miércoles 15 de abril de 2026

Salamandra Sarcasmática

Sentí la ira, el dolor e impotencia en cada palabra y los hice míos

Ella no menciona nombres, pero no hace falta. Su relato es claro: hubo un efecto dominó, una cadena de desinformación donde unos copiaban a otros, replicando una versión falsa sin detenerse a pensar en el impacto real de esa información.

Hay textos que no se leen: se sienten. Se incrustan en el pecho, incomodan, duelen. La carta de Rosario Moyano es uno de ellos. No necesita adornos ni retórica sofisticada; su fuerza está en la crudeza de una verdad dicha desde el duelo más profundo: perder a un ser amado y, en medio de ese abismo, tener que enfrentar además la irresponsabilidad de quienes decimos informar.

Porque el dolor ya era suficiente. Pero los hechos demuestran que no lo fue.

A ese dolor se le sumó la esperanza. Una esperanza cruel, fabricada sin rigor, sin contraste, sin humanidad.

El país vivió un lunes trágico. Una aeronave que había partido desde el Aeropuerto Internacional de El Alto con destino a Santa Cruz desapareció del radar y horas después, tras una intensa búsqueda, llegó la confirmación que nadie quería escuchar: la avioneta Cessna Citation CP-3243 se había estrellado en el Chapare, en Cochabamba. El piloto, Carlos Fernando Moyano Aguirre, y el copiloto, Julio César Sardán Villarroel, habían perdido la vida.

Algunos medios de comunicación, y otros tantos espacios que se autodenominan como tales desde la comodidad de una página en redes sociales, difundieron que los pilotos habían sido encontrados con vida. Lo hicieron sin confirmar, sin esperar, sin pensar en las consecuencias.

Y la esperanza llegó. Llegó a una familia que, en medio de la angustia, corrió hacia un aeropuerto con el corazón latiendo entre la fe y el miedo. Llegó a una esposa, a unos hijos, a hermanos que aún no dimensionaban la magnitud de la tragedia. Llegó como un respiro, para luego convertirse en un golpe devastador cuando la verdad, la única verdad, fue comunicada por quienes sí entendieron el peso de la palabra.

No hay forma de justificar ese error, no cuando se trata de vidas, no cuando se trata de dolor.

Como comunicadora social, no puedo leer las palabras de Rosario desde la distancia. Hay una incomodidad inevitable, una necesidad urgente de reconocer que lo que denuncia no es un caso aislado, leerla no es sólo un acto de empatía, es también un ejercicio incómodo de autocrítica. Porque su rabia no es desmedida: es legítima. Su indignación no es exagerada: es necesaria. Y su denuncia no apunta a un hecho aislado, sino a una práctica cada vez más frecuente en un ecosistema mediático que parece haber perdido el norte.

Hoy, la línea entre informar y hacer espectáculo es peligrosamente delgada. Tan delgada que muchos la cruzan sin siquiera darse cuenta, impulsados por la urgencia de ser los primeros, de conseguir más clics, más compartidos, más “likes”. En esa carrera, la verificación queda relegada, el contexto desaparece y la ética se diluye.

El problema no es solo la desinformación. Es la deshumanización.

Es olvidar que detrás de cada titular hay personas reales, familias enteras que atraviesan incertidumbre, miedo o el mismo duelo. Es convertir tragedias en contenido y el sufrimiento en una oportunidad de crecimiento digital.

Rosario habla desde el dolor, pero también desde una lucidez que interpela. Nos recuerda que el periodismo no puede, NO DEBE, ser una fábrica de rumores. Que la primicia no está por encima de la verdad. Y que la verdad, cuando se comunica sin responsabilidad, puede ser tan destructiva como la mentira.

Ella no menciona nombres, pero no hace falta. Su relato es claro: hubo un efecto dominó, una cadena de desinformación donde unos copiaban a otros, replicando una versión falsa sin detenerse a pensar en el impacto real de esa información.

Desde este espacio, solo queda acompañar su voz. Abrazarla en su denuncia. Decirle que no está sola. Que su indignación también nos atraviesa a quienes creemos en un periodismo que respeta, que contrasta, que duda antes de afirmar.

Un periodismo que entiende que informar no es solo contar lo que pasa, sino también hacerse cargo de cómo se cuenta.

Porque cuando la información hiere, deja de ser un servicio y se convierte en un daño, daño que no se olvida.

Por eso, este no es solo un artículo de opinión. Es también un acto de sororidad. Un acompañamiento a una mujer que, en medio del duelo, encontró la fuerza para señalar lo que muchos prefieren ignorar.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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