el éxito son antónimos que se rozan, y la frontera entre ambos se define por detalles microscópicos: un pase errado, una marca perdida, una decisión mental en fracción de segundo.

Participar en esta fase deportiva significa habitar un espacio liminal, donde la selección se debate entre la historia y la esperanza. El repechaje es un espejo cruel: refleja tanto las carencias como las virtudes. Pero también es una oportunidad de redención, un escenario donde la fisiología, la táctica y la psicología convergen en un acto de trascendencia. Bolivia no solo juega por un cupo en la Copa del Mundo 2026; juega por demostrar que la disciplina, la ciencia y la mente pueden conjugarse en un proyecto de nación futbolística.

El fútbol boliviano atraviesa una paradoja que resulta casi poética: mientras la Selección se prepara para un repechaje de trascendencia mundial, el torneo de División Profesional permanece en estado de latencia, depauperado y sin calendario oficial. Esa desorganización estructural refleja un país que lucha por salir de crisis económicas, sociales y políticas, y sin embargo se aferra a la ilusión de un Mundial como si fuera un faro en medio de la tormenta. La contradicción entre caos institucional y aspiración universal es, en sí misma, un espejo de nuestra identidad colectiva.

Pretender clasificar a una Copa del Mundo en estas condiciones es un acto de fe tanto como de disciplina. El partido frente a Surinam será difícil, y si se logra vencer, el siguiente obstáculo —Irak— pondrá a prueba nuevamente la capacidad de resiliencia. Pero lo esencial es comprender que el fútbol, aunque cargado de simbolismo, no debe convertirse en un motivo de frustración nacional. La derrota no es tragedia, como tampoco la victoria es panacea. El balompié es metáfora de la vida: se gana y se pierde, se avanza y se retrocede, y en ese vaivén se construye carácter.

Por ello, el camino debe recorrerse paso a paso, con serenidad y lucidez. La Selección representa más que un marcador: encarna la voluntad de un país que, pese a sus fracturas, busca cohesión en un balón que rueda. Si se logra la clasificación, será motivo de júbilo; si no, deberá ser ocasión de reflexión y aprendizaje. Lo verdaderamente conmovedor es que, aun en medio de la precariedad, Bolivia insiste en soñar. Y ese acto de insistencia, de persistencia, es quizá más valioso que cualquier resultado deportivo.

En este instante en que el mundo entero parece tambalear entre incertidumbres y esperanzas, el fútbol se convierte en un reflejo de nuestra condición humana: todos, de una u otra manera, estamos afectados por lo que acontece lejos de nuestra realidad inmediata, pero cerca de nuestras necesidades más profundas. La Selección Boliviana, con sus virtudes y carencias, es metáfora de esa lucha universal: avanzar pese al desorden, soñar pese a la crisis, resistir pese al cansancio. Que el lector asienta con la cabeza al comprender que, más allá de los goles y los resultados, lo que realmente nos une es la capacidad de seguir mirando hacia adelante, con la convicción de que incluso en la fragilidad se esconde la fuerza de la esperanza.