viernes 15 de mayo de 2026

La espada en la palabra

Crucificar el cinturón: la lección de Frances Lacey

Con ese acto poderosamente simbólico, la violencia queda crucificada en la tribu Lacey, tal como Cristo crucificó en el leño de su madero toda la miseria humana.

El fin de semana vi con mis padres una película que nos transmitió reconfortantes valores humanos y cristianos. Me pareció un bálsamo para el espíritu; en medio del torrente de basura que circula en las salas de cine, las plataformas de streaming y las redes sociales, hallar una obra así resulta una verdadera serendipia. La cinta se titula A place to call home (o Un hogar para vivir, en español) y está protagonizada por Kathy Bates, la aristocrática, adorable y afable Molly Brown de Titanic.

El film, de 1993, presenta a una familia sostenida por una abnegada y luchadora madre —ese prototipo de mujer que usualmente el feminismo detesta—, Frances Lacey. Ella trabaja arduamente en una fábrica de patatas fritas para sostener a sus seis hijos, encarnando valores de permanencia y comunidad, hoy tan distantes de lo efímero, lo volátil y el individualismo imperante.

Esta familia, pobre y “huérfana de padre”, decide trabajar unida para construirse una casita rústica en un lugar apartado. En cierto punto de la trama, el preciado hogar de madera, construido con un esfuerzo físico inmenso, se incendia y todo queda reducido a cenizas. Pero en la tribu familiar, pese a las discordias, termina venciendo el amor verdadero: ese que tolera y se abniega en pro del bienestar del otro. Finalmente, con la ayuda de amigos, la vivienda es reconstruida. El cierre de la historia, a diferencia del de las narrativas contemporáneas, es de triunfo: el del amor representado en ese refugio modesto pero digno y hecho sobre los cimientos de la resistencia.

La obra está impregnada de lo que Stefan Zweig llamaría “el mundo de ayer”: estabilidad, fidelidad, altruismo y sentido comunitario. Esos valores que el apóstol Pablo nos enseña diciéndonos que la vida es como una maratón de resistencia física, con caídas y tropiezos, y no como una carrera rápida o un esprint sin freno. Como no podría ser de otra manera en una pieza de arte, estos valores se confrontan con sus opuestos. La fragilidad, el orgullo y el egoísmo afloran no solo en los antagonistas, sino en los mismos héroes cuando atraviesan crisis emocionales. (Por ejemplo, hay un pasaje en que Frances rechaza los regalos navideños que un sacerdote católico lleva generosamente a su casa.) Sin embargo, el compromiso de no abandonar es siempre más fuerte en el hogar de Frances, la “viuda” (en verdad, mujer separada o abandonada) que traslada a sus hijos desde Los Ángeles hasta Idaho para empezar una nueva vida desde cero.

Pese a los conflictos y dilemas, la brújula moral aparece clara y radiante: no hay relativismo ni complejos laberintos existencialistas que no conducen a nada concreto. La virtud y lo correcto, después de procesos dolorosos, terminan imponiéndose. Incluso en lo amatorio y erótico la cinta es edificante; cuando Frances y su hijo mayor, Shayne, asisten a citas románticas y lidian con la tentación de la carne, asistimos al drama humano de lo sensorial y sensual donde el pudor prima sobre el instinto.

La familia se presenta como un compromiso incondicional. Existen peleas, orgullo, gritos e incluso golpes; la precariedad económica tensiona los ánimos, pero el deber filial y el amor materno son las resistentes vigas que mantienen el armazón de los Lacey en pie. Aquí, el sufrimiento de la pobreza no es un absurdo o un sinsentido, como ocurre en el mundo materialista de hoy, donde los avatares son el juego de un destino caótico y ciego, sino que tiene un propósito: forja el carácter y pone a prueba la resistencia del alma.

Con todo, no estamos ante una película mojigata, sino ante una historia con tensiones y no poca miseria, un espejo de nuestra naturaleza polivalente. Un hogar para vivir no es una fábula moralizadora, sino algo así como una de esas novelas decimonónicas de Tolstoi, Stendhal o Victor Hugo, llenas de tenebrosidades y facetas luminosas, donde se descubre la complejidad de la psicología humana y nuestra condición de seres falibles, pero con la posibilidad de la redención.

Una escena me dejó especialmente impresionado y pensativo: cuando, hacia el final de la película, Frances, martillo en mano, clava en el tronco de un viejo árbol el “cinturón de papá” (que representa al padre ausente) con el que flageló a uno de sus hijos, precisamente Shayne, cuando este le respondió groseramente en una de sus más tensas discusiones. Con ese acto poderosamente simbólico, la violencia queda crucificada en la tribu Lacey, tal como Cristo crucificó en el leño de su madero toda la miseria humana.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

Temas de esta nota